miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las despedidas son ridículas




Hoy este blog cumple cinco años.

Y hoy este blog llega a su fin.

No volveré a escribir en él.

Lo digo con esa convicción para no verme tentado a regresar nunca más. Podría no escribir un post y simplemente dejar de actualizar, pero la tentación de regresar seguiría latente por siempre y no quiero eso. Creo que es hora de cerrar.

Lo estuve pensando en los últimos días. Han sido ya 531 entradas. Y aunque restan cosas por decir, toca ahora guardármelas. Seguiré escribiendo, claro, eso no cambia. Solo que lo haré solamente para mí o para otro tipo de proyectos. De repente siento que el tener un blog me ha adormecido. El tener un lugar seguro para publicar me ha hecho que no busque otros espacios, que no me esfuerce o trabaje más allá. De todas formas me siento orgulloso de haber durado tanto tiempo, en especial por lo desorganizado y poco disciplinado que suelo ser. Por eso, aunque en ocasiones me pareciera un ejercicio estéril con nulo alcance o resonancia, al final me voy con una sensación positiva por dejar un producto que antes no estaba ahí.

Se sabe que los blogs están a la baja. Y aunque ahora abandono, ofrecí resistencia con actualizaciones regulares sin importar el número de tentaciones que se cruzaron.

La noticia no es gran cosa. Nunca lo es. Este espacio jamás fue excesivamente popular. Aun así, agradezco a esas pocas personas que, me consta, siguieron mis publicaciones y tuvieron la decencia de hacérmelo saber de diversas formas. Muchos también me leyeron en secreto (como lo hacen ahora) y absorbieron lo poco que tengo sin ofrecer ni una sonrisa a cambio. Es parte del juego.

Habemus mierda (un nombre que dese hace meses odio) se retira con poco más de 150,000 visitas únicas, un número que, aunque aceptable, es menor de lo que pudo haber sido si no fuera porque Google discrimina a los sitios con malas palabras en su título. De cualquier forma, es un público mayor del que tiene algunas revistas o libros en toda su historia. Nada mal para un proyecto esencialmente modesto y que siempre apeló al suceso personal y a la autorreferencia. Evité al máximo colgarme de temas de actualidad para atraer visitas y me precio de no haber comprometido mi integridad a cambio de un éxito mayor.

En fin. Este blog me ha dejado satisfacciones y también algunas molestias. Por fortuna dominan las primeras. Lamento en todo caso que algunos de mis escritos se hayan malinterpretado (sobre todo cuando se tomaba en serio lo que era en broma) y que ciertos personajes copiaran y copiaran, sin nunca entregar nunca un triste reconocimiento o una palabra de aliento.

No descarto algún día volver abrir una bitácora personal. Sin embargo no será en un corto plazo. Para no cortar definitivamente el contacto con esas pocas personas que acompañaron este proyecto, les invito a seguirme por twitter o agregarme en facebook si me encuentran. Advierto que son espacios que cada día actualizo con menos frecuencia. Creo que me encamino al silencio absoluto. Total, todo está perdido ya.

Prometí terminar con palabras sin originalidad:

Hasta luego.

—Carlos.

Del futbol

Uno de los aspectos que más me gustan del futbol es la la unión que provoca. No hablo de una unión en un espacio determinado (que también, como la que hay en los estadios o en los bares), hablo de la unión que logra incluso a distancia. Sobre todo en los partidos, cuando sabes que en otras partes del mundo hay personas que desean lo mismo que tú: que el equipo gane, que el balón entre en la portería, que el arquero detenga el penal. Personas que ni siquiera conoces pero que, al menos en ese aspecto, son parecidas a ti. Así no estás solo. Está claro que el futbol despierta pasiones intensas que en ocasiones se convierten en violencia u otros vicios, sin embargo hay ciertos momentos —la mayor parte, de hecho— en los que brinda una ilusión enorme. Desconocidos aparte, es bonito saber que no importa cuántos kilómetros te separen de alguien a quien estimas, porque, si también le va al equipo por el que te desvieves, seguro hará lo mismo que tú haces todos los fines de semana: levantarse temprano para ver el juego, y acordarse de ti, porque acompañas en el sufrimiento y celebración de  esos 90 minutos donde los sentimientos están en las piernas de un puñado de jugadores.

Las personas, siempre volvemos a las personas.


martes, 11 de septiembre de 2012

La chica de la playera sucia


La ropa es una carta de presentación. Por mucho que uno quiera verse espiritual y alejarse de lo superficial, es común que la forma en que las personas van vestidas nos dé un indicio que, equivocado o no, cuenta en la forma en que las abordamos.

Para demostrar que la aseveración anterior no hace apología al mundillo de la moda, diré que soy alguien a quien la vestimenta le da más o menos igual; ya con un guardarropa conformado, saco del armario al azar lo que usaré cada día sin mayor preocupación. La única regla es no repetir dos días seguidos. Fuera de eso me permito cualquier barbaridad. Lo cierto es que no soy muy versátil al respecto, por lo que unos pantalones de mezclilla conforman la base de un atuendo diario que se ve completado, la mayoría de las veces, por una playera. 

Hay de varios tipos. Las playeras se distinguen unas de otras por el estampado. Y por el color. Y por su material. Y por la talla. Y por muchas otras cosas, pero ahora me detendré en los estampados. Mis preferidas son las que tienen una imagen alusiva a la música. En mi colección figuran, entre otras, las que están dedicadas a bandas como The Smiths, The Rolling Stones, Buzzcocks y The Beatles. Las he comprado en conciertos o en lugares que no he vuelto a ver.

Antes consideraba que llevar puesta una playera así daba cierta identidad, o que bueno, ayudaba a reconocer a personas con gustos afines a los tuyos. Dejé de pensar de ese modo el día conocí a un joven que traía una playera con un estampado de Aladdin Sane. Cuando le pregunté sobre su álbum favorito, me respondió que no conocía a ese tal David Bowie. La situación empeoró en otra ocasión cuando, estúpidamente, creí ver al amor de mi vida: una chica con una blusa de Otis Redding. El desenlace fue similar; la susodicha no conocía ninguna canción del morenazo aquel y había comprado esa ropa porque le pareció bonita. Si bien lo consideré un argumento respetable, cualquier atisbo de ilusión sobre un matrimonio futuro se derrumbó.

Supe entonces que la mayoría de la gente se pone lo que le otorga una apariencia cool, sin pararse siquiera a considerar si tiene o no cierta concordancia con sus gustos musicales. Ya no me emociono cuando veo a Bob Dylan debajo de una chamarra, ni cuando veo a alguien bajo el cobijo de los Stones. Meras ilusiones. Sé que la mayoría de las veces se trata de un espejismo propiciado por alguien que en realidad escucha a Camila o a Zoé

La vida está llena de decepciones, procuro evitar ser su cómplice.

***
Publicado originalmente en Capitán Fantasma.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Catorce pensamientos sobre libros


Me da tristeza comprar libros usados que traen dedicatoria a un dueño anterior. También encontrarlos en la biblioteca. Duele pensar que fueron revendidos o desechados cuando el autor (u otra persona) los obsequió con mucho cariño. Uno de mis temores es encontrar algún día en un botadero cierta novela que una vez regalé.

Hay libros interminables que siguen apareciendo durante el resto de la vida a través de golpes de la memoria.

El avance de páginas se gana.

Los libros se recomiendan, no se prestan. En caso de hacerlo hay que estar dispuesto al adiós. Los intercambios ofrecen cierta garantía. 

Convendría que el número de página viniera en menor tamaño al acostumbrado. O que solo estuviera disponible en los inicios de cada capítulo. Además de ser un potencial distractor, cumple la función de presionar ante el lento avance cuando el contenido aburre.

Faltan libros de tapa acolchada. Esos a los que dan ganas de abrazar.

Ahí donde pase el escritor que se aparte el fotógrafo.

Las hojas del libro se ponen amarillas pero nunca se marchitan.

Los libros son una herencia pública.

La lista de libros favoritos del lector principiante estará conformada por todos los que ha leído.

Se puede descartar a un libro por su portada siempre y cuando se alcance a ver el nombre del autor.

El libro regalado debe ser una carta velada.

En las librerías, preferible revisar los saldos que la mesa de novedades.

