sábado, 30 de junio de 2012

Habla Néstor Almeida sobre su retiro de la escritura

Un alumno me preguntó una vez qué era necesario para convertirse en un escritor. Yo le dije que para esa pregunta habían muchas respuestas. Así como las personas tienen huellas dactilares distintivas, los escritores tienen costumbres y hábitos específicos con los que conviene no meterse. Le dije que lo sentía, que no tenía ninguna respuesta concreta. Escribe si es lo que te place y ya irás abriendo el camino, le dije. En todo caso hay que lanzar advertencias. El oficio es difícil. Se necesitan varios kilos de agallas para salir vivo. La historia de la literatura está llena de fracasos. Ni siquiera el talento garantiza nada. Varios de los mejores escritores que ha dado la tierra murieron sin ser reconocidos, algunos de ellos teniendo complicaciones para conseguir alimentos para desayunar. Le hablé entonces de mi trayectoria personal. Lo mío fue un solo golpe de suerte que dejó una serie de ondas  flotando por ahí. La fortuna no me volvería a sonreír, pero con eso tenía ya un comienzo. Son pocos los que llegan a tener una oportunidad similar: conozco a colegas que se arrastran por las calles en busca de, ya no digamos un golpe, una palmada de suerte.

Y aun así no fue suficiente. Nunca lo es. La vida, una hoja oscilante. Llené los recuerdos con frustraciones. Una trayectoria que no le recomendaría a nadie. Todavía recuerdo cuando los de la editorial se negaron a ayudarme con el libro de los cien finales. Era algo, escúchame bien, que jamás se había visto en la historia. Tenía esa novela, tú sabes, la de los emisarios agrícolas. Veinte capítulos, doscientas cuarenta páginas. Iba bien pero luego no supe cómo cerrar la historia. Me quedé atascado en el punto donde el dueño  de la  hacienda descubre a una mujer durmiendo en su granero. Se me ocurrían muchas cosas qué hacer con ella. Las escribí todas en mi libreta. Saqué 100 versiones finales. Ninguna se acomodaba del todo a la idea inicial que tenía, acontecimiento normal de cualquiera de mis trabajos. Un colega me recomendó prescindir del personaje para encaminar mejor el cauce. Por alguna razón supe que no podía. Cuesta mucho deshacerte de lo que has escrito, o al menos así me pasa mí; conozco a quienes pueden romper o quemar cuartillas enteras. Yo no, pongo toda la dedicación posible al oficio, así que no es fácil que de pronto me ponga a derrumbar lo que me costó tres desvelos. Lo siento. Decidí hablar con mi editor acerca de la posibilidad de incluir todos los finales en el libro:

—¿Ponerlos todos en la última parte, dices? Vaya, sería bastante raro, no sé si sea posible.
—No, lo que quiero es lanzar varias ediciones de la novela. Cada una con un final diferente. Serían alrededor de cien, todas como el mismo título y con la misma portada. Sin etiquetas que lo aclararan. Si es posible que nadie se entere. Quiero causar confusión entre los lectores. Que los críticos se vean ridículos publicando textos contradictorios entre sí. Deseo que el cierre dependa del azar.
—Tú estás vuelto loco. Obviamente los de la editorial no lo van a aprobar.

Desde ese día, y luego de varias insistencias que llegaron a ruegos, dejé de entusiasmarme con el proyecto. No quise seguir escribiendo para que otros se enriquecieran ni quise seguir escribiendo buscando el gozo del lector. ¿Para qué? ¿Por qué querría hacer yo feliz a alguien? No los conozco, no son mis amigos. Cuando es mi cumpleaños ninguno de ellos viene a dejarme un regalo. Es una insensatez pasar horas frente a un ordenador para complacerlos.

Antes de decirle adiós a mi alumno, saqué mi libreta y le leí el comienzo de mi primera novela:

Todo fue por Diana. La invité a comer. Yo estaba preocupado porque mi carrera no iba a ningún lado y no sabía a dónde podrían ir el resto de mis días.

Ahí debí dejarlo muchacho. Te voy a dar un consejo: no seguir.


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