domingo, 20 de mayo de 2012

Soy malo para disimular lo que siento por otras personas


Soy malo para disimular lo que siento por otras personas. Es fácil darse cuenta. Cuando alguien me cae mal ni lo volteo a ver. Lo hago por las mismas razones por las que no miro de cerca a los animales atropellados en el asfalto: porque son un pésimo espectáculo. Preferible quedarse con las personas agradables a las que, esas sí, les presto toda mi atención. De este modo, en en una pequeña reunión puedo mirar a todos a los ojos excepto a quien detesto. Esto se complica si estamos congregados en círculo y el sujeto en cuestión se encuentra en la parte de en medio. A la hora de intervenir en la plática, mi recorrido visual con los concurrentes sufre un bache al pasar cerca de la zona negativa, así me lo indican los presentes.—¿Por qué de pronto miras al cielo—dicen. Es ahí cuando debo inventar cualquier pretexto.—Perdón, creí haber visto una cotorra—les respondo.

Son pocas las personas a las que desprecio así que no hay por qué preocuparse. Soy un entusiasta de saludar,  aunque sea con la mirada, a quien se cruce en mi camino. A quienes conozco, digo, con desconocidos soy bastante tímido. Me molesta que algunas personas pasen junto a mí y no me lancen un efusivo hola. ¿Quién diablos se creen? ¡No tienen derecho a que yo les caiga mal! Soy una excepción, merezco inmunidad en la materia. Jamás les he hecho nada malo, tengan la decencia de pagarme con su simpatía. Cuesta darse a la idea de que seres inútiles piensen que tienen la autoridad moral para no ser cordiales con quien día a día lucha por hacer de este un país mejor.

El portero de mi escuela me suele saludar a diario. Paso varias veces por la entrada y casi siempre intercambiamos un buenos días o tardes. Ha llegado a ser incómodo: entro y salgo tantas veces que la cortesía comienza a ser excesiva. Hubo un día en el que nos saludamos en ocho ocasiones. Sin embargo, lo agradezco. El señor se ha convertido en una garantía. Los tipos educados ya no abundan, hay que sentirse agradecidos con  los que lo son todavía.

Hace unas semanas tuve una jornada terrible. Entré a la escuela y durante las horas que pasé ahí nadie me saludó. Nadie solicitaba que les diera una plática, tampoco que me incorporara su mesa de estudio, mucho menos que ofreciera mis hombros para un masaje chino.

Asistí a algunas clases, participé sin que el maestro escuchara y abandoné los salones. Nadie me dirigió la palabra. Qué he hecho para merecer esto, dios santo. Fui al catequismo durante años y me pagas con esto. Eres cruel y severo. No tengo duda de por qué satanás te tiene miedo y se conforma con vivir en una zona tan fea como el infierno, pudiendo invadir o comprar un terreno en el cielo.

Le aclaro, jurado, que no es que necesite de los otros para sentirme bien. No me gusta socializar y casi todas las actividades prefiero realizarlas a solas. Si lo de aquel día fue una molestia, se debe a que golpeó mi orgullo. ¿Cómo es que no soy recibido con cariño por mis compañeros? Si no están capacitados para ello deberían solicitar el auxilio de un especialista. Queda claro que les urge una orientación. No es posible que a casi de tres años de ir en la misma carrera no se hayan coordinado para realizar al menos un par de homenajes en mi honor. 

Lo digo porque es lo mejor para ellos. No quisiera verlos en unos años, cuando yo sea una celebridad, ser tachados de oportunistas cuando, entonces sí, se pongan a presumir que estudiaron en la misma Universidad que yo. Es preferible que desde ahora muestren su simpatía para que, llegado el momento, tengan la autoridad suficiente para ser parte de las entrevistas que se harán en el documental dedicado a mi periodo de formación académica.

El asunto es que me sentí decepcionado. No soy valorado como merezco, pensé. Quizás sea un adelantado a mi tiempo. The Velvet Underground no gustó a todo el mundo cuando salieron. Detesto ser parte de la vanguardia social, una que ve a la convivencia como una cosa que debe evitarse al máximo. Tendré que esperar un par de décadas para ser comprendido.

De pronto me sentí solo. Nadie me entiende. La televisión nos manipula. Arriba el Che Guevara. Viva Cristro Rey. La Navidad es un invento comercial. Me urge un vasito de gelatina con doble carga de rompope. El ratón de los dientes no existe, son los papás. Necesito música de algún grupo gótico cuyo vocalista tenga el cabello rojo y que pase por se tercer matrimonio. 

Será mejor regresar a casa, sí. 

Iba rumbo a la salida. A lo lejos vi al portero. Menos mal, alguien cuerdo por ahí. Este mundo enfermo conserva unos cuantos ejemplos de honestidad. Te adoro, hombre mío: te besaría si mis inclinaciones fueran otras, si la espesura de tu bigote no diera la impresión de provocar irritaciones cutáneas.

Pasé junto a él y volteó hacia otro lado. Por primera vez después de varios meses no me saludaba. Comprendí que lo que pasaba era extraño. Lo supe entonces: ¡No había ido a la escuela ese día! ¡Era mi pensamiento que tenía una pesadilla!
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