Los malos libros son las prótesis de los sillones cojos. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Panquecitos para salvar la vida


Nunca iré a Europa. Nunca seré millonario. Tampoco alcanzaré la fama mundial. Son ideas que he ido asimilando. Para evitar la locura, no queda otra que aferrarse a placeres sencillos que, si bien no traerán nada trascendente a nadie, al menos sirven de consuelo en una realidad espantosa.

Llámenlo conformismo, si quieren. Yo no creo que sea así. El conformismo llega cuando puedes aspirar a algo mejor pero decides —por pereza, desánimo o lo que sea— quedarte con una versión menor (y más fácil) de lo que deseas. Yo en cambio ya tengo claro que no tengo posibilidades para cumplir ninguno de mis sueños. Está dictado por los dioses. De ahí que deba voltear hacia otros campos menos espectaculares con el fin de obtener leves dosis de felicidad.

Si otros le encuentran sentido a la existencia cuando visitan la playa, yo he de buscar una alternativa dentro de mi rango. Ver una película de samuráis, por ejemplo.

Si otros planean comprar una casa el próximo verano, es mi deber buscar competir con la adquisición de un nuevo par de calcetines.

De igual forma, así como un empresario puede comer los fines de semana en un restaurante de lujo donde las meseras le sirven la comida directo en la boca, debo buscar una actividad genérica como lo es un cenar un panquecito de chocolate.

Tal cual. No sería descabellado confesar que los panquecitos han salvado mi vida. Ahí cuando nace la tristeza surge un remedio económico (de seis a quince pesos) como lo son panquecitos.

Ayer mismo, al caer en un bache anímico propiciado por la desaparición de una cuchara, tuve que acudir a la panadería cercana donde, por fortuna, se encontraba una charola llena de panquecitos de dulce de leche.

Le dije a una de las trabajadoras del lugar que envolviera uno de ellos en cuanto pudiera. Era una urgencia ante la cual supo actuar con presteza. 

Apenas salí por la puerta abrí la bolsa y di un dulce mordisco que templó de nuevo mis nervios. Lo único que procuro es no caer en excesos: una vez que he comido un panquecito no voy por otro. Con una dosis basta para mantener el brío durante al menos tres días.

Claro, nunca comeré un croissant por las calles de Montparnasse. La buena noticia es que si cierro los ojos puedo imaginarlo mientras como un panecillo desde la cocina.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ya no puedo jugar a ser el macho


El martes  por la mañana hizo un frío terrible. Aun así me bañé. No pude evitarlo, no despierto del todo ni me siento a gusto si no tomo una ducha antes de ir a la universidad. Cuando iba en la puerta de salida, me di cuenta de que, además del cabello mojado, solo llevaba unos pantalones y una camiseta delgada. Ya era tarde y tuve flojera regresar a la habitación por un suéter o chamarra. No lo necesitas, me dije, puedes resistir esto y más, solo son quince minutos a pie. Deja el abrigo para los necesitados, para los enclenques, las niñitas de ocho años.

El miércoles amanezco mal. La garganta me duele y tengo dolor de cabeza. Durante el día los síntomas se agravan y aparecen los estornudos. La primera gripa que me da en el año. 

Finjo poner atención a clases mientras lamento mi nivel de estupidez. Tienes 23 años, debes dejar las actitudes imbéciles, me digo. Ya no puedes jugar a ser el héroe. Tus mejores años han pasado. A partir de ahora eres un anciano que tiene que usar suéteres verdes con rombos. Pide unos calcetines térmicos en tu próximo cumpleaños. Necesitas que alguien teja una bufanda para ti, que te preparen un chocolate caliente y te hagan piojito frente a la fogata para que no caigas en un tobogán depresivo.

Por la noche empeoro. 

Voy a la cama con la intención de dormir. Lo siguiente que sé es que llevo dos horas dando vueltas sin lograrlo. Estoy agotado y con sueño, pero no puedo. Tengo la cabeza llena de pensamientos, de preocupaciones. Caigo en cuenta de que si no puedo dormir es por culpa del cerebro: está harto de los privilegios de los que goza el cuerpo que puede ir a descansar todas las noches mientras él sigue trabajando lleno de agobios. Parece decir: «Esta vez te hundes conmigo, pedazo de abdomen con piernas».

Al final consigo dormir hora y media. Quedo peor. Preferible no dormir en algunas circunstancias. Voy a una clase dos horas y pienso en si tendrán un bonito departamento en el más allá.

martes, 4 de septiembre de 2012

Lo mismo desde 1902


Este semestre tomo una clase en otra facultad. La inscribí ahí porque quise conocer nuevos ambientes y lo único que encontré, y que de cierto modo ya sospechaba, es que no hay grandes diferencias entre un lugar y otro. La mayor parte de las personas tienen una equivalencia cercana. Una persona es especial en medida de que el número de kilómetros que la separan de otra igual es mayor a ochenta. No dejes que los ojos te engañen.

Y la facultad es un lugar enredado. He salido y entrado por una docena de lugares diferentes. Aún no memorizo el rostro de nadie. Ni siquiera el de los estudiantes con los que llevo la materia o el chico que se me acercó el otro día.

Voy camino a casa cuando noto que este joven me mira. No parece agresivo así que descarto que tenga un plan para robar una cartera que no traigo. Sigo el camino hasta que la pluma se me cae. La tomo del suelo y de reojo veo al chico observándome todavía. Procuro no darle importancia. Es difícil que lo haya enamorado. En las presentes circunstancias solo puedo lograr una proeza de ese calibre a través de las palabras y él jamás me ha escuchado. Además no es mi tipo, ningún hombre lo es. Considero que existen demasiados machos en el planeta. Con uno por cada diez mujeres sería suficiente. Mejores paisajes en los alrededores.

Ya en la puerta de salida noto que alguien toca mi hombro. Es el chico.

—Oye, disculpa, ¿dónde compraste tu playera?

Llevo una de Meat is Murder que compré en un concierto de Morrissey. Nadie nunca me había dicho nada sobre ella. Y bueno, no es que tuviera ahora una muchacha linda diciéndome que le gustaba ese grupo y que quería platicar sobre ellos conmigo, pero era bueno saber que luego de varios meses por fin alguien mostraba cierto interés.

—En la Ciudad de México. En un concierto. Aquí no he visto que la vendan.
—Es que a mi hermano es fan de esa banda.
—No lo culpo.
—Bueno, gracias. Perdona la molestia. Ya veré qué le regalo.
—No hubo ninguna, hasta luego. Puedes mandarla a hacer.

Hace días me di cuenta que me gusta conocer nuevas personas. Lo difícil es encontrar una que valga la pena. El chico no era la gran cosa y jamás seremos amigos pero al menos tuvo la decencia de iniciar una conversación. Va por ti, camarada.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Sobre la paciencia


Ser paciente no significa quedarse sentado a la espera de que las cosas salgan como planeas. No. Habrá quien piense así: que te pida calma, que aguardes. Te asegurarán que todo estará bien. Los mismos que, cuando el asunto vaya mal, te dirán que ya vendrán tiempos mejores mientras se alejan con fingido dolor. Estarás entonces solo en medio de una situación que nunca contemplaste. Evita llegar a ese punto. El tiempo dedicado a la paciencia también puede aprovecharse para elaborar segundas opciones, estrategias de emergencia. Considera que tu apuesta puede fracasar y prepara la alternativa a seguir. Que el tropiezo no te agarre desprevenido. Demuestra que estás listo para una respuesta el doble de fuerte. Las veces que sea necesario.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Hombres de color plateado


Cada vez es más común ver a estos hombres que llevan todo el cuerpo pintado con una especie de substancia plateada. Están en los cruces de semáforos pidiendo dinero a cambio de realizar una exhibición donde realizan acrobacias de poca monta. Están de moda. Generalmente van con el torso desnudo y tienen lentes obscuros. También los he visto en presentación dorada.

Me caen mal.

De entrada son desagradables a la vista. Pensar lo mal que lo pasa su cutis por culpa de esa cubierta artificial me pone la piel de gallina. Ni qué decir de su pobre cabello. ¿Para qué lo hacen? Los payasitos con globos gigantes en el trasero resultan más simpáticos. Igual no descarto que exista público al que le resulte atractivo. Ya sabemos que la gente no es de fiar.

