sábado, 14 de diciembre de 2013

Tengo un nuevo blog


En caso de que a alguien pudiera interesarle, les informo que tengo un nuevo blog. Tal vez algunas almas todavía pasen por este rincón abandonado del ciberespacio, así que preferiría que lo supieran, en especial por aquellos que en reiteradas ocasiones manifestaron su aprecio por lo que escribía, que por casualidad ahora a mí me produce bochorno. Pero no lo borraré. Que ahí quede, como fuente de vergüenza para todos los que alguna vez se relacionaron conmigo.

Acá está el link:

http://bigmaud.com/

Los veo por allá.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las despedidas son ridículas




Hoy este blog cumple cinco años.

Y hoy este blog llega a su fin.

No volveré a escribir en él.

Lo digo con esa convicción para no verme tentado a regresar nunca más. Podría no escribir un post y simplemente dejar de actualizar, pero la tentación de regresar seguiría latente por siempre y no quiero eso. Creo que es hora de cerrar.

Lo estuve pensando en los últimos días. Han sido ya 531 entradas. Y aunque restan cosas por decir, toca ahora guardármelas. Seguiré escribiendo, claro, eso no cambia. Solo que lo haré solamente para mí o para otro tipo de proyectos. De repente siento que el tener un blog me ha adormecido. El tener un lugar seguro para publicar me ha hecho que no busque otros espacios, que no me esfuerce o trabaje más allá. De todas formas me siento orgulloso de haber durado tanto tiempo, en especial por lo desorganizado y poco disciplinado que suelo ser. Por eso, aunque en ocasiones me pareciera un ejercicio estéril con nulo alcance o resonancia, al final me voy con una sensación positiva por dejar un producto que antes no estaba ahí.

Se sabe que los blogs están a la baja. Y aunque ahora abandono, ofrecí resistencia con actualizaciones regulares sin importar el número de tentaciones que se cruzaron.

La noticia no es gran cosa. Nunca lo es. Este espacio jamás fue excesivamente popular. Aun así, agradezco a esas pocas personas que, me consta, siguieron mis publicaciones y tuvieron la decencia de hacérmelo saber de diversas formas. Muchos también me leyeron en secreto (como lo hacen ahora) y absorbieron lo poco que tengo sin ofrecer ni una sonrisa a cambio. Es parte del juego.

Habemus mierda (un nombre que dese hace meses odio) se retira con poco más de 150,000 visitas únicas, un número que, aunque aceptable, es menor de lo que pudo haber sido si no fuera porque Google discrimina a los sitios con malas palabras en su título. De cualquier forma, es un público mayor del que tiene algunas revistas o libros en toda su historia. Nada mal para un proyecto esencialmente modesto y que siempre apeló al suceso personal y a la autorreferencia. Evité al máximo colgarme de temas de actualidad para atraer visitas y me precio de no haber comprometido mi integridad a cambio de un éxito mayor.

En fin. Este blog me ha dejado satisfacciones y también algunas molestias. Por fortuna dominan las primeras. Lamento en todo caso que algunos de mis escritos se hayan malinterpretado (sobre todo cuando se tomaba en serio lo que era en broma) y que ciertos personajes copiaran y copiaran, sin nunca entregar nunca un triste reconocimiento o una palabra de aliento.

No descarto algún día volver abrir una bitácora personal. Sin embargo no será en un corto plazo. Para no cortar definitivamente el contacto con esas pocas personas que acompañaron este proyecto, les invito a seguirme por twitter o agregarme en facebook si me encuentran. Advierto que son espacios que cada día actualizo con menos frecuencia. Creo que me encamino al silencio absoluto. Total, todo está perdido ya.

Prometí terminar con palabras sin originalidad:

Hasta luego.

—Carlos.

Del futbol

Uno de los aspectos que más me gustan del futbol es la la unión que provoca. No hablo de una unión en un espacio determinado (que también, como la que hay en los estadios o en los bares), hablo de la unión que logra incluso a distancia. Sobre todo en los partidos, cuando sabes que en otras partes del mundo hay personas que desean lo mismo que tú: que el equipo gane, que el balón entre en la portería, que el arquero detenga el penal. Personas que ni siquiera conoces pero que, al menos en ese aspecto, son parecidas a ti. Así no estás solo. Está claro que el futbol despierta pasiones intensas que en ocasiones se convierten en violencia u otros vicios, sin embargo hay ciertos momentos —la mayor parte, de hecho— en los que brinda una ilusión enorme. Desconocidos aparte, es bonito saber que no importa cuántos kilómetros te separen de alguien a quien estimas, porque, si también le va al equipo por el que te desvieves, seguro hará lo mismo que tú haces todos los fines de semana: levantarse temprano para ver el juego, y acordarse de ti, porque acompañas en el sufrimiento y celebración de  esos 90 minutos donde los sentimientos están en las piernas de un puñado de jugadores.

