jueves, 1 de marzo de 2012

La pizza mejor comprarla en el mostrador


Pocas platillos tienen una aprobación a nivel global como la pizzas. Su reconocimiento llega a varios países, rangos de edad y estratos sociales. Son pocas las personas en el mundo que se resisten a sus encantos. Una reunión puede salvarse si hay una pizza en ella. Los niños la veneran porque comparada con la sopa de coditos se convierte en un manjar de otra galaxia. Se le relaciona con fiestas, pero su versatilidad le permite aparecer por la tarde, en el desayuno o en la cena. También para ver películas, deportes o hacer nada frente a la ventana. En lo personal no la descartaría para una comida de negocios Se solicita cuando hay antojo o hay flojera para preparar cualquier otra cosa. Todo en ella parece hermoso, excepto por un detalle que en el sentido estricto escapa de sus orillas: las entregas a domicilio.

Tengo malas experiencias al respecto. Ya sabes, suena bonito eso de no tener que salir de la cama para tener una comida relativamente completa. Así que tomas el teléfono y llamas a la sucursal más cercana. Un operador te contesta, le preguntas por las ofertas y luego pides otra cosa porque las ofertas son malísimas. Te dicen que llegará en menos de 30 minutos o la orden será gratis, así que cuelgas esperanzado de que ocurra el milagro.

Soy de los que ponen el cronómetro. Dejarlo al cálculo no sirve, debe haber precisión. Uno o dos minutos pueden marcar la diferencia. Se debe tener una certeza para realizar el reclamo si llega el caso. La política de rapidez tiene su parte negativa: uno siente que la comida ha sido preparada con prisa. Se extraña que la masa quede tostada o que la consistencia de los ingredientes sea crujiente. Ni hablar, el proceso se debe optimizar así que lo primero que se sacrifica es el sabor. El tiempo se valora más que nada, aunque en el fondo sabemos que terminaremos desperdiciándolo de cualquier forma. Tal vez sería preferible dejar atrás las ansias, tener calma, saber que la espera será recompensada. Hacemos lo contrario. La comida se pide, prepara y consume rápido. En consecuencia se disfruta también poco. Lo que podría durar una hora termina por durar minuto y medio, tiempo en el cual la entrada, el plato fuerte, el postre y la botana son digeridos si ninguna contemplación.

El cronómetro marca 28:23.12. Te emocionas, el ahorro está a menos de dos minutos de distancia. Sabes que es una posibilidad. Antes han llegado apenas en 20 minutos. Es difícil que pasen de los 25, así que imaginas que con suerte el motopizzero estará visitando a la novia. Guardas todavía un grado de escepticismo, sabes que no te lo van a poner tan fácil, que otras veces has tenido decepciones con entregas audaces que llegan segundos antes del límite.

Hoy pedí una y después de media hora no llegaba. Tengo un buen corazón, así que me propuse no llamar a la sucursal hasta los 35 minutos. Al final subestimé mi nobleza y terminé por hacerlo a los 40 minutos. Contestó una señorita. Le conté lo que pasaba. Me dijo que el repartidor aún no regresaba y que no debería tardar, que cuando lo hiciera la orden sería gratuita. Colgué. a los dos minutos llegó el joven. No ofreció ninguna disculpa. Tuve ser yo que el señalara la situación.

—Hola. Oye, llegaste 40 minutos tarde.
—Sí, perdón. Es que me perdí.
—Esta casa no queda tan lejos, era para que llegaras en cinco minutos.
—Pregunté por la calle y un señor me mandó a otro lado.
—La pizza es gratis entonces, ¿no?
—Pues ahí como vea. ¿Ya llamó a la sucursal?
—Sí, me dijeron que sería gratis.
—Es que me caí.

Por su estado físico supe que mentía.

—No quiero meterte en problemas. Si me dices que te van a regañar, te la pago.
—No, lo dejo a su consideración.

Entré en un dilema. ¿No pagar una cuenta de 150 pesos podía hacerle perder el empleo? No valía la pena. Debe ser difícil tener un trabajo así. Cualquiera. Yo no lo querría. Admiro a quienes arriesgan el cuerpo a bordo de una motocicleta. Al mismo tiempo recordé un antecedente. Hace años un motopizzero tardó 36 minutos en llegar. Terminé dándole el dinero, creo que ni reclamé. La situación me atormentó durante toda la semana. Lamenté haber tenido un comportamiento débil: debí hacer cumplir la política de la empresa. Claro, ellos no te dicen que el empleado puede ser castigado. Lo ves en sus caras, llegan tarde y hacen lo posible por no mencionar el tema. De manera sutil te hacen saber que, si no les echas la mano, estarán en problemas. Esa vez lo dejé pasar. Pobre chico, pensé. Ahora no sabía si hacerlo. Eran 42 minutos. Al menos 12 de retraso. Quizás el queso estuviera frío. Además el chico me cayó mal. Tuve que ser yo el que hiciera notar la falta. ¿Cuál era el costo-beneficio? ¿Y si no podía volver a pedir algo de ahí? En una de esas el tipo enloquecía. En futuras entregas aprovecharía para escupir mi pizza. Si perdía su empleo sería peor. Sabe dónde vivo. Vendrá con sus amigos y se robará la maceta que tenemos afuera. Pintará un mensaje obsceno en la entrada mientras no estemos. O puede que me asesine con un machete mientras me dirijo a la escuela. Las personas son sensibles con sus ingresos. Conseguir un empleo es complicado en la actualidad. Ya lo veía venir. Al otro día sonaría el timbre. Abriría la puerta para encontrar a una señora.

—Por su culpa han despedido a mi hijo.
—Lo siento señora, no era mi intención. Tenía el estómago vacío.
—Debes compensarlo de algún modo.
—¿Qué puedo hacer por ti, princesa?
—Besa mis pies. Trae tu computadora, ahora será nuestra.
—Claro que sí, vuelvo en menos de 30 minutos.

Probaría la mugre entre sus dedos. Le diría que dejara de usar sandalias: te dejan expuesta al polvo, muñeca. Era terrible. Un pequeño ahorro podría traer consecuencias catastróficas.

Tomé la caja.

—Vuelvo enseguida.

Entré al baño. Me miré al espejo. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga.No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. Salí.

—Lo siento, no quiero meterte en un lío, pero ahí donde trabajas existe una política y hay que cumplirla. Es parte del oficio, las fallas cuestan al igual en cualquier otro lado.
—No se apure. Nomás si tiene deme para el chesco.

Le di un billete de cincuenta. Se fue.

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