Lo peor son esos otros que no hacen nada. Ni malabares ni piruetas en el aire: los que solo se paran en una esquina y no se mueven excepto cuando alguien les echa una moneda en el bote que tienen en el suelo. Estatuas vivientes, que les llaman. Algunas resultan espectaculares porque van acompañadas de indumentaria especial y un concepto en particular. Otras no. Nada más están ahí con sus horribles figuras después de echarse medio litro de barniz encima. Las he visto. Son los mismos tipos que están en los semáforos. A veces les da por cambiar de aires. Y los tienes que aguantar en las plazas públicas donde se sienten artistas a la altura de ChaplinMarcel Marceau  por estar parados en una misma posición mientras un turista les toma fotos ante la falta de una Torre Eiffel en los alrededores.

Tipos grises más que plateados.

sábado, 25 de agosto de 2012

Un consejo para su economía


Supongamos que tienes un billete de $1000. Quieres que esa cantidad te dure el mayor tiempo posible. No eres alguien que derroche dinero bajo cualquier pretexto. Te gusta tener algo guardado por si ocurre una emergencia. Bien, pues diré una cosa que al principio podrá parecer una perogrullada —y puede que lo  sea— pero no muchos lo toman en cuenta. Lo que aconsejo es que no lo gastes en nada barato. La obviedad  está en la sugerencia de no gastar. Queda claro que si lo que se quieres es ahorrar, la lógica indicaría que lo mejor es no tirar el dinero. No obstante el punto principal está en lo que se refiere al precio. Cuando vemos un objeto costoso, nos lo pensamos dos veces antes de adquirirlo. Se sabe que la decisión puede golpear nuestros bolsillos así que, salvo casos excepcionales, preferimos esperar. El impulso se frena en busca de una mejor opción o hasta que se esté completamente seguro de que la transacción será conveniente. Ahí no hay mayor alboroto, casi por inercia se tiene precaución. Lo malo es que pocos son capaces de tomar las mismas reservas cuando el precio de un producto es bajo, sin saber que, por eso mismo, el peligro se vuelve mayor.

Pongo mi propio ejemplo. Sé que en un periodo de ahorro lo peor que puedo hacer, si tengo un billete de $500, es comprar un objeto cuyo valor sea de un peso. Acaso se un golpe psicológico, el caso es que $499 repartidos en varios billetes y monedas se gastan el triple de rápido que un billete de $500.

A un billete de alta denominación se le respeta, a una triste moneda o un humilde billete de $50 no. Justo ahí inicia el derroche tamaño hormiga que termina por dejar tu cartera sin un centavo. 

Supongamos que tienes $499 repartidos de este modo:

  • Un billete de $200
  • Dos billetes de $100
  • Un billete de $50
  • Dos billetes de $20
  • Una moneda de $5
  • Cuatro monedas de $1

Y de repente te atraviesas con un chocolate que cuesta nueve pesos. Si aún conservaras el billete de $500 lo más probable es que desecharas la compra. No quieres, por culpa de un simple antojo, perder tu billete de alta jerarquía. Estás consciente de que tu pequeñuelo está destinado a ser gastado en otros contextos, como en un restaurante donde venden comida decente. Pero no, ya cometiste el error de haber perdido tu billete por culpa de un par de copias que te salieron en un peso. Ahora tienes cambio. Es entonces cuando esa moneda de cinco pesos y esas cuatro de uno, te resultan ideales para comprar el chocolate.

Accedes. Total, no hay muchas otras cosas que puedas comprar con ellas. En ninguna joyería ni en las agencias automotrices aceptarán tus moneditas como forma de pago. Así que bueno, compras el chocolate que, sumado a lo de las copias, hace que ya tengas diez pesos menos de los que originalmente tenías. Era la única alternativa disponible.

Es así como la fortuna, poco a poco, se va entre tus dedos. Porque, igual que a las monedas, casi nadie respeta a los billetes de veinte pesos y a veces ni a los de cincuenta, que casi por seguro gastarás en una revista o en cigarros si es que fumas. Los billetes de cien pesos te parecerán poca cosa también: como parcialmente has gastado ya esa cantidad, qué más da hacerlo dos veces más.

Cambia la escena. En un arranque de nervios tomas el teléfono y cuelgas sorprendido por haber comprado una pizza familiar que no necesitabas; estás solo y tampoco es que tengas mucha hambre, además en el refrigerador te esperaba una serie de platillos que bastaba recalentar en el microondas. 

Después de comer la pizza caes en crisis. Además de ser un glotón sin escrúpulos te das cuenta que no valió la pena. El folleto que dejaron en tu buzón te orilló a comprar una pizza que a fin de cuentas no supo tan buena como sugerían las fotos. Una carpicho que, encima, te ha dejado con cuatro kilos más de grasa y cinco gramos menos de dinero, lo equivalente al peso de esos dos billetes de cien con los que tuviste que pagar. No tienes nada, lo sabes. Doscientos pesos no son nada. Se irán como el aire tal como se fueron los trescientos que ya no tienes, lo mismos que podrías poseer aún si no fuera por esas copias que salieron borrosas. Lo único que te resta es la eternidad de los ochos días que faltan para la próxima quincena. El vacío es enorme y solo puedes encontrar consuelo en esos últimos doscientos pesos con los que decides comprar un libro que ni siquiera te urgía pero que era uno de los pocos que te llamaron la atención en la librería. 

Lo peor es que la tortura continúa siempre. La cajera dice que te sobran ocho pesos. Los gastas en el transporte público: un camión de la ruta equivocada que tomas porque no tienes ni idea de cuál es el que te lleva de regreso a casa. Al final terminas más lejos y te ves obligado a caminar durante una hora bajo la lluvia, tiempo en el que no paras de pensar en esas malditas copias del infierno.

jueves, 23 de agosto de 2012

Soy discriminado por los repartidores de volantes

Las visitas a los centros comerciales casi siempre terminan mal por una situación bastante triste que no se detiene: soy ignorado por los repartidores de volantes, muestras de perfumes y promotores de cubos de queso atravesados con palillos.

No sé a qué se deba. Quizás tenga cara de pobre o de que no necesito tales productos. El caso es que soy discriminado sin que nadie se pare a pensar en dolor que embarga mi corazón.

Hubo un tiempo en el que agradecí pasar desapercibido. Escuchaba testimonios de personas hartas de ser abordadas por cuanto vendedor se ponía en su camino. Imaginé el fastidio de tener que detener el paso porque a alguien se le ocurría darte un folleto de un sillón para masajes que sabes jamás podrás pagar. 

Lo que puedo decir es que hay algo mucho peor: lo que pasa conmigo. Imagínenlo. Jamás he visto a una empleada de la frutería lanzar una sonrisa hacia mí mientras me ofrece tomar un vasito con trozos de piña. Al contrario, tengo que recibir de constantes golpes al ánimo al ver que soy al único cliente que no recibe el trato merecido. 

El sufrimiento viene de mucho tiempo atrás. De niño le tuve que preguntar a mi madre si tenía cara de vagabundo. Estas experiencias te trauman tanto que llegas a pensar que los espejos te están engañando. Consideré la posibilidad de que la imagen que veía en ellos no correspondiera a la realidad, que podría no estar enterado todavía de que mi aspecto se asemejaba al de un indigente y no al de un tierno chiquillo de ocho años.

Después de realizar investigaciones y de haber hecho la misma pregunta a varias otras personas (porque mi madre podría haber mentido por culpa del cariño), confirmé que, en efecto, yo no era un vagabundo. Tan solo era un pobre desdichado al que no le hacían caso los repartidores.

Además pronto supe que lo anterior iba más allá, que se trataba de una conspiración de orden cósmico planeada por uno de esos dioses que se han encargado de que no me llegue ningún regalo del cielo.

Lo digo porque la discriminación se extiende a mi hogar. La calamidad no está limitada a mi cuerpo. Ya es costumbre ver la colonia tapizada con  papeles publicitarios de negocios cercanos. Lavanderías, pizzerías y tiendas de cualquier tipo que dejan volantes con descuentos y promociones en todos los buzones excepto en el mío.

En varias ocasiones he llegado a experimentar crisis que me llevan a tener reacciones desesperadas. 

Odio la comida que viene del mar, pero una vez pasé enfrente de un restaurante de mariscos y crucé los dedos para que el hombre ataviado con una botarga de camarón me ofreciera uno de los cupones que estaba repartiendo.