Las personas, siempre volvemos a las personas.


martes, 11 de septiembre de 2012

La chica de la playera sucia


La ropa es una carta de presentación. Por mucho que uno quiera verse espiritual y alejarse de lo superficial, es común que la forma en que las personas van vestidas nos dé un indicio que, equivocado o no, cuenta en la forma en que las abordamos.

Para demostrar que la aseveración anterior no hace apología al mundillo de la moda, diré que soy alguien a quien la vestimenta le da más o menos igual; ya con un guardarropa conformado, saco del armario al azar lo que usaré cada día sin mayor preocupación. La única regla es no repetir dos días seguidos. Fuera de eso me permito cualquier barbaridad. Lo cierto es que no soy muy versátil al respecto, por lo que unos pantalones de mezclilla conforman la base de un atuendo diario que se ve completado, la mayoría de las veces, por una playera. 

Hay de varios tipos. Las playeras se distinguen unas de otras por el estampado. Y por el color. Y por su material. Y por la talla. Y por muchas otras cosas, pero ahora me detendré en los estampados. Mis preferidas son las que tienen una imagen alusiva a la música. En mi colección figuran, entre otras, las que están dedicadas a bandas como The Smiths, The Rolling Stones, Buzzcocks y The Beatles. Las he comprado en conciertos o en lugares que no he vuelto a ver.

Antes consideraba que llevar puesta una playera así daba cierta identidad, o que bueno, ayudaba a reconocer a personas con gustos afines a los tuyos. Dejé de pensar de ese modo el día conocí a un joven que traía una playera con un estampado de Aladdin Sane. Cuando le pregunté sobre su álbum favorito, me respondió que no conocía a ese tal David Bowie. La situación empeoró en otra ocasión cuando, estúpidamente, creí ver al amor de mi vida: una chica con una blusa de Otis Redding. El desenlace fue similar; la susodicha no conocía ninguna canción del morenazo aquel y había comprado esa ropa porque le pareció bonita. Si bien lo consideré un argumento respetable, cualquier atisbo de ilusión sobre un matrimonio futuro se derrumbó.

Supe entonces que la mayoría de la gente se pone lo que le otorga una apariencia cool, sin pararse siquiera a considerar si tiene o no cierta concordancia con sus gustos musicales. Ya no me emociono cuando veo a Bob Dylan debajo de una chamarra, ni cuando veo a alguien bajo el cobijo de los Stones. Meras ilusiones. Sé que la mayoría de las veces se trata de un espejismo propiciado por alguien que en realidad escucha a Camila o a Zoé

La vida está llena de decepciones, procuro evitar ser su cómplice.

***
Publicado originalmente en Capitán Fantasma.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Catorce pensamientos sobre libros


Me da tristeza comprar libros usados que traen dedicatoria a un dueño anterior. También encontrarlos en la biblioteca. Duele pensar que fueron revendidos o desechados cuando el autor (u otra persona) los obsequió con mucho cariño. Uno de mis temores es encontrar algún día en un botadero cierta novela que una vez regalé.

Hay libros interminables que siguen apareciendo durante el resto de la vida a través de golpes de la memoria.

El avance de páginas se gana.

Los libros se recomiendan, no se prestan. En caso de hacerlo hay que estar dispuesto al adiós. Los intercambios ofrecen cierta garantía. 

Convendría que el número de página viniera en menor tamaño al acostumbrado. O que solo estuviera disponible en los inicios de cada capítulo. Además de ser un potencial distractor, cumple la función de presionar ante el lento avance cuando el contenido aburre.

Faltan libros de tapa acolchada. Esos a los que dan ganas de abrazar.

Ahí donde pase el escritor que se aparte el fotógrafo.

Las hojas del libro se ponen amarillas pero nunca se marchitan.

Los libros son una herencia pública.

La lista de libros favoritos del lector principiante estará conformada por todos los que ha leído.

Se puede descartar a un libro por su portada siempre y cuando se alcance a ver el nombre del autor.

El libro regalado debe ser una carta velada.

En las librerías, preferible revisar los saldos que la mesa de novedades.

