miércoles, 22 de febrero de 2012

Mejor dormir


En las vacaciones me siento espectacular. Renovado, feliz, con energía. Cuando están próximas a finalizar, acabo por preguntarme cuál es la clave del éxito. Sé que va más allá de no ir a clases. Hay un extraña sanación que supera lo mental y que alcanza los niveles físicos. Finalmente concluyo que se debe el aumento en las horas de sueño. Sin nada que hacer en la mañana, puedo despertar hasta la una o dos de la tarde. En nada afecta que me desvele hasta las cinco aeme, casi siempre completo las siete u ocho horas con los ojos cerrados. Después de varios días así, termino por verme fresco y lozano. Mi humor mejora y hasta me muestro proclive a convivir con el prójimo. Valoro bastante esa sensación, así que invariablemente me hago el propósito de que, en cuanto regrese a la rutina, comenzaré a darle prioridad al sueño.

Nunca lo consigo. En los últimos ocho años habré dormido antes de las 12 aeme apenas en un par de ocasiones. Termino despierto hasta tarde por múltiples razones. La mayoría de ellas estúpidas, aunque al mismo tiempo se debe a que a altas horas de la noche me siento relajado en comparación al día, donde cualquier sonido se vuelve una molestia. No estaría mal si por la mañana no acabara por resentirlo. Dormir cinco horas o menos durante varios días termina por cobrar factura. Soy presa de la irritación y de las ganas de abordar el primer cohete que consiga sacarme de aquí.

Con la llegada de un nuevo periodo vacacional vuelvo a llegar a las mismas conclusiones y con la llegada de un nuevo ciclo escolar vuelvo a llegar a las mismas equivocaciones.

Ayer por estar haciendo un trabajo de la escuela no dormí. Vi que mis compañeros empezaron a realizarlo dos semanas antes. Yo lo postergué no sin dejo de pedantería: nah, qué exagerados son, yo puedo terminarlo en una tarde, me decía. Así que fui dejando pasar los días... y la última tarde previa a la entrega. Total que eran las once y media de la noche y yo no tenía ni una miserable cuartilla de las muchas que necesitaba. En otros tiempos (los de prepa o secundaria) lo hubiera dejado pasar atrás. No haría la entrega y en su lugar me pondría a jugar X-box. Las cosas han cambiado: quiero terminar la carrera sin perder más tiempo. Retrasarme un semestre sería fatal, lo sería para cualquiera que únicamente busca alejarse con título en mano. Así que empecé a eso de la una de la mañana. Hice varias pausas, estaba agotado, el día anterior había dormido poco. Ni el café ayudó. A las cuatro de la mañana entró la desesperación. Empecé a escribir sin saber exactamente si lo realizaba con propiedad. Era la única forma de conseguirlo, aunque fuera de mala forma. Con las tareas he tomado la idea de que mejor entregar una porquería que no entregar nada. Al menos así obligas al maestro despiadado que dejó el encargo a perder unos minutos de su vida leyéndote. Preferible sacar un 5 que un 0. Lo he visto, al final son detalles que te salvan.

Terminé a eso de las siete de la mañana. El café no ayudó, seguía deseando dormir. No revisé el trabajo, lo llevé tal cual, acaso lleno de errores y palabras inexistentes dentro de su contenido. Si lo releía corría el riesgo de quedarme dormido frente al teclado.

Llegué a la clase de ocho y disimulé el estado en el que me hallaba. Al finalizar entregué el trabajito de once páginas. Salí del salón y regresé a casa. No quise entrar a las dos clases que seguían. Hubiera sido peligroso. No quería responder te extraño mucho, mami cuando el maestro me preguntara sobre el esquema actancial de Greimas. Era capaz de hacerlo desde el cansancio. Llegué a casa con la intención de dormir dos horas. Luego volvería a la escuela para una materia que aún podía salvar. Me eché sobre la cama. No quise desperdiciar tiempo en ponerme la pijama. Cerré los ojos y sentí un alivio que duró menos de 40 minutos. Sonó el timbre. Pregunto quién es por el interfón:

—Buenos días, Bonafont.
—Todavía tenemos, gracias.

Estoy solo en casa desde hace varios días así que el garrafón ha durado más. Es horrible que te despierten así. Tengo el sueño delicado, por cualquier pequeñez despierto. Ni hablar cuando se trata del timbre. Regresé a la cama para caer en cuenta de que ya no podía volver a conciliar el sueño. Vaya desesperación, estar hecho polvo no sirve de nada porque la regla de la interrupción está por encima. Cualquier interrupción arruina el proceso, en especial si se trata del descanso, es imposible regresar a ello en automático.

Resignado, como unas galletas, reviso los periódicos por internet, lamento vivir así. Voy a la clase que falta. No aprendo nada, estoy ahí por la asistencia. Varios de ahí hacen lo mismo. La materia es un pretexto para que el maestro obtenga un sueldo y para que los alumnos consigan graduarse. Cuando transcurre la hora, ambos bandos salimos aliviados.

Sigo estando extenuado. Espero hasta las cuatro para tomar una siesta. Dejo que la situación añeje un poco para no estar dando vueltas sobre la cama sin lograr dormir. Al final lo consigo. Duermo. Soy un pequeño ángel en medio de un mundo cruel y desconsiderado. Alcanzo a vislumbrar un sueño en donde rescato a una familia de focas. Los llevo lejos de un grupo de cazadores sin rostro. De repente suena el teléfono. Sé que la siesta está arruinada, que el día está arruinado, que la vida entera está arruinada para mí.

—¿Bueno?
—Hola, Carlos, ¿cómo estás? ¿Puedes pasarme a tu mamá?
—Perdón, ¿quién habla?
—Habla Fernanda, ¿ya no te acuerdas de mí?
—Ah, sí... mi madre no está.
—¿A qué hora puedo encontrarla?
—No sé, salió de la ciudad.
—Oh, qué pena. Quería pedirle un favor.
—Puedes dejarle un recado.
—No, mejor llamo después. ¿Qué ha sido de ti, por cierto?
—Lo de siempre, una tragedia. Hasta luego.

Fernanda es una señora que habla a casa cuando quiere que le resuelvas un problema. El resto del año ni se acuerda de ti. Es una de esas personas con las que te relacionas por unos meses y que ya no te vuelven a dejar en paz, aunque ni siquiera sean tus amigos. Sobrevaloran el vínculo, supongo por soledad, y así, al no tener a nadie a quien acudir, van y te llaman en días aleatorios, provocando tragedias similares a interrumpir el sueño de tus hijos.

Paso el resto del día acostado con la computadora sobre el abdomen. ¿Será peligroso para la salud? Tal vez, ya casi todo lo es. No hay nada que pueda hacer para remediarlo. Me da flojera ponerme de pie, incluso tengo miedo de quitarme los zapatos.

1 comentario:

Vero dijo...

Hey, me gustó tu texto, está entretenido! Gracias, saludos! :)

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