Tuve la esperanza de que así fuera porque casi nadie aceptaba lo que él ofrecía. El establecimiento al que representaba era de poca monta e inclusive daba la impresión de ser uno de los máximos propulsores de la gastroenteritis a nivel nacional. Era obvio que no entraría a desayunar a ese lugar, pero al menos esperaba recibir un cupón que pudiera hacer bolita y tirar en el próximo basurero. Así que me acerqué al camarón en cuestión para ver si me daba uno. Lo hice con precaución, di pasos lentos para que notara mi presencia y no se sintiera amenazado. Por desgracia, luego de varios segundos, noté que no tenía la más mínima intención de darme de nada y tuve que emprender huida con la vergüenza de haber sido despreciado por crustáceo percudido.

La maldición pareció quedar atrás hace unos días cuando fui a una tienda de autoservicio. Apenas entré vi a una señorita con ropa de Häagen-Dazs. El miedo al rechazo me llevó a caminar lo más alejado de ella que pude, fingí que no me interesaba probar el helado que tenía. La sorpresa llegó cuando la vi caminar hacia donde me encontraba.

—Hola, ¿quieres probar?

No supe cómo reaccionar. Tuve un ataque de ansiedad. Era una experiencia completamente nueva para mí.

—No, lo siento, llevo prisa, no me gusta el helado.

Caminé rumbo a los pasillos apenado y con la cara roja. Antes de salir tomé un litro de helado chocolate del más barato que había.

martes, 21 de agosto de 2012

Soñé con un escritor que me gusta

Soñé con este escritor que me gusta.

Debido a que está muerto, es la única forma que tengo de conocerlo.

E iba a su casa a tomar algo. No recuerdo qué. Lo que recuerdo es que, luego de tocar la puerta, me abrió una mujer.

"Lo vengo a ver", le dije. "Pase", me respondió.

Lo primero que vi, fue comida tirada en el recibidor. La mujer trapeaba por ahí lo que era posible.

Siguió a lo suyo sin darme su atención. Fue necesario que buscara a mi amigo yo solo.

Tardé un rato en notar que en el primer piso no había nada. Tuve que subir las escaleras para ver la vida de ropa arrumbada. No pude abrir ninguna de las puertas a la redonda, excepto una de donde salía música clásica.

Y ahí estaba. Igual de viejo que en las fotos, con un cigarro en una mano y con una fotografía en la otra. Lo saludé y me pidió que tomara asiento.

¿Sabes quién es esa mujer?
Es la mujer que amo.
Todos los días viene y limpia esta casa hasta la última ventana.
Va con su pequeño trapo. Frota los espejos con una ternura que deja un reflejo mejor del que había.
La conocí por un anuncio en el periódico.
«Mujer con experiencia en aseo busca hogar en el sur.»
Le llamé. Le dije que viniera. Dejé que se quedara en mi corazón.
No creas todo lo que lees en mi libros. Cambié muchas historias para ser un verdadero escritor.
Soy un hombre limpio. Así que para justificar la presencia de esta pequeña mujer a mi lado, tengo que tirar basura por el suelo antes de que llegue.
Hoy llamé al restaurante chino. Pedí que trajeran el menú del día.
En cuanto el repartidor llegó con el paquete, lo esparcí desde la puerta de entrada hasta mi habitación para darle una ocupación a esta mujer.
Ella no sabe que la amo, que la quiero. Y nunca se lo diré. No cometeré esa atrocidad. Me gusta verla feliz.
A diario le pago con el dinero que junté de todos esos relatos que tanto te gustan. Te lo agradezco.
Me gusta que esté ahí con su trabajo. Saber que en cualquier momento puedo bajar las escaleras para ver a la mujer que amo.
Ver sus manos e imaginar que soy la suciedad que intenta limpiar.

Eso debe ser suficiente para ti.
Ahora brindemos.



miércoles, 15 de agosto de 2012

De alguna manera


Un día, si eres afortunado, te toparás con una persona especial que te haga recobrar la confianza. Una que te hará  saber que tu juicio sobre quienes has conocido no sea  tal vez  tan severo como pensabas en esas noches donde te decías: buenono debería ser así, quizás esté siento injusto, soy demasiado exigente, nadie será nunca como yo quiero. Cuando la conozcas, sabrás que en efecto, hay gente tonta y vacía, que no es solo una impresión tuya, sino que así es. Al menos para tus principios. Y recuperarás la fe y dirás: vaya que es posible la decencia. Que podrás sí, haber sido exigente, pero que nunca renunciaste a encontrar lo que deseabas, que nunca te conformaste con lo que había, que mantuviste hasta el final una idea fija en tu cabeza. Una imagen clara que varias veces pensaste no llegaría. Y de repente, probablemente desprevenido, caigas en cuenta de que ahí está. Que siempre estuvo en un rincón del mundo. El que no haya sido inmediato le agregará emoción. Cada uno de los días perdidos y sufridos será un valor agregado al encuentro esperado. Nadie te podrá quitar eso, el alivio de una persona dándote la razón; una razón que lleva mucho consigo. Sabrás que si hay alguien, puede haber otros. Seres por los que vale la pena esperar y salir de la cama cada mañana. Lo único que tendrás que averiguar es si cumples el mismo papel para ese alguien más.

lunes, 13 de agosto de 2012

Del otro lado


Encontré una hoja de papel en un libro que saqué de la biblioteca. Cumplía la función de separador en la página ochenta. Era de forma cuadrada, diez por ocho centímetros, con la imagen de una obra de teatro a estrenarse el doce de marzo. Puede que desde entonces no haya sido sacado por nadie más. Quisiera preguntarle a esa otra persona por qué no continuó con la lectura si, al menos así me parece, es la mar de interesante. He encontrado objetos similares en medio de libros públicos que no dejan de producir una sensación especial en cuanto doy vuelta a la página. Una señal, acaso, mandada por otro lector. Lamento no poder interpretarlo como quisiera. Preocupa porque quizás sea una advertencia: no sigas leyendo, se trata de una novela que arruinará tu vida. El predecesor pudo haber muerto debido a las páginas envenenadas, no pudo regresar para conocer el final. Debe haber una precaución que deba tomar, pienso, buscar unos guantes que sirvan para seguir hojeando sin temor a que de pronto mis manos se deshagan. Cuál párrafo será el último de los ojos. Sigo en ello, no creo que alguien pudiera abandonar como así una lectura de pasiones. Hubo una historia detrás, un disparate, la reacción ante un muro inmenso. No lo alcanzo adivinar. Libro maldito al que hay que dejar. Regresar a la biblioteca para que siga tal como está. El próximo que lo encuentre debe estar advertido. Ya sabrá si le conviene avanzar.

domingo, 5 de agosto de 2012

Mientras el café se enfría


El café está hirviendo. Sabes el peligro que conlleva ponerlo en tu boca. Podrá sonar cobarde, pero no quieres quemarte. Así que esperas un rato para que deje de estar tan caliente. Pasan unos segundos, todavía no es suficiente. Lo sabes, debe estar casi igual. Decides esperar unos minutos más. Sigues platicando con tu acompañante. Cuando te habla no le entiendes mucho, sigues pensando en el café, a saber si sigue con la misma temperatura. Te preocupa ver que el señor de la otra mesa ha dado ya ocho tragos mientras tú sigues a la espera. Es claro, el mesero lo nota, que tu estrategia es conservadora. Te da vergüenza. Empiezas a desear estar en algún otro lado, en un molino o en un balneario. Hay otro detalle que te preocupa. A cada segundo que pasa el café cambia. El sabor que tenía hace unos instantes es diferente al de ahora. Te aterra estar perdiendo tragos exquisitos por temor a quemarte la boca. Piensas en cuál será el punto exacto. Quieres dar un paso adelante. Quizás justo en ese momento debas tomar la taza y dejarte llevar. Luego, como siempre, te lo vuelves a pensar y adiós. Aguardas de nuevo. Lo siguiente que sabes es que el mesero ha llegado para preguntar si se ofrece algo más. Le pides una servilleta y te retiras.

martes, 31 de julio de 2012

«First of the Gang to Die»


Siete años tuvieron que pasar para que Morrissey lanzara You Are The Quarry (2004). Problemas con discográficas, desencantamiento con la industria y otros factores influyeron para que, después de Maladjusted (1997), el hijo pródigo de Manchester se tomara un respiro que lejos de condenarlo al olvido, impulsó su carrera a un nivel que no había alcanzado siquiera con The Smiths. Se sabe que en el mundo musical no hay muchas personalidades como la de él, ajeno a los clichés de drogas, groupies, cabello largo y hoteles destrozados. Es comprensible entonces que fuera difícil alguien lo dejara marchar. Nadie podía reemplazar el lugar que ganó desde el lanzamiento de "Hand in Glove" que en los ochenta lo ubicó como un cantante que, por su desencanto con la vida, resultaba extrañamente carismático.