Los malos libros son las prótesis de los sillones cojos. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Panquecitos para salvar la vida


Nunca iré a Europa. Nunca seré millonario. Tampoco alcanzaré la fama mundial. Son ideas que he ido asimilando. Para evitar la locura, no queda otra que aferrarse a placeres sencillos que, si bien no traerán nada trascendente a nadie, al menos sirven de consuelo en una realidad espantosa.

Llámenlo conformismo, si quieren. Yo no creo que sea así. El conformismo llega cuando puedes aspirar a algo mejor pero decides —por pereza, desánimo o lo que sea— quedarte con una versión menor (y más fácil) de lo que deseas. Yo en cambio ya tengo claro que no tengo posibilidades para cumplir ninguno de mis sueños. Está dictado por los dioses. De ahí que deba voltear hacia otros campos menos espectaculares con el fin de obtener leves dosis de felicidad.

Si otros le encuentran sentido a la existencia cuando visitan la playa, yo he de buscar una alternativa dentro de mi rango. Ver una película de samuráis, por ejemplo.

Si otros planean comprar una casa el próximo verano, es mi deber buscar competir con la adquisición de un nuevo par de calcetines.

De igual forma, así como un empresario puede comer los fines de semana en un restaurante de lujo donde las meseras le sirven la comida directo en la boca, debo buscar una actividad genérica como lo es un cenar un panquecito de chocolate.

Tal cual. No sería descabellado confesar que los panquecitos han salvado mi vida. Ahí cuando nace la tristeza surge un remedio económico (de seis a quince pesos) como lo son panquecitos.

Ayer mismo, al caer en un bache anímico propiciado por la desaparición de una cuchara, tuve que acudir a la panadería cercana donde, por fortuna, se encontraba una charola llena de panquecitos de dulce de leche.

Le dije a una de las trabajadoras del lugar que envolviera uno de ellos en cuanto pudiera. Era una urgencia ante la cual supo actuar con presteza. 

Apenas salí por la puerta abrí la bolsa y di un dulce mordisco que templó de nuevo mis nervios. Lo único que procuro es no caer en excesos: una vez que he comido un panquecito no voy por otro. Con una dosis basta para mantener el brío durante al menos tres días.

Claro, nunca comeré un croissant por las calles de Montparnasse. La buena noticia es que si cierro los ojos puedo imaginarlo mientras como un panecillo desde la cocina.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ya no puedo jugar a ser el macho


El martes  por la mañana hizo un frío terrible. Aun así me bañé. No pude evitarlo, no despierto del todo ni me siento a gusto si no tomo una ducha antes de ir a la universidad. Cuando iba en la puerta de salida, me di cuenta de que, además del cabello mojado, solo llevaba unos pantalones y una camiseta delgada. Ya era tarde y tuve flojera regresar a la habitación por un suéter o chamarra. No lo necesitas, me dije, puedes resistir esto y más, solo son quince minutos a pie. Deja el abrigo para los necesitados, para los enclenques, las niñitas de ocho años.

El miércoles amanezco mal. La garganta me duele y tengo dolor de cabeza. Durante el día los síntomas se agravan y aparecen los estornudos. La primera gripa que me da en el año. 

Finjo poner atención a clases mientras lamento mi nivel de estupidez. Tienes 23 años, debes dejar las actitudes imbéciles, me digo. Ya no puedes jugar a ser el héroe. Tus mejores años han pasado. A partir de ahora eres un anciano que tiene que usar suéteres verdes con rombos. Pide unos calcetines térmicos en tu próximo cumpleaños. Necesitas que alguien teja una bufanda para ti, que te preparen un chocolate caliente y te hagan piojito frente a la fogata para que no caigas en un tobogán depresivo.

Por la noche empeoro. 

Voy a la cama con la intención de dormir. Lo siguiente que sé es que llevo dos horas dando vueltas sin lograrlo. Estoy agotado y con sueño, pero no puedo. Tengo la cabeza llena de pensamientos, de preocupaciones. Caigo en cuenta de que si no puedo dormir es por culpa del cerebro: está harto de los privilegios de los que goza el cuerpo que puede ir a descansar todas las noches mientras él sigue trabajando lleno de agobios. Parece decir: «Esta vez te hundes conmigo, pedazo de abdomen con piernas».

Al final consigo dormir hora y media. Quedo peor. Preferible no dormir en algunas circunstancias. Voy a una clase dos horas y pienso en si tendrán un bonito departamento en el más allá.

martes, 4 de septiembre de 2012

Lo mismo desde 1902


Este semestre tomo una clase en otra facultad. La inscribí ahí porque quise conocer nuevos ambientes y lo único que encontré, y que de cierto modo ya sospechaba, es que no hay grandes diferencias entre un lugar y otro. La mayor parte de las personas tienen una equivalencia cercana. Una persona es especial en medida de que el número de kilómetros que la separan de otra igual es mayor a ochenta. No dejes que los ojos te engañen.

