domingo, 14 de agosto de 2011

La vida es triste


Para personas hurañas como yo, pasar unos días a solas tiene grandes beneficios . En lugar de enumerarlos a continuación, dejaré que su mente haga deducciones por demás obvias, para poder centrar este post en comentar la parte negativa, que es igual de importante y que te hace replantear la idea de que vivir solo es lo mejor que te puede pasar.

Esto podría resumirse a lo que conllevan las labores domésticas. Si no existieran, ahora mismo tomaba mis pertenencias para mudarme al cuarto de azotea penthouse más cercano. Ni hablar, no nací para barrer, trapear ni lavar ropa. Lo lamento, me gustaría ser capaz de hacerlo, pero hay algo en mí, y no sé si se trate de un cromosoma del tipo machista, que me impide mover un dedo en cuanto a estas tareas se refiere. Lo he intentado, claro que sí, con resultados que oscilan entre lo repugnante y lo desastroso. Cocinar, por ejemplo: cuando desafío los pronósticos y me dispongo a preparar algo que supere la dificultad de un sandwich o un cereal con leche, termino por llegar a las lágrimas por la frustración que conlleva percatarse de que una potencial quesadilla ha culminado en una especie de tostada con chicharrón de queso cayendo a los costados.

Sobre la ropa mejor guardo silencio. Durante años he intentado descubrir los misterios que encierra el uso de una lavadora sin apenas descubrir cómo funciona la sagrada ruedita que la controla. Temo que un giro de más provoque que mi guardarropa quede descolorido perdiendo así el distinguido y elegante negro que lo ha hecho célebre entre los miembros de la colonia.

El planchado es un tema complicado. Le tengo miedo desde que en la primaria conocí a un tipo, llamado Arturo, que tenía marcado en el brazo las huellas de una plancha caliente. Él decía que se trató de un "accidente" provocado por saltar en la cama mientras su madre intentaba quitar las arrugas de su camisa. Sus compañeros lo dudábamos, a sabiendas de que tenía un padre violento que los castigaba constantemente a palos, sin que pudiera descartarse el que, en un ataque de cólera, hubiera decidido marcarlo como una res. Después de todo era un hombre de campo —con sombrero las 24 horas del día— que parecía tener en baja estima a su pobre vástago. Ante el vértigo provocado por imaginar a mi delicada piel con una cicatriz marca Oster©, prefiero evitar riesgos y salgo a la calle con prendas con aspecto de papel corrugado.

Respecto a los trastes, no tengo mayor problema. Mi récord de 7 años sin lavar uno se mantiene intacto. La clave está en comprar una cantidad suficiente de platos y vasos desechables. Así se matan dos pájaros de un tiro: por una parte se contribuye al deterioro del planeta (que alberga a seres lamentables), y por el otro, te ahorra el desgaste que implica estar frotando artículos de porcelana. Perfecto, si me preguntan. Hoy, sin embargo, experimenté un suceso lamentable.

Hasta ahora no se han inventado (y los hombres de negocios deberían tomar nota) las licuadoras de unicel. En pleno 2011, todavía seguimos recurriendo al plástico, acero y vidrio como materiales indispensables a la hora de cortar alimentos. Una vergüenza, como puede verse. En especial cuando se presentan casos que parten el corazón como el de un pobre joven de 22 años que no puede dormir sin antes tomarse su licuado.

Ahí estoy, después del primer día, viéndome obligado a lavar la licuadora para poder cenar. Al principio la tarea parecía sencilla, tenía herramientas calificadas en la materia, como una esponja bicolor y jabón líquido de color chillante. Me negué usar los guantes por cuestiones estéticas. El azul celeste nunca me ha ido y esta no era la excepción. Además no eran de mi talla, al probarlos me apretaban, tuve que acceder a que mis manos tuvieran contacto con sustancias que les restarían tersura. La parte complicada llegó con las aspas. Un descuido y te rebanan el meñique. Al mismo tiempo debes procurar ser lo suficientemente enérgico para eliminar cualquier rastro del uso anterior que desembocaría en una bebida con partículas echadas a perder que, en el mejor de los panoramas, arruinarían el sabor, y en el peor, forzarían a una visita al médico por persistentes dolores abdominales.