Los siete años no fueron silenciosos. Siguió escribiendo e hizo giras. El repertorio de los conciertos mezclaba temas de sus discos pasados a los que poco a poco fue intercalando con algunos nuevos a la espera de encontrar espacio en un álbum. En el 2002 empezó a sonar por ahí "America is Not The World", "Mexico", "Irish Blood, English Heart" y una que mencionaba a un tal Héctor. Era "First of The Gang To Die". Todas ellas fueron recibidas con aplausos por el público hasta que por fin en 2004 salieron oficialmente para alcanzar el estrellato.

Si los discos que Morrissey había sacado a mediados de los noventa estaban nublados, el nuevo, You Are the Quarry era soleado. Para ello fue determinante el que se mudara a Los Ángeles, ciudad donde empezó a tener un contacto con otro ambiente y con gente latina por la que siempre manifestó aprecio. "First of the Gang to Die" hace uso del tema de las peleas entre pandillas y le agrega  dramatismo, amor y poesía. 

Toda la espera se justificó por canciones como esta, en donde casi puedes percibir el ansia en su voz, que estaba desesperada por ser escuchada de nuevo por las grandes audiencias. Lleno de ganchos melódicos, líneas memorables e intensidad, Moz logró llegar al top 10 de las listas británicas con 4 sencillos consecutivos dejando claro lo mucho que se le extrañaba. He stole all hearts away.



You have never been in love
until you've seen the sunlight thrown
over smashed human bones

La vejez tiene prisa


Los programas de radio dedicados a la salud son enfermizos. El problema no es con la salud, que por cierto me cae simpática, lo que desprecio es la forma en la que abordan temas delicados que casi siempre termina por hacer un llamado a la hipocondría. Lo gracioso es que, sin darse cuenta, los radioescuchas caen en un extraña adicción a escuchar  diariamente a un locutor  que les indica todas las horribles formas de las que podrían morir. Peores son los que se vuelven meros promotores de la homeopatía, confundiendo a la gente y tratando de forma liviana a personas que lo mejor que podrían hacer es acudir al médico.

Procuro evitarlos al máximo. Lastimosamente en la vida es común toparse con lo que se odia, sin importar lo mucho que te esfuerces o la grande que sea el mundo.

Hoy comí con unos familiares lejanos. En la cocina tenían puesto un programa sobre salud y ya con eso supe que terminaría por tener un ataque de agruras. Una opción era sugerir un cambio de estación, solo que no me sentí con la desfachatez suficiente como para promover cambios radicales en la rutina de unas personas amabilísimas con las que aún no desarrollo suficiente confianza.

El programa en cuestión trataba sobre obesidad. Además de algunas cifras, señalaron algunas de las causas y dieron consejos para bajar de peso. Hasta ahí no iba tan mal. Era soportable e incluso ayudaba a tapar los silencios incómodos de una conversación que no daba para mucho. La transmisión dio un giro fatal en cuanto dio inicio una entrevista con una doctora que, pese a tener una voz agradable, empezó a lanzar una serie de sentencias plenamente ofensivas.

En una de las respuestas, la mujer dijo: «la juventud va de los 12 a los 24 años, a partir de ahí el cuerpo entra en una nueva etapa». No pude disimular más, ofrecí una disculpa y anuncié que tenía que ir al baño.

Estuve lavando mis manos por alrededor de diez minutos a la espera de que apagaran el aparato o  que un grupo de inconformes tomara la estación. Era presa del pánico. Sé que para algunos será una ridiculez sentirse viejo a esta edad, pero el pensar que en menos de dos meses cumpliré 24 años hizo que sintiera un peso enorme en los hombros.

Dejaré de ser joven antes de lo previsto. Ya desde antes había notado cambios en mi forma de ser que eran indicios de que avanzaba en línea recta hacia la amargura de la madurez. El escándalo sería menor en otras circunstancias, ahora mismo no. 

Respeto a los adultos mayores. En términos generales los prefiero sobre los jóvenes e incluso he contado aquí lo mucho que me entusiasmaría tener canas en las sienes o contar ya con una vida consolidada como la que tienen los señores con varios años de matrimonio.

El hecho es que todavía no llego al lugar donde me gustaría estar. Tengo una idea de lo que busco, una idea nublada que puede adaptarse a varios recipientes siempre y cuando se cumplan los requerimientos que son lo fundamental. Y me falta. Es preocupante alejarse de una etapa donde se tienen algunas concesiones sociales que quizás no podré experimentar a partir de octubre.

Lo dicho. Los programas para la salud me enferman.

viernes, 27 de julio de 2012

Palabras de un olvidadizo


Nací hace muchos años, eso lo tengo por seguro. De lo demás no sé mucho. Tengo mala la memoria. Recuerdo vagos detalles. Ahí me defiendo. Olvido lo importante, es el problema. Fui con algunos médicos que me dijeron lo que ya sabía, tienes mala la memoria. Nací hace muchos años. En una casa de campo donde mis padres se escondieron. Crecí a lado de ovejas. Alimenté a los patos. Tan amables ellos con plumas de algodón. Volví a los doctores. Di vueltas por ellos. Uno dijo que era innecesario realizar estudios. Era la cuarta vez que regresaba con él en menos de dos horas. Tengo mala la memoria, no cabe duda. Nací en una casa que mis padres alquilaron para pasar el verano. Yo no sé si mi madre era olvidadiza. Cómo puedes, con una barriga, irte a un lugar donde no hay hospitales. Nací entre patos y cochinos. El doctor se negó a recibirme. Usted ya vino a su cita, señor. Qué flojo es usted, le dije. Salí de ahí sin saber las causas de la mala memoria. Sospecho que la culpa es del chocolate. Comí mucho chocolate de joven. Montañas de chocolate. Cantidades enormes. En nada más me excedí. Tomo agua, hago ejercicio, me levanto temprano. Soy un tipo de costumbres sencillas. Cómo iba a ser de otras. Nací en una casa de campo. Mi madre dejó a mi padre para irse ahí donde mi abuela criaba gallinas con plumas de algodón. El pollo, no lo aguanto. Comí mucho de niño. Hasta los diez años me enteré lo que en verdad era el pollo. Yo creía que la gente compraba óvalos de carne creados en fábricas a base de leche y de galletas. Lloré cuando supe que los pollos eran seres vivos. Mami, yo juego con los pollos. Cómo vamos a comerlos. Con los otros animales no tuve mayor problema. Ninguna vaca se encariñó conmigo. Tampoco ninguna trucha ni ningún conejo. Tengo mala la memoria. Tal vez sea por eso: necesito comer pollo. Pero no puedo. Quiero mucho a los pollos. Nací en una casa de campo. Llegué ahí con mis padres. Se la compraron por poco dinero a un anciano al que le urgía pagar unas deudas. No dejo de pensarlo. Pobre hombre. Encima nos regaló unos cochinos. O los olvidó en el patio. Yo también soy olvidadizo. No como pollo. El chocolate sí, mucho. Me encanta. Una vez conocí a una chica que decía: no me gusta el chocolate. Debe estar loca, de inmediato pensé. Di unos pasos hacia ella y le pregunté si necesitaba ayuda. Me miró feo y luego se alejó. Cómo es que no podía gustarle el jamón. No lo sé. Hay personas raras sueltas por ahí. Yo tengo mala la memoria así que tengo que esforzarme para ser un buen sujeto. Y no crea, a veces tengo miedo. Hubo una noche en la que olvidé cómo se le hacía para respirar. Estaba ya bajo las cobijas, con los ojos cerrados, intentando dormir. De pronto me empecé a sentir mal. Como que la piel se me hinchó. El cuello hizo un ruido extraño. El aire me faltaba. Yo no sabía por qué, hasta que de repente me di cuenta que no estaba respirando. Qué es lo que me pasa. Nací hace ya muchos años. Intenté respirar, pero me di cuenta de que no sabía cómo hacerlo, no lo recordaba. No sé si me puse morado porque no había iluminación. El ambiente era tétrico. Así que esto es la muerte: fría, desesperada, ciega. Cuando empecé a venirme abajo, cuando yo creo moría, o al menos me desvanecía; en un último chispazo cerebral, recordé que para respirar tenías que inhalar. Lo hice y fue glorioso, una gran sensación, nunca lo olvidaré. En el instante siguiente supe que era necesario exhalar. A partir de ahí dejé que la atmósfera llevara el cauce. Al día siguiente fui al doctor porque tengo mala la memoria. La atención fue pésima. No me quiso recibir porque, según dijo, ya había ido varias veces durante el día. Mi memoria es mala. Soy franco al decirlo porque yo nací en una casa de campo y me eduqué bajo normas ajenas a la voracidad de la ciudad que te come apenas te distraes. Soy recto, soy honesto y tengo mala mi memoria, solo eso. A veces me da miedo que se me olvide cómo respirar. Algunos pensarán que es una actividad que se da por instinto, por necesidad, por inercia, de forma natural. Yo creo que no. A menudo me pasa. Me doy cuenta de que no estoy respirando y hago un esfuerzo para recordar cómo hacerlo. Le temo a las noches. Tengo mala la memoria y me aterra pensar que un día tenga un sueño tan espléndido que me olvide de respirar.

