viernes, 8 de junio de 2012

Es malo estar solo

Hace unos meses, en medio de una mala racha, escribí un cuento para la revista Euritmia. Generalmente rechazo cualquier tipo de invitación, más en aquellos días en las que, francamente, no quería hacer nada. Sin embargo, la persona que me había invitado a participar en el proyecto me caía bastante bien  (lo suficiente para que siga siendo así, sin importar las amarguras que cargo) y no pude negarme. Hay veces que no puedes hacerlo, así que, con mucho esfuerzo, me dediqué a teclear algo que más o menos tuviera sentido y al final lo logré. Al principio me agobió que fuera tan corto, temía que el resto de los textos enviados fueran tres veces más amplios que el mío y que pareciera que yo no había puesto demasiada dedicación e ideas. Al final hice el ridículo porque el cuento acabó siendo el triple de largo que cualquier otro llevándome a acaparar buena parte del contenido. En fin, el número de palabras no tiene mucha importancia, de lo que se trata es de expresar lo que quieres de manera eficiente así sea con una línea o un mamotreto que compita con la altura de una vivienda con tres recámaras.

Ayer me acordé de él y decidí echarle un vistazo. También se me ocurrió ponerlo en este blog para dejar constancia y para que no se pierda en dado caso de que a los editores de Euritmia decidan quemar las hectáreas que poseen de internet. 

Le hice algunas modificaciones (título incluido) y corregí algunos errores. No descarto que a la hora de hacerlo haya provocado otros tantos. Revisar minuciosamente lo que pongo en este blog —y en los trabajos de la escuela— me da tanta flojera que prefiero arriesgarme a parecer imperfecto ante un público que ya tiene ciertas sospechas de antemano.

El cuento se llama "Es malo estar solo", lo dejo para que le acompañen.

***


Es malo estar solo

El niño se acercó para decírmelo. —La rueda tiene pintura blanca, —dijo. Sonreí y continué.

 La bicicleta fue un regalo hecho por mi padre en la Navidad de hace años. Luego de aquel día, noté cambios drásticos en mi vida. Le dije a mi madre que ya no era necesario que me llevara a la escuela. Empecé a transportarme con facilidad por las calles. Hacía las compras, los pagos y encargos varios. Era agradable. Aprendí a manejarla sin complicaciones. Un compañero de la escuela me pidió que le enseñara a montarla. Los hice con recelo. Mucho no me gustaba la idea. El asiento era mío y de nadie más. La idea de tener a un sujeto sobre él, por mejor que me cayera, le restaba puntos a nuestro vínculo.

 Le estuve dando lecciones durante varios días. Tardó en aprender. No es que yo fuera un mal guía, sino que él apenas y parecía ponerme atención. Era un muchacho que vivía a una cuadra de mi casa. Cuando notó lo irritado que me tenía la situación, le pidió a su padre que le comprara una exactamente igual. El mismo modelo. Incluso del mismo color. Pude tomármelo a mal, pero no lo hice porque, a pesar de todo, el chico me era simpático. Tenía una hermana llamada Susy, que me gustaba. Eran conocidos por ser los ricos en la colonia. Además de una camioneta enorme, tenían un auto deportivo que jamás salía de la cochera. En los recreos circulaban historias sobre sus días de vacaciones. Eran los únicos que visitaban otras ciudades. Iban a la playa, según contaban después. Todos parecían aborrecerlos. Yo no, desde luego, al menos por Susy. Era hermosa; dos o tres años mayor que los de mi salón. A veces, con suerte, podía verla en los recreos. Generalmente estaba sentada a solas fumando un cigarro. Ningún maestro se daba cuenta. A veces se ponía cerca de la zona de los baños. Varias veces fingí tener ganas de orinar para poder aproximarme. La quería ver de cerca. Quería olerla. Decirle algo. Lo que fuera.

 Solía llevar la falda por encima de las rodillas y la blusa desfajada. Era de esas personas que solo miran al suelo, detalle que no dudaba en aprovechar para lanzarle miradas rápidas. Luego volteaba a otro lado. No quería que me descubriera. Le tenía un poco de miedo. La gente que fuma lo hace. Son capaces de todo. De modo que entraba al baño de la escuela sin necesitarlo. Era mi pretexto. Lo único que hacía era lavarme las manos y luego contaba hasta treinta. Entonces volvía a salir. Le echaba un segundo vistazo para alejarme de inmediato. El instante en que alcanzaba a ver sus mejillas o parte de sus hombros justificaba las maniobras ridículas que hacía.

Como en realidad no orinaba durante los recreos, durante las clases la vejiga tenía el detalle de amenazar con reventar.