Una vez sobrepasadas las aspas, la limpieza del vaso contenedor fue rápida. La licuadora quedó reluciente. Por primera vez en semanas sentí algo de amor propio. Abrí el refrigerador para celebrar con un poco de jugo de arándano. Una vez terminado el brindis, procedí al paso del secado. Ante la ausencia de trapos y servilletas, recurrí a un rollo de papel higiénico con aromas frutales que se encontraba cerca.

Fui poniendo sobre la mesa los ingredientes del brebaje: granola, leche, plátanos y almendras. Joé, contra los pronósticos lo había logrado. Superé mis reticencias laborales y ahora ahí estaba, a punto de empezar la mezcla.

Acontecimiento que se vio interrumpido con la caída del vaso al suelo.

Una maniobra mal dirigida provocó el trágico desenlace. Todavía alcancé a meter el pie (descalzo) para amortiguar el golpe. Mis dedos quedaron amoratados, pero al menos puedo decir que evité la rotura completa del vaso que, aunque perdió el asa, conservó el resto de su estructura intacta salvo por una grieta-fuga que pude subsanar con algo de cinta adhesiva.

El licuado llevaba el sabor amargo de la derrota. Amigos, el mundo es cruel e injusto, deben saberlo desde ahora. Pero no hay que dejarse vencer. El fracaso es muy poca cosa, hay que seguir adelante por puro orgullo. Tienes que tomar la bebida sin importar cuán terrible sea su sabor. Frente al resto finge que está delicioso. No permitas que nadie te vea tirado en la banqueta. Continúa. Pelea. Sigue tomando. Haz que los demás envidien la basura que tragas a diario. Sonríe, demuestra que tienes algo que los demás no. Ya lo sabía Hank cuando decía que hay que atravesar el fuego. Eso es la vida. Seguir adelante. Con quemaduras de tercer grado. Con las ilusiones rotas. Con la mente en negro. Con el corazón destrozado. Que tus tragedias sean motivo de júbilo. Acostúmbrate a los tropiezos. Búrlate de las victorias. Solo dale importancia al retrete. Mantenlo limpio. Sal y sonríe con tus dientes rotos, con tu boca seca, con el dolor de tus labios golpeados. Adopta una cebolla. Obsequia algo a la anciana de tu vecina. Despréndete de lo que no uses en este segundo. No necesitas de lo que piensas. Llora y llora. Sonríe y sonríe. Ganas cada que respiras. Y mueve el trasero, no te quedes aquí conmigo.

4 comentarios:

Cocainelil dijo...

Adopta una cebolla.

Yo decidí quedarme aquí. O tal vez no lo decidí bien, pero es que se ve tan cómodo.

Sheliwirini dijo...

No te culpo por no querer realizar labores domésticas, yo tampoco disfruto hacerlas. Lo que más detesto es cambiar sábanas, me resulta bastante estresante, por eso lo evito siempre que puedo. Ni modo, son actividades que deben hacerse a menos que queramos vivir en un basurero.

Respecto a lo último que mencionas tienes toda la razón, no importa lo que nos esté pasando, siempre debemos seguir adelante y no rendirnos por cualquier cosa.

A.U dijo...

No creo que sea algo machista... yo no lo hago, lo evito, jamás he planchado mi ropa, es algo que me tengo prohibido, aunque bueno... hace poco necesitaba hacerlo para una prenda del trabajo que por floja no saqué a tiempo de la lavadora lo que ocasionó que se le marcaran arrugdas, aproveché que estaban planchando ropa para dejarlo ahi, uff

Yo nací para que me mantengan y por supuesto, contraten alguien que haga esas cosas, yo soy muy buena en dormir.

Elisa dijo...

Que elocuente blog. De los que ya no se encuentran. De los que seguro roban una sonrisa y regalan una reflexión.
Por lo que hace a las labores del hogar... no son para todos. Y nunca se acaban (la cosecha de mujeres, que?) http://living-the-pink-life.blogspot.com/2011/08/update.html

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