martes, 24 de julio de 2012

En todas partes


Soy perseguido en las casualidades, en las coincidencias. Ahí a donde yo vaya, encuentro el milímetro de una capa que remite a lo que he intentado olvidar. Llego a lo que he dejado atrás por medio de laberintos que llevan al lugar de donde partí. En las paredes, en los anuncios, en los pisos, en los vacíos, en las puertas, en los cubiertos, en las mañanas, en las piedras, en las sobras de la comida, en el hilo que sostiene los botones de un abrigo, en los vasos rotos de la cocina, en las palmeras, en el detergente de uva, en la escoba, en las marcas de una llanta, en las esferas, en el sueño, en el recorrido, en el ventilador, en el asta de la bandera, en el botón del elevador, en el triciclo del abuelo, en la muralla de Marruecos, en la sonaja de un bebé condenado al fracaso, en la chimenea de Santa, en la cinta métrica, en el riachuelo al borde del cielo, en la cámara, en el encanto de tu ventana, en el anillo rechazado, en la manivela, en la puerta del auto, en la cita con el dentista, en la revuelta, en el periódico de izquierda, en las cenizas, en el cobertor, en la torre de naipes, en las luciérnagas, en la historia del automovilismo, en la camisa, en el lápiz labial violeta, en las alhajas, en las muletas, en el desierto, en un tornado, en un infierno, en las estelas, en el vagabundo, en el saber, en la soledad, en los rodeos, en los miedos, en las libélulas, en la fauna, en la calleja, en la canasta de frutas, en el terreno baldío, en la cuñada, en la la libreta, en la estatua, en el camello, en los mapas, en los repelentes para insectos, en la sopa, en una fotografía instantánea, en los orgullos, en una nube con forma de ganzúa, en el aire, en la vista al océano, en los útiles escolares, en los quesos, en la materia, en tu cerebro, en el examen pasado, en los recuerdos, en el sonido de la guitarra, en un novillo, en el lugar, en un periódico, en la espuma, en una copa, en un molino, en el fuego, en la ducha matutina, en un felino, en la llamarada de un volcán, en el disparo de un arco, en la sed, en las peceras, en los escuchas, en la onda corta, en el callejón sin salida, en el dolor, en la estación del sur, en la parte de atrás de un control remoto, en una lata a medio llenar, en el funeral de un pez, en la jaula, en los ramos, en los zapatos de una sirvienta, en la cantimplora de una niña, en el recorrido de una prueba de atletismo, en la estafa, en los búhos, en el sombrero, en la ansiedad de un silencio, en las clases de francés, en las palabras que no tiendo, en las marcas de bronceado, en los terrenos de mil metros cuadrados y en los que miden menos; en todo te recuerdo, miro a los lado donde está el frente y giro para seguir viendo lo mismo, donde siempre está lo que deseo.

domingo, 22 de julio de 2012

«Dear God Please Help Me»


Ringleader of the Tormentors (2006) es, hasta ahora, el álbum más ambicioso lanzado por Morrissey. Si en You Are The Quarry (2004), su trabajo previo, desfilaban temas relacionados con la vida en Los Ángeles, la ciudad en la que en entonces vivía, en esta entrega grabada en Roma, deambulan los espíritus de la cultura italiana.

Aunque la espera no se prolongó tanto como en su pasado inmediato (donde hubo una pausa de siete años entre un disco y otro), la renovación de su sonido fue casi total. En ello influyó un nuevo equipo al que se incorporó Tony Visconti (el hombres que produjo algunos de los mejores trabajos de David Bowie, T-Rex y sus Sparks) y el gran Ennio Morricone. Además, con la salida de Alain Whyte (que abandonó la banda pero dejó un puñado de composiciones), su co-compositor de cabecera durante los últimos años, la guitarra quedó al mando de Jesse Tobias, un estadounidense de raíces latinas que llegó a tocar con Red Hot Chili Peppers años atrás.

Por su éxito, el álbum anterior había dejado la vara muy alta, así que el sucesor tenía que ofrecer algo importante. El resultado fueron canciones altamente orquestadas, con coros de niños italianos y una producción más cuidada que nunca. Si bien ya no hay apenas el jangle pop de los primeros años de su trayectoria, sigue conservando la vena para hacerlo plenamente accesible. Las letras dejan la "sencillez profunda" de los asuntos cercanos para concentrarse en otros de corte existencial. La vida, la muerte, la función del amor, el porvenir... 

Esto último fue lo que no me convenció cuando lo escuché por primera vez. Confieso que prefiero su faceta más íntima y personal. Además siento que su pluma no andaba del todo afilada por lo que sospecho estas temáticas complejas buscaron disimular la falta de inspiración en la rama en que se especializa: el de la relación del hombre con un entorno social que lo agobia. Eso sí, con el paso del tiempo ganó enteros. De cualquier forma, como a los grandes artistas, le basta un mal día para superar cualquier competencia presente en el mercado. "You Have Killed Me", "The Youngest Was the Most Loved", "In the Future When All's Well", "I'll Never Be Anybody's Hero Now" y "To Me You Are a Work of Art" lo tienen todo para mantener contento al admirador de antaño.

El resto de las piezas entran en terrenos en los que falla o acierta dependiendo del caso. En lo que respecta a "Dear God Please Help Me" le va perfecto, con esos arreglos de cuerda maravillosos cortesía de Ennio Morricone . Llevo seis años impactado la contradicción de la belleza que desprende y  la letra que cuando menos resulta inquietante. En ella parece estar relatando un encuentro sexual con... bueno, ya sabrán quién.



And I am so very tired, 
of doing the right thing, 
dear god, please help me...

viernes, 20 de julio de 2012

«Atlantic City»


Es de llamar la atención que un músico como Bruce Springsteen, tan asociado a los grandes estadios y a la maquinaria de la E Street Band, tomara la decisión de lanzar un álbum con las características de Nebraska (1982) en un punto determinante de su carrera. Su hambre de éxito no cedía, aun después de haber conseguido triunfos artísticos y comerciales con Born To Run (1975), Darkness on the Edge of Town (1978) y The River (1980), Bruce siguió componiendo sin tregua hasta que acumuló un puñado de canciones lo suficientemente convincentes como para aglutinarlas en nuevo álbum. La pretensión era ahondar en la desolación manifestada en sus dos álbumes previos, en esta ocasión con la consigna de no recubrirla con ritmos frenéticos que pudieran disimularla, y resistiendo la tentación de aligerar la carga con esas piezas pop de costumbre que podían aminorar el efecto. Bruce Springsteen sabía que el siguiente paso era crear un concentrado del agobio y el riesgo al que se dirigía su carrera conforme se hacía adulta. Era tiempo de tirar el resto antes de pasar a una nueva etapa. Sus posteriores lanzamientos seguirían hablando de manera intermitente del lado amargo de la vida norteamericana, pero jamás con la misma intensidad que muestra aquí a cada segundo. 

Lo primero fue grabar los demos. Para ello se encerró en su casa en Nueva Jersey con instrumentos y una grabadora de cuatro pistas como única compañía. Grabó la mayor parte en un día, a solas en su habitación. Casi todos los temas eran acústicos y su idea era que, cuando se los presentara al resto de la banda, éstos agregaran nuevos elementos dándoles un giro de estilo. Pero cuando las sesiones de grabación empezaron en forma, a Bruce Springsteen no le convencieron los resultados. Aunque siempre ha sido un hombre gregario, aquella vez supo que lo más conveniente para un trabajo de semejante naturaleza, era tirarse de lleno a los mínimos recursos: ahí donde la obscuridad y la desesperación resaltan con fuerza. Y no, en vez de regrabar los temas con una guitarra acústica en estudio, como la lógica indicaría, optó por una apuesta valiente para alguien de su popularidad: ordenó que los rudimentarios demos grabados en su casa conformaran el álbum que finalmente salió a la venta.