 Una vez estábamos en una clase de biología cuando no pude aguantar más. Abandoné el salón sin pedir permiso. Nadie vino detrás de mí. Corrí con fuerza. Pasé los salones en los que estuve antes y el patio en el que nunca jugué. Con el conserje a lo lejos. Bajé la marcha en los últimos metros. Me detuve al ver que Susy estaba sentada, de nuevo, cerca de los baños. Fumando y mirando hacia abajo. Ahora la acompañaba un tipo moreno con el cabello hasta los hombros. Empecé a caminar lento. No quería que notara de mi presencia. Me parecía humillante. Quería que pensara en mí como un superhombre que no tenía necesidades fisiológicas. Si me veía, tal vez pensara que no tenía el valor suficiente para renegar a la vejiga. Era un simple niño que cedía ante los impulsos de la naturaleza. Ella era mucho más. Por eso estaba con aquel grandulón tan diferente a mí. 

En eso estaba cuando me habló.
—Tú eres el amigo de Pablo —dijo.
—Sí —respondí.
—Veo que te mantienes en forma.
—Gracias.
—A nosotros también nos gusta hacer ejercicio. Lo hacemos a diario. Mi madre nos compra ropa deportiva una vez al mes. Tengo pantalones cortos, pants, sudaderas, toallas, calcetas… Pablo adora el futbol, ¿has jugado alguna vez con él? Practica en nuestro jardín. Patea el balón contra la pared. Cientos de veces. Me preocupa. Pasa horas así. Come y cena rápido. Devora el plato entero en cuestión de minutos. Tiene prisa por volver a lo suyo: jugar futbol. Excepto por esta semana. Cuando vuelve de estar contigo, llega y se pone a dibujar en la sala. Parece cansado. Sube temprano para dormir en su habitación.
—Me alegro.

Susy tenía algo que intimidaba. Hubiera querido decir una frase que la impresionara. No pude. Estuve a punto de llorar. La primera impresión es crucial, y yo la arruinaba de fea forma. En mi defensa debo decir que aquello me tomó por sorpresa. Nunca la había visto hablar. Así que verla ahí haciéndolo como si no hubiera mañana tuvo un aire de rareza

—¿Qué es lo que hacen juntos? Ahora lo veo relajado. Antes parecía tener llamas en los ojos. Siendo alguien pequeño era impresionante. Incluso desde antes ha tenido una mirada adulta. Me alegra que se junte contigo. He visto cuando tocas el timbre. El otro día te escuché platicar con mamá. No deberías ponerte nervioso. Tartamudear al pedir un vaso de agua opaca cualquier virtud. Y tú debes tener una por lo menos, así que no la arruines.
—Lo siento. Así hablo.
—Hay un viejo poema que dice: “las piedras bajo la noche que cae siempre”. Debes saber lo que significa, ¿no es así? ¿Sabes lo que significa? Escúchame bien: “las piedras bajo la noche que cae siempre”. Dime qué te parece. Dime. Anda. Cuando salen a practicar deben ver muchas piedras. En este jardín no hay ninguna. He buscado, te lo juro. Han desaparecido. Ayer creí ver una, pero cuando la apreté desapareció entre mis dedos. Tal vez deba traer algunas de casa. Tenemos bastantes. Si te hacen falta puedo regalarte unas cuantas.

 El tipo moreno le dijo algo al oído y ella sonrío.

—Oye, niño… ¿fumas? ¿No? Pues deberías. Creo que lo necesitas. Puede ayudarte a conocer otras personas. Es malo estar solo. Lo sé. Aunque pueda llegar a gustarme. Fumar también está mal. Eso dicen. Pero me gusta. Y por eso lo hago. Cuando menos pruébalo. Partamos de que es malo, ahora lo que necesitamos saber es si te gusta o no. Si es así, qué más da que sea malo. Yo te puedo dar cigarros cada que quieras. Prueba uno.
—No, gracias. Tengo que regresar a clases. El humo me marea.
 —Como digas. A mí el primer cigarro no me gustó. Las primeras experiencias son malas. Debes acostumbrarte. Si el comienzo falla, vuelve a intentarlo. Una primera mala experiencia no debe comprometer el porvenir del placer. Ahí tienes al vino: un gusto adquirido. Nacemos sin saber lo que deseamos. Es cuestión irlo descubriendo. Una vez que adquirimos esa noción, queda rendirse al exceso. El acelerador se puede pisar hasta el fondo. Grábatelo. Nadie detiene al que no se rinde.

Entré al baño. No oriné. Me lavé las manos. Conté hasta veinte y salí. Ella permanecía ahí, el otro le pasaba el cigarro. Regresé al salón. La siguiente vez que visité a Pablo fue diferente. No me abrió su madre. Fue Susy quien lo hizo. Llevaba un vestido de puntos que le llegaba hasta los tobillos y zapatos tenis. Me dijo que pasara. Tomé asiento en uno de los sillones de la sala. Esperé a que Pablo bajara. Susy tomó asiento enfrente. No abrió la boca. Yo tampoco. Algo me detuvo. Y casi en automático me estaba arrepintiendo. Pablo bajó.

