martes, 31 de julio de 2012

La vejez tiene prisa


Los programas de radio dedicados a la salud son enfermizos. El problema no es con la salud, que por cierto me cae simpática, lo que desprecio es la forma en la que abordan temas delicados que casi siempre termina por hacer un llamado a la hipocondría. Lo gracioso es que, sin darse cuenta, los radioescuchas caen en un extraña adicción a escuchar  diariamente a un locutor  que les indica todas las horribles formas de las que podrían morir. Peores son los que se vuelven meros promotores de la homeopatía, confundiendo a la gente y tratando de forma liviana a personas que lo mejor que podrían hacer es acudir al médico.

Procuro evitarlos al máximo. Lastimosamente en la vida es común toparse con lo que se odia, sin importar lo mucho que te esfuerces o la grande que sea el mundo.

Hoy comí con unos familiares lejanos. En la cocina tenían puesto un programa sobre salud y ya con eso supe que terminaría por tener un ataque de agruras. Una opción era sugerir un cambio de estación, solo que no me sentí con la desfachatez suficiente como para promover cambios radicales en la rutina de unas personas amabilísimas con las que aún no desarrollo suficiente confianza.

El programa en cuestión trataba sobre obesidad. Además de algunas cifras, señalaron algunas de las causas y dieron consejos para bajar de peso. Hasta ahí no iba tan mal. Era soportable e incluso ayudaba a tapar los silencios incómodos de una conversación que no daba para mucho. La transmisión dio un giro fatal en cuanto dio inicio una entrevista con una doctora que, pese a tener una voz agradable, empezó a lanzar una serie de sentencias plenamente ofensivas.

En una de las respuestas, la mujer dijo: «la juventud va de los 12 a los 24 años, a partir de ahí el cuerpo entra en una nueva etapa». No pude disimular más, ofrecí una disculpa y anuncié que tenía que ir al baño.

Estuve lavando mis manos por alrededor de diez minutos a la espera de que apagaran el aparato o  que un grupo de inconformes tomara la estación. Era presa del pánico. Sé que para algunos será una ridiculez sentirse viejo a esta edad, pero el pensar que en menos de dos meses cumpliré 24 años hizo que sintiera un peso enorme en los hombros.

Dejaré de ser joven antes de lo previsto. Ya desde antes había notado cambios en mi forma de ser que eran indicios de que avanzaba en línea recta hacia la amargura de la madurez. El escándalo sería menor en otras circunstancias, ahora mismo no. 

Respeto a los adultos mayores. En términos generales los prefiero sobre los jóvenes e incluso he contado aquí lo mucho que me entusiasmaría tener canas en las sienes o contar ya con una vida consolidada como la que tienen los señores con varios años de matrimonio.

El hecho es que todavía no llego al lugar donde me gustaría estar. Tengo una idea de lo que busco, una idea nublada que puede adaptarse a varios recipientes siempre y cuando se cumplan los requerimientos que son lo fundamental. Y me falta. Es preocupante alejarse de una etapa donde se tienen algunas concesiones sociales que quizás no podré experimentar a partir de octubre.

Lo dicho. Los programas para la salud me enferman.

2 comentarios:

Salva M. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Salva M. dijo...

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