El resultado es una obra maestra que recuerda en ímpetu a Woody Guthrie y al Bob Dylan de los primeros años, así como a otros cantautores que parecían ya extintos para la década de los ochenta. Las limitaciones en la grabación no solo crean la atmósfera: también impulsan a una voz que es puro sentimiento, con todo y guitarra y armónica que le van cubriendo la espalda. 

"Atlantic City", quizás la mejor canción del disco y un highlight de toda su trayectoria. En ella toma la historia de una pareja presa de los límites las responsabilidades económicas y sociales. La escena es de un escape, pero ya no el lleno de emotividad e ilusión que hay "Thunder Road", sino el de la preocupación que viene al dejar un modo tradicional de vida: el joven tenía un trabajo, pero sabe que hay deudas que no se alcanzan a pagar con honestidad. La primera línea de la letra es una referencia directa a un acontecimiento real, el asesinato de un capo de la mafia siciliana a partir de la cual parte la reflexión: la doble apuesta que el hombre hace al echar sus esperanzas a los casinos de Atlantic City y el juego de muerte que supone unirse a la delincuencia en busca de una vida menos miserable. 

«Everything dies, baby, that's a fact, but maybe everything that dies someday comes back». El consuelo que resta, las palabras de aliento que el protagonista pronuncia aunque en el fondo no se pueda engañar.

jueves, 19 de julio de 2012

«November Spawned a Monster»


Todavía a principios de los años noventa, Morrissey estaba en busca de un guitarrista que supliera la figura de Johnny Marr. En un principio pareció que la había encontrado en Stephen Street, con quien compuso los primeros de sus éxitos, varios de ellos contenidos en Viva Hate (1988) y otros tantos sueltos por ahí. Por alguna extraña razón, la alianza entre ambos pronto se rompió, así que dio paso a un nuevo reclutamiento de instrumentistas de donde saldrían elegidos Alain Whyte (de quien se separó después del 2004) y Boz Boorer que se han mantenido fiel con él hasta la actualidad.

En el camino han quedado otros. Uno los co-compositores de los que se habla poco es Clive Langer. El ninguneo no sorprende. Apenas compuso tres temas a lado de Morrissey. Dos de ellos entre lo peor de su catálogo ("Mute Witness" y "Found Found Found"); también co-produjo Kill Uncle (1991), el que para muchos es el gran tropiezo de una carrera que hasta ese momento parecía infalible. 

Si la relación entre ambos se puede salvar, es por esa otra canción que compusieron juntos: "November Spawned a Monster", una excepción entre la niebla. Viéndola de cerca, podría considerarse una pieza atípica para lo que acostumbra Morrissey. Más allá de la música que a ratos parece ser un jangle-guitar-oriental, la letra resulta cuando menos curiosa. Siempre de lados de los débiles, sus letras se dirigieron históricamente a mostrar la belleza que se escondía en la vida de las personas solitarias, representadas por él mismo. Temas como "Hand in Glove", "Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me" y "I Know it's Over" mostraban compasión por esos seres desafortunados que no eran otros que el propio cantante. En "November", sin embargo, por primera vez se muestra cruel con la protagonista de la historia. Claro, hay cierta conmiseración, o más bien un sentimiento de lástima («poor twisted child / oh hug me, oh hug me»), pero no la suficiente para que se olvide de remarcar su fealdad y dejarle en claro que nunca alcanzará el amor. 

Tal como haría después en "I Have Forgiven Jesus", se hace presente el reproche a un ser divino , quien, se supone, trae a las personas al mundo sin que ellas lo pidieran para luego lavarse las manos dejándolos abandonados en un mundo que les agobia.

Se dice que es una de las favoritas personales del propio Morrissey. Por mucho tiempo fue la más interpretada durante sus conciertos, siendo una infaltable hasta que después de su semi-retiro se concentrara en el material de la nueva etapa. Es evidente el por qué de la alta estima. El riff de guitarra del comienzo da un decorado siniestro que se acentúa con la voz femenina que aparece por ahí y ese especie de intermedio que aparece al minuto 2:52. Una parte del encanto radica en la idea de que quizás todos tengamos un poco de ese monstruo parido en noviembre, en especial en las noches solitarias donde uno acaba por sentirse un poco así, apartado de la humanidad.






So sleep and dream of love
because it's the closest 
you will get to love

martes, 17 de julio de 2012

El café de las náuseas


Mi café favorito es uno que provoca náuseas. Lo descubrí hace unos años caminando por ahí cerca de casa. 

El amor surgió de la nada. Un día vi en la calle a una anciana acomodando sus pertenencias sobre una mesa y pensé que se trataba de una vendedora ambulante que desaparecería al día siguiente. Estaba justo en la esquina de enfrente. Por curiosidad me acerqué. Buenos días, le dije. No me respondió y siguió sacando una serie de instrumentos.

Una vendedora de pepitas, pensé, las de ahora son bastante profesionales, con ese tubo ha de cubrir con sal las cáscara de la semillas. Tuve que desechar la hipótesis cuando en su 
bolsa vi  frascos con unos granos que parecían arena y unos envases que contenían líquido obscuro. Incómodo ante la indiferencia de la señora, crucé al otro extremo de la calle y tomé dirección rumbo al norte aunque no tuviera un lugar exacto a dónde ir.

Estuve rondando varios lugares de la colonia. Hay casas bonitas a la que me gusta ver. Puedo imaginar que vivo en ellas. Por algunos segundos, mientras paso a su lado, imagino que tengo una habitación ahí, que si no entro es porque se me hace tarde para llegar a la escuela.

En cuanto llegó el atardecer decidí tomar el rumbo hacia mi auténtico hogar.

Antes de lograrlo, noté que la anciana seguía ahí cerca, sentada ahora en una silla a la espera de que un cliente cayera. Daba un poco de lástima.

—Disculpe, ¿qué es lo que vende?
—Café.

Respondió. Pensé, vaya, su civilidad ha cobrado vida justo cuando necesita un cliente.

—Deme uno, por favor. Quiero probarlo antes de que la saquen de aquí. Ningún ambulante sobrevive a estos vecinos. Nada personal, solo quiero que lo sepa.

Sirvió la bebida en un vaso pequeño.

—Olvidé preguntarle, ¿es un espresso?
—No. Pruébelo.

Sentí desconfianza. Después de todo ni la conocía. ¿Qué hacía yo con ella? Uno de los primeros consejos que recibí de pequeño fue no tomes nada que venga de un desconocido. Si le di un trago fue porque, bueno, era una anciana, ¿qué podía hacerme? Jamás ha salido en las noticias:

MUJER DE LA TERCERA EDAD ASESINA A UN GRUPO DE JÓVENES. LOS ROSTROS QUEDARON DESFIGURADOS POR LA FUERZA DE LOS GOLPES.

La duda se alejó aún más al dar el sorbo. Sabía increíblemente bien. Dios, era una delicia.

—En cuanto lo vi supe que le iba a gustar.
—Deme otro por favor.
—Está bien, pero será el último. Esta noche traje dos vasos nada más.

Acabé con el segundo vaso de un trago. Pagué  —fueron diez pesos, le días las gracias y me alejé.

Antes de abrir la puerta de la casa,  sentí un sabor amargo recorriendo mi lengua. Era tan fuerte que escupí el tapete de Bienvenido.Y no acabó ahí: vomité durante toda la noche. No dormí.

Pasadas las horas, estaba recuperado. A eso de las seis de la tarde pude salir a caminar. No vi a la anciana de la esquina. No me sorprendió. Unos meses  atrás un vendedor de plásticos se puso exhibir productos sobre en una manta y no pasó mucho tiempo antes de que alguien hiciera una llamada a la policía para que se lo llevaran.

Lo que sí, es que lo lamenté. El sabor del café era exquisito. Quería volver a probarlo. También para descartar que los efectos estomacales se debieran a él. Tenía esperanzas de que no ¿Puede algo con tan buen sabor resultar dañino? 

