martes, 21 de febrero de 2012

En caso de ser una mujer atractiva


En caso de ser una mujer atractiva, ni de loca iría a realizar recargas manuales de crédito a mi celular. Para nada, solo compraría tarjetas. Si ya siendo hombre me parece arriesgado darle mi número al cajero de una tiendita para que bonifique la cantidad deseada, siendo mujer sería peor. Abonar 30 o 50 pesos podría desencadenar una historia de miedo. Ya lo imagino: entro a la tienda con mis medias y con mi falda para que me atiendan, y al no traer 100 pesos para comprar una tarjeta, opto por la recarga manual de 30 pesos. Voy con el cajero y me pide el número de mi teléfono. Yo pienso que hará el servicio y ya está. Lo que no sé es que el tipo es un genio capaz de aprender mi número de memoria en unos cuanto segundos. El chico está enamorado de mí. Le gusto. Lo supo desde que vio mis piernas. Tal vez si hubiera llegado a otra hora o si hubiera optado por ir en pants...

Entonces cuando abandono el lugar, escribe el número en una servilleta porque aunque es un genio, tiene 7 horas de trabajo por delante. No quiere que al rellenar la bandeja de jalapeños termine por olvidarlo. Sería fatal. Soy tan importante que incluso prefiere dudar de su inteligencia que perderme para siempre. Toma esa precaución y sigue la jornada con total tranquilidad. Limpia el piso, realiza unos cobros y reacomoda los productos. Mientras tanto, yo estoy jugando tenis en el club con una de mis amigas que está igual de guapa que yo sin saber lo que se me viene encima. Platicamos sobre ropa, de los regalos que nos han hecho nuestros hijos.

Por la noche me dispongo a dormir sola porque mi esposo ha ido de viaje a otra ciudad. Es ahí cuando empieza sonar mi celular. Es tarde ya, así que me asusto porque el número entrante no está entre mis contactos. De cualquier forma contesto: después de todo podría ser mi esposo hablando desde un teléfono público porque me quiere y me extraña mucho. Tal vez desde un restaurante donde ha comido un filete. Pero cuando bueno, solo alcanzo a escuchar un respiro sin ninguna voz que le siga el ritmo. De fondo se alcanza a percibir un ligero chasquido, algo que se mueve y la respiración se vuelve más fuerte. Decido colgar y el teléfono vuelve a sonar, así que vuelvo a contestar para sacarme de dudas y ahí está de nuevo la respiración por varios segundos, hasta que, por sorpresa, la voz de un desconocido dice que me ama y que quiere acostarse conmigo. Yo no sé qué decir y me asusto. Cuelgo el teléfono y vuelve a sonar otra vez. Ya no respondo, suena y suena hasta que lo apago para que no contamine el ambiente. Y ya no lo prendo hasta el otro día y duermo asustada y quiero a mi esposo cerca para que me abrace y me diga cosas que me hagan olvidar lo que he pasado. Quizás cuando llegue deje de temblar. Sé que también me sentiré rara con a su lado, costará que duerma ese día, así que tendré tiempo para sacar conclusiones. De recordar a quién le he dado mi número en los últimos días. Sí, solo al cajero de labios gruesos, el del cabello hasta el cuello. Sabré que por no ir antes a sacar dinero del banco, tuve que hacer una recarga mínima al celular, hecho que eventualmente dio por resultado una llamada rara y la imposibilidad de volver a comprar botellas de agua en un lugar como ese.

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