 —Mi hermana nos va a acompañar.

Cerré los ojos por un segundo. Era el luto del día tranquilo. Quise estar en un sitio diferente. A kilómetros del fastidio, la vergüenza, el temor. Yo no quería dar lecciones a nadie. Menos con una chica intimidante a un lado. Tomé ese camino sin darme cuenta. Lo que yo quería era estar en mi cama, consiguiendo dormir. Con los ojos cerrados podía sentirme otro. A ella la deseaba de la misma forma en que buscaba tenerla lejos. No tenía la menor oportunidad, así que lo que menos quería era recordarlo a su lado. De cualquier forma sonreí. Dije: sí, claro. Vamos. Los dos en nuestras bicicletas y Susy caminando. Así fue el camino al parque: nosotros avanzando a vuelta de rueda para no dejarla atrás. Durante el trayecto se detuvo cuatro veces para amarrarse las agujetas. Hacerlo mal significa repetirlo. Nos pidió que no la miráramos mientras hacía los nudos de las agujetas. Era un asunto íntimo que no le correspondía a gente como nosotros.

Llegamos después de un rato. El sol no tardaría en esconderse. Además de una pareja acostada en el centro, solo podía ver a un anciano corriendo por las veredas. El parque era nuestro con sus flores, pasto y aliento.

El tiempo transcurrió tranquilo. Susy se acostó entre la hierba. Fumando. Pablo y yo recorrimos el lugar. Dejé que se adelantara. Daba igual lo que hiciera. Era obvio que ya había aprendido a manejar la bicicleta. Era estúpido continuar. Sin embargo me encontraba atado. Sin justificaciones, que era lo peor. No hablamos. Eran los metros. Eran los pensamientos. Eran los pájaros. Cuando se vive es difícil permanecer encendido.

En una de las curvas me alejé. Sin avisar, tomé otra dirección. Necesitaba un respiro sin salir de aquel sitio. Pedaleé aprisa.

Recordé mi llegada a la escuela. Sin poder dormir hasta el máximo. Ese baño tibio. El desayuno rápido. El periódico de mi padre. Una bolsa con el almuerzo. El camino en el auto. La estación de noticias vitales de las que no recuerdo un detalle. Semáforos llenos de ansias. Despedida con un beso. Y lágrimas. Los maestros y salones vacíos. Buscar un pupitre en medio de amistades. Horas viendo el pizarrón por el terror de mirar atrás. La primera carta que escribí dirigida al bote de basura. Mariana con su horrible dentadura. Nadie se daba cuenta de lo hermosa que era. Solo yo que con el tiempo pude asimilar que era posible cerrar la boca. Recordé también la manera en que Gabriela se burló cuando le obsequié la naranja de mi almuerzo. Tuve que evitarla el resto del curso. Quise patearla por rechazar lo que mi madre me había dado. Respiré cuando se fue. Pude matarla, pero odiaría lo que hubiera pasado después. Las cárceles llenas de personas vulgares sin pasarelas ni pijamas de seda. Afuera no era demasiado diferente, aunque al menos podías desayunar una buena sopa. Di otra vuelta. No podría abandonar la casa hasta que aprendiera a preparar sopas. Eso era lo principal. Los vagabundos no tienen casa porque no tienen sopa. Cómo mantener el talante sin una cuchara que lo sostenga. Y de inmediato pensé en Vanessa, porque como puede verse, solo puedo pensar en las mujeres. A ella le dije que buscaba alguien que cocinara. Que supiera lavar los trastes, que me consintiera y quisiera tener nueve hijos. Nada de pantalones o mallas: vestidos. Con tacones el día entero. Era lo que buscaba, una mujer a la vieja usanza. Con tubos en el cabello y mascarillas de madrugada. Se rió; eres ridículo, dijo. Le dije que era broma aunque no lo fuera. Lamenté cuando se cambió a otra escuela porque ni siquiera la toqué. Los del salón la saludaban de beso o empleaban la mano. Debí respetarla menos para que no creyera que estaba loco. No fui nada importante. Dudaba que Vanessa estuviera encima de una bicicleta pensando en mí, en dado caso de que recordara mi nombre. Era lo que me tenía loco. Lo mucho que pensaba en personas que apenas y reparaban en mi ausencia. La timidez era una forma de prevención ante ese panorama tan horroroso. Y seguí pedaleando. Cada vez más fuerte. Hasta que llegué a una pendiente. Desde abajo parecía una pared. Frené, bajé y me tiré al césped.