Y la facultad es un lugar enredado. He salido y entrado por una docena de lugares diferentes. Aún no memorizo el rostro de nadie. Ni siquiera el de los estudiantes con los que llevo la materia o el chico que se me acercó el otro día.

Voy camino a casa cuando noto que este joven me mira. No parece agresivo así que descarto que tenga un plan para robar una cartera que no traigo. Sigo el camino hasta que la pluma se me cae. La tomo del suelo y de reojo veo al chico observándome todavía. Procuro no darle importancia. Es difícil que lo haya enamorado. En las presentes circunstancias solo puedo lograr una proeza de ese calibre a través de las palabras y él jamás me ha escuchado. Además no es mi tipo, ningún hombre lo es. Considero que existen demasiados machos en el planeta. Con uno por cada diez mujeres sería suficiente. Mejores paisajes en los alrededores.

Ya en la puerta de salida noto que alguien toca mi hombro. Es el chico.

—Oye, disculpa, ¿dónde compraste tu playera?

Llevo una de Meat is Murder que compré en un concierto de Morrissey. Nadie nunca me había dicho nada sobre ella. Y bueno, no es que tuviera ahora una muchacha linda diciéndome que le gustaba ese grupo y que quería platicar sobre ellos conmigo, pero era bueno saber que luego de varios meses por fin alguien mostraba cierto interés.

—En la Ciudad de México. En un concierto. Aquí no he visto que la vendan.
—Es que a mi hermano es fan de esa banda.
—No lo culpo.
—Bueno, gracias. Perdona la molestia. Ya veré qué le regalo.
—No hubo ninguna, hasta luego. Puedes mandarla a hacer.

Hace días me di cuenta que me gusta conocer nuevas personas. Lo difícil es encontrar una que valga la pena. El chico no era la gran cosa y jamás seremos amigos pero al menos tuvo la decencia de iniciar una conversación. Va por ti, camarada.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Sobre la paciencia


Ser paciente no significa quedarse sentado a la espera de que las cosas salgan como planeas. No. Habrá quien piense así: que te pida calma, que aguardes. Te asegurarán que todo estará bien. Los mismos que, cuando el asunto vaya mal, te dirán que ya vendrán tiempos mejores mientras se alejan con fingido dolor. Estarás entonces solo en medio de una situación que nunca contemplaste. Evita llegar a ese punto. El tiempo dedicado a la paciencia también puede aprovecharse para elaborar segundas opciones, estrategias de emergencia. Considera que tu apuesta puede fracasar y prepara la alternativa a seguir. Que el tropiezo no te agarre desprevenido. Demuestra que estás listo para una respuesta el doble de fuerte. Las veces que sea necesario.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Hombres de color plateado


Cada vez es más común ver a estos hombres que llevan todo el cuerpo pintado con una especie de substancia plateada. Están en los cruces de semáforos pidiendo dinero a cambio de realizar una exhibición donde realizan acrobacias de poca monta. Están de moda. Generalmente van con el torso desnudo y tienen lentes obscuros. También los he visto en presentación dorada.

Me caen mal.

De entrada son desagradables a la vista. Pensar lo mal que lo pasa su cutis por culpa de esa cubierta artificial me pone la piel de gallina. Ni qué decir de su pobre cabello. ¿Para qué lo hacen? Los payasitos con globos gigantes en el trasero resultan más simpáticos. Igual no descarto que exista público al que le resulte atractivo. Ya sabemos que la gente no es de fiar.

Lo peor son esos otros que no hacen nada. Ni malabares ni piruetas en el aire: los que solo se paran en una esquina y no se mueven excepto cuando alguien les echa una moneda en el bote que tienen en el suelo. Estatuas vivientes, que les llaman. Algunas resultan espectaculares porque van acompañadas de indumentaria especial y un concepto en particular. Otras no. Nada más están ahí con sus horribles figuras después de echarse medio litro de barniz encima. Las he visto. Son los mismos tipos que están en los semáforos. A veces les da por cambiar de aires. Y los tienes que aguantar en las plazas públicas donde se sienten artistas a la altura de ChaplinMarcel Marceau  por estar parados en una misma posición mientras un turista les toma fotos ante la falta de una Torre Eiffel en los alrededores.

Tipos grises más que plateados.
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