Quedaba tomar la ruta del día anterior para distraerse un rato. Lo hice sin sobresaltos hasta que, después de tres cuadras, vi a la anciana en otra esquina.

—Creí que no la volvería a ver.
—Joven: yo supe que lo volvería a ver.

Evité que la conversación floreciera, fue directo al grano.

—Un café, por favor.

El sabor era mejor que el de los dos pasados. La impresión fue tal que sentí una terrible ansiedad.

—Otro, deme otro.
—Lo lamentó, era lo único que quedaba. Tendrá que esperar a  mañana.
—Así que otros la han descubierto, ¿eh? Dígame, ¿dónde estará mañana?
—Ya lo verá.

No, la anciana no era muy agradable. Era astuta, consciente de que era dueña de un producto único,  aprovechaba  la oportunidad para desesperarte: eras su presa, sabía que harías lo posible  por llevar la fiesta en paz.

Continúe la caminata con tranquilidad hasta que, enfrente una de mis casas favoritas, empecé a vomitar. El café, era eso, lo supe por fin. No pude parar hasta que terminé vacío por dentro. Tuve que dejarlo salir, incluso cuando vi que la verdadera dueña de la casa abría la puerta y miraba. El espectáculo era deplorable, yo mismo caí en cuenta. Por fortuna no escuché ningún reclamo. La mujer siguió mirando hasta que terminé y luego, sin decir una palabra, cerró la puerta tras de sí.

La consecuencias eran atroces, pero el sabor del café lo valía. Desde entonces estoy condenado.

Fui con la señora a diario durante la semana siguiente. Me asusté cuando dejé de encontrarla dos días consecutivos. Cuando volvió a aparecer respiré aliviado. Se excusó diciendo que tuvo que visitar a su hermana enferma. Le platiqué que su café me provocaba náuseas. Que siempre, después de tomarlo, vomitaba. Es normal, dijo sonriendo. 

Pedí lo de siempre.

Encantado por la sensación que me embargaba de los labios al esófago, minimice la certeza de que minutos después terminaría devolviendo el estómago. No importa, nunca me ha importado. Le soy incondicional desde entonces. Seguiré tomando el café de la anciana aunque alguien diga que mata.

lunes, 16 de julio de 2012

«The Last of the Famous International Playboys»


La carrera de Morrissey después de The Smiths empezó a todo galope. Una juventud solitaria dejó cientos y cientos de líneas en su cabeza a la espera de tener a quien contárselas. A falta de relaciones amorosas o amistades duraderas (con algunas excepciones, como la que lleva con Linder Sterling), convirtió a su carrera en un especie de diario donde poco a poco fue dejando constancia de su excéntrica personalidad. Con "The Last of the Famous International Playboys", el tercero de sus sencillos, que logró colocarse de nuevo en el top 10 de las listas. Contrario a los pronósticos, no solo mantuvo el talante que lo caracterizó en su antigua banda, sino que alcanzó mayores niveles respecto al éxito comercial. Escuchando estas canciones queda claro el porqué nunca veremos un reencuentro de The Smiths: Morrissey no lo necesita. Hay que decirlo, es una especie de divo con el ego bastante elevado que goza de ver su nombre siendo el único protagonista. Sus nuevas portadas dejaron de incluir a estrellas de los sesenta, para empezar a ser casi en exclusivo fotografías donde su cara aparece en primer plano. 

En "Playboys", Moz toma la historia de los hermanos Kray, un par de criminales famosos durante la década de los sesenta, para transformarla en una letra llena de pasión y aventura. El mancuniano, digno heredero de Oscar Wilde, era alguien —como diría Borges— profundo al que le encantaba pasar por superficial. De ese modo podía admirar a unos asesinos solo porque llevaban un excelente peinado o por el romanticismo que desprendían sus vivencias personales. Así, en esta fantasía, el protagonista escribe a su amado desde prisión  para contarle que todo el mal que ha hecho no ha sido más que un tributo para poder aproximarse a él, aprovechando al mismo tiempo para, irónicamente, denunciar un mal que permanece hasta nuestros tiempos, el de cómo los delincuentes (pensemos en Mark David Chapman o Anders Behring) son lanzados al estrellato gracias a los medios, haciendo de linduras como las masacres, las únicas formas que tienen los desdichados para alcanzar la notoriedad. 

De la segunda época dorada de Morrissey (la primera siendo su trayectoria con The Smiths y siendo la tercera su regreso en 2004), recuerdo esta estupenda canción co-compuesta con el gran Stephen Street que cuenta con una peculiaridad: en la grabación participan todos los ex-Smith, salvo Johnny Marr. Con Andy Rourke en el bajo, Mike Joyce en la batería y Craig Gannon en la guitarra, Morrissey lidera una de las finas piezas pop a las que con el tiempo nos acostumbraría.



“I never wanted to kill, I am not naturally evil. Such things I do just to make myself more attractive to you —have I failed?”

sábado, 14 de julio de 2012

«The River»


Por su juventud y nivel de popularidad, creo que Bruce Springsteen fue el gran defensor del Rock durante los años 70. No hay que olvidar que su carrera surgió en un periodo donde la música de cantautor estaba en declive en pos del auge de la música progresiva y que para finales de la década el ambiente volteaba hacia el Punk. Lo mismo ocurría a comienzos de los ochenta, cuando el New Wave y los sintetizadores empezaron a abundar en el mercado. Él, a pesar de todo, se mantuvo fiel a sus principios, dándole escape a historias personales y sociales con la ayuda de una banda detrás que, a la vieja usanza, se concentraba a lo suyo, a un sonido ajustado y orgánico que daba la impresión de ser, ante todo, una especie de fraternidad. 

Cada uno de sus trabajos, desde Greetings from Asbury Park, N.J. (1973) hasta Nebraska (1982), son entonces algo más que una seguidilla estupenda de trabajos para presentarse al mundo: también son una resistencia en representación del Rock, una patada a todas esas nuevas modas que lo pretendían devorar. 

Por aquellos días Bruce Springsteen pasaba por su mejor periodo creativo. Después de la gira de Darkness on the Edge of Town, reunió una serie de canciones y formó lo que sería The Ties That Bind, su próximo lanzamiento. Estamos hablando de 1979, con una década moribunda y otra a punto de salir al escenario. Luego de entrar al estudio y grabar diez temas, todo apuntaba a que el nuevo lanzamiento alcanzaría a salir para navidad, pero entonces algo pasó, Bruce decidió echar el proyecto atrás. 

El movimiento, que pudo parecer arriesgado, finalmente terminó por ser una de las mejores decisiones de su carrera y una de las tantas muestras de su compromiso artístico. ¿Qué hizo en lugar de sacar un disco que ya estaba hecho y que seguramente le habría aportado varios millones sin tener ya que esforzarse? Pues lo hizo a un lado, porque consideró no era suficiente, que se necesitaba un segundo esfuerzo para dar otro paso firme a la leyenda y, lo más importante, para decir todo lo que tenía que decir. Al poco tiempo, se sacó de la manga otras diez grandes canciones que, sumadas a las que ya tenía, solo pudieron contenerse en un álbum doble que hasta la fecha conforman un hito tanto para su trayectoria personal como la historia de la música americana del siglo pasado.

¿Cuál fue el resultado? The River (1980) es un álbum que resume desolación. El rompimiento de los sueños que llega con esos sucesos que no esperamos y que se presentan de repente para recordarnos que la vida no es un parque de diversiones del que se pueda salir limpio. («Is a Dream a Lie If It Don’t Come True, Or Is It Something Worse?»). La pieza titular lo ilustra mejor que ninguna otra, tocando temas (se basó en experiencias cercanas de su propia familia) como el de los trabajos miserables que solo te brindan comida suficiente para continuar sufriendo o el del embarazo no deseado que termina con la juventud de un solo golpe; todos esos problemas que van y vienen como un río que termina por secarse.

La figura de The Boss muchas veces es malinterpretada. No es raro que se le vea desde el lente del prejuicio, en especial en Latinoamérica, donde nunca ha sido igual de popular que en otro lados. Supongo que algunos racistas de clóset lo ven como el prototipo del gringo que colecciona sombreros de copa fabricados a partir de banderas estadounidense y que destruiría sus casas con un misil transatlántico si pudiera. 

Bromas aparte, se trata de un músico excepcional con una trayectoria que merece todo el respeto posible. Esta canción lo demuestra de maravilla.

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