El estanque se hallaba en la cima de la colina. Cientos de metros para llegar hasta él. El hombre dijo: hay dos opciones. Puedes cavar un túnel e ir gateando en su interior. Te tomará un mes. O puedes correr por la carretera, tardando un día. Mencionó que la segunda opción era peligrosa por lo que ocurría en el camino. Era la seguridad contra el riesgo, la velocidad contra la desesperación. En el estanque estaban los peces que quería alimentar. Los patos se quedaban con la comida que dejaban los visitantes, sin que pudiera hundirse una sola pizca para los peces hambrientos hasta el fondo. Tenía que ayudarlos. Debía darme prisa antes de que murieran.

 —Despierta, nos vamos.

 Era Susy.

—Ya voy, ¿dónde está Pablo?
—No lo sé, tendremos que buscarlo.

Casi era de noche. Nos alumbraba una farola. Quedamos en silencio. Me dolía la cabeza, no quería moverme. Ella se sentó junto a mí. El olor a tierra mojada llegaba gracias a un aspersor a unos metros de distancia. Fue una buena siesta. La jaqueca era lo de menos. Aquello dejó de parecerme tan malo. Aun así era tiempo de volver a casa. Quise ponerme de pie. Ella notó algo.

—Mira por allá, ¿qué es eso?

Era un bote de pintura blanca. Susy corrió hasta él mientras yo me incorporaba y alzaba mi bicicleta. Debí haber llevado un suéter. Vi que se movía. ¿Y Pablo? La rutina guarda la seguridad de los cuerpos blandos. Susy regresó entre risas con el bote de pintura. Se subió el vestido. Vi esa ropa interior verde. Se mantuvo así varios segundos. Tomó la brocha y pintó el interior de sus muslos. Después caminó hacia mí, hacia la bicicleta. Aquella carne blanca estaba más cerca que nunca. Las piernas me temblaban. Ella seguía con las manos arriba sosteniendo su vestido para que yo viera el contenido. Ahora estaba a un metro. Siguió avanzando, reía. Me dio un beso en la frente y entonces comenzó a restregarse contra la bicicleta. Suspiró, era su entrepierna contra la llanta. Olía a cereza. No la toqué ni un segundo. Dejó de mirarme. Centró los movimientos en mi vehículo. No se detuvo. Empezó a gemir. También se carcajeaba. Qué podía hacer yo. Solo mirar. Y sentir pánico. No había nada que pudiera hacer. Por siempre sería la mujer que dominaría mis pensamientos sin que me sirviera de algo. Estallé. Al diablo con los hermanos. Con una maniobra di una vuelta. Vi que ella caía al suelo y me alejé de ahí pedaleando. La oí llorar. Salí del parque. Di vueltas por las calles. Varias de ellas desconocidas. No quise parar. Ni regresar. Si lo hacía corría el riesgo de volver a tener la oportunidad enfrente sin que pudiera aprovecharla. Así que avancé y avancé durante minutos hasta que por inercia terminé en casa. Mi madre gritó una serie de improperios de los que era yo era el principal protagonista. Permanecí callado. Me dirigí al garaje. Guardé la bicicleta en un rincón detrás de unos tambos. No quería volver a usarla, pese a que la quería mucho. Era una fiel compañera de meses atrás. Poco después me mudaría. La abandoné para olvidar, a la espera de que pudiera superarlo con el paso del tiempo.

Jamás imaginé que necesitara de tantos años, hasta que por fin hoy la desempolvé luego de una visita a los viejos. Sigue funcionando. Únicamente tuve que limpiarla. Con trabajos la monté y di unas vueltas por la colonia. Vi las casas de antes; algunas remodeladas, otras no. Unas cuantas habían desaparecido. Me pregunté por sus habitantes, mis amigos. No pude recordar el nombre de la mayoría. Pero ahí estaba la casa de Pablo todavía. Con nuevos inquilinos, ninguno de ellos capaz de darme información sobre Susy o sobre su familia. Extrañaba todo aquello de lo que antes huía. Y en el parque estaba el niño aquel preguntándome sobre la pintura blanca en la llanta. No supe qué decirle. No era necesario. Lo que debía hacer era seguir andando. Avanzando sin intención de apartarme.

1 comentario:

Jesus Alberto Andrade dijo...

Hola, excelente relato. Como persona y como escritor siempre he buscado en mi vida la belleza dentro de lo correcto. Me refiero a que odio ver como la belleza es mezclada con gente vulgar y actos horribles. Y es que ademas últimamente solo veo eso las féminas mas hermosas que he visto en mi vida son autoras de actos indecorosos e impropios que parecen a ellas divertir, mientras mi esperanza y mi idealismo mueren lentamente en un mundo tan corrompido como este, donde la belleza esta sujeta a algo tan superficial que la pureza de las féminas se ha perdido, me hallo desconsolado la verdad, aunque tengo un leve destello de esperanza en que hayan aun chicas que valgan la pena, que por estadística debería de haberlas. En fin buen relato, buenas noches.

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