lunes, 18 de junio de 2012

La hormiga fantasma


En una noche, hace varios años, maté a una hormiga.

Estaba yo dispuesto a dormir. Apagué la luz del cuarto y entré a la cama. Ya acostado, me cubrí con una manta. Después de cerrar los ojos empecé a pensar en varios asuntos. Vamos, la rutina de siempre: desvariar hasta que, sin darme cuenta, ya esté dentro de un sueño.

Eso intentaba al menos, porque para mí quedar dormido requiere un gran esfuerzo. Lo usual es que tarde media hora o más en lograrlo.

Aquella noche, cuando estaba a punto de lograr la hazaña, sentí que algo recorría mi brazo. No quise abrir los ojos. La meta del sueño estaba cerca y cualquier actividad física podría echarlo abajo. Aguardé unos segundos con la esperanza de que se sensación desapareciera. No fue así. Tuve ganas enormes de rascarme.

Llevé mi mano hacia el brazo. Sentí  a un ser pequeñito. Sin querer ya lo había aplastado. Prendí la luz y miré lo que tenía en uno de los dedos. Era una una hormiga negra del doble de tamaño que un grano de azúcar.

El cansancio impidió que le diera la importancia merecida. Regresé a la cama y dormí.

Al otro día amanecí con remordimiento. Pobre hormiga. Estaba perdida en mi brazo y yo la había matado. Tal vez en medio de la desesperación que le provocaba estar lejos de casa, subió a mi cuerpo en busca de ayuda. Luego de escalar hasta la punta de mis pies, su plan consistía en llegar a la frontera norte, donde encontraría a mis oídos desde donde podría susurrar:

Ayúdame a regresar a casa, amigo.

Yo, sin llegar a considerarlo por culpa del cansancio, la aplasté. Soy un mal hombre. Debí morir en un accidente automovilístico.

Lo que no sabía es que a partir de ese día pagaría las consecuencias.

Por la noche volví a la cama para dormir. El ritual fue el mismo: cerrar los ojos, pensar en temas cotidianos y esperar hasta perder la conciencia. Cuando el objetivo estaba cerca, volví a sentir un hormigueo en el brazo. Es un familiar de la hormiga de anoche, pensé, viene a vengar la muerte de su hermano. Me puse de pie y corrí a prender la luz. Miré hacia el punto exacto de donde venía la sensación pero no encontré nada.

Culpé a la sugestión. El asesinato de insectos pesa sobre los espíritus limpios. Que las hadas que ahora me miran sepan perdonar, no lo vuelvo a hacer.

La preocupación aumentó al otro día cuando de nuevo la sensación se hizo presente. También en la noche siguiente y la que vino inmediatamente después. Así ha sido, de hecho, diariamente desde entonces.

Todavía en los primeros meses tuve la esperanza de que se tratara de un problema cardíaco. Lo descarté luego de una visita al médico y de comprobar que la sensación en el brazo era más bien minúscula, idéntica  a la que tuve cuando la difunta hormiga tuvo a bien recorrer mis extremidades.

Le comenté lo que pasaba a una amiga. Me dijo que visitara a su tío el entomólogo. 

Fui a su casa para hacerle una consulta rápida. La plática apenas y duró quince minutos. Sirvió para que desahogara las penas, aparte de mi amiga no le había contado sobre la hormiga a nadie más.

No te preocupes, me dijo su tío, lo que te pasa es bastante común, estás siendo importunado por el fantasma de una hormiga. 

No puede ser, le dije, soy una buena persona, esto no me puede estar pasando. Hay hormigas vengativas,  me dijo, no hay nada que puedas hacer. 

Su declaración no me echó para atrás, le pregunté si no había una forma de remediarlo, lo que fuera. Lo que me ocurría no era la gran tragedia (nada que me doliera o quemara la piel), pero se volvía bastante molesto, en especial porque se convertía en una rutina.

Me respondió que no, que tendría acostumbrarme. 

De pequeño —me dijo— maté a una colonia de hormigas. Vi el agujero por el que se metían y fui por una manguera. Las ahogué a todas. Ni una sola quedó viva. Desde ese día, cada que paso por un jardín, siento un hormigueo en todo mi pecho. Eso es molesto, jovencito, un solo insecto como el que te ataca no es nada. De suerte que de las miles de hormigas solo una centena son vengativas, de otro modo no podría vivir, ¿te imaginas a todos esos fantasmitas recorriendo tu cuerpo? Durante años estuve buscando una cura para mi mal. Lo intenté de todo, fui a médicos especialistas, utilicé varios productos milagro y hasta consulté a un espiritista. De nada sirvió. El espiritista intentó contactar con la colonia de hormigas pero su representante se negó a entablar negociaciones, al parecer soy considerado como un especie de anticristo para ellos. Ni hablar, he tenido que aprender a vivir así, sin salir mucho por el peligro de encontrarme por ahí un jardín. Estudié Entomología para ver si en medio de tantos libros encontraba una respuesta, algún antecedente donde un problema como el mío se hubiera superado. Nada, no encontré nada. Todos los que hemos matado a una hormiga estamos condenados. Lo único que podemos hacer es divulgar la palabra entre los jóvenes para que nadie cometa nuestro error y se vea obligado a vivir con un castigo que no se le desea a nadie.

Salí del lugar pensando en cómo nuestros errores se vuelven piedras que nos impiden dormir. En un principio cuesta darse cuenta. El peso de una piedrita apenas y se nota. Los primeros cien errores nos dan más o menos lo mismo. Lo difícil llega cuando eres adolescente, cuando ya llevas más doscientos. Cada vez se complica más lo de conciliar el sueño. Un día eres adulto y las presiones son altísimas. Tus hijos se preguntan por qué tienes esas ojeras y les dices que es por el trabajo. Lo que no saben es que tienes a unas dos mil hormigas recorriendo tu cuerpo, sin contar a las piedras que hay bajo tu espalda y el monstruo que vigila que no intentes escapar.

1 comentario:

Paulo Cesar Boixo. dijo...

Jeje, muy entretenida la historia, al principio llegué aquí buscando información sobre la "hormiga fantasma" (Tapinoma melanocephalum) y al final terminé con una sonrisa en mi rostro. ¡Saludos!.

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