lunes, 18 de julio de 2011

No traigo nada abajo


Después de un día agitado, bajo a la cocina para hacerme un licuado. Llega la noche y debes resignarte a que dormirás con la misma vida de los últimos años. Y a lo único que aspiras es a un licuado. no pides mucho, simplemente algo que te quite la sed y alimente al mismo tiempo. Así que saco la leche, un plátano, algunas nueces. Pongo eso junto a la licuadora. Lo siguiente que sé es que la leche se ha derramado por el suelo. Un mal calculo con el vaso hizo que no vertiera en el área adecuada. Con las manos manchadas dejo el vaso sobre la mesa. De nuevo vuelvo a calcular mal. El vaso cae al suelo, se rompe. La vida no da tregua. Puede haberte machacado en la calle, puede haberte dejado sin respirar por horas sin que sea suficiente. Cuando está en vena inclusive se mete con la preparación del licuado que esperabas fuera una excepción en una jornada de desastres. Volteo al reloj: son las 11:48 pm. Ya no queda tiempo para enmendarlo. no limpio nada, vuelvo a la cama sin cenar. Tendrá que ser hasta mañana.

Soñé con una escoba. lo anoto en una libreta para no olvidarlo después:

soñé con una escoba.

Mañana será el cumpleaños de Pedrito. Cumplirá 12 años. Tomo un baño. De regreso al cuarto me seco y me visto con los pantalones que he usado durante las últimas dos semanas, los mismos que usaré cuando inicie el próximo mes. Compruebo tener suficiente dinero. Salgo de casa con la misión de comprar un regalo para él. Por fin tengo un motivo para hacerlo. Le regalaré una cartera. A esa edad comienzas a volverte un hombre; el mejor regalo que se me ocurre es una cartera, un instrumento que te da cierta autoridad. Porque las llevas y la gente piensa que tienes dinero. Aunque no lo tengas. Los fabricantes son conscientes de ello: no las hacen transparentes. Puedes meter un puñado de papeles dentro y da la apariencia de que traes bastantes billetes. Ya a los doce años debes imponer cierta autoridad monetaria. Una que te permita pasar a lado de restaurantes y que sus empleados te inviten a pasar. Una que te permita ir a tiendas donde las empleadas te sonrían para que les compres algo. Algo que te permita utilizar los bolsillos traseros del pantalón.

Conozco una tienda no muy lejana. La atiende un chino que habla español mejor que gran parte de nosotros. Lo conocí un día preguntando por una dirección. Él estaba hablando con un pelirrojo.

—Te digo que la vi robándose el periódico. La muy cabrona esperó a que me fuera para sacarlo debajo de la mesa. Lo que ella no sabía es que me quedé un rato espiándola por la ventana. Tuve que correrla —dijo el chino.
—Venga, hombre, no es para que te pongas así...¿periódico? ¿te preocupa que una chica se robe tu periódico? Estás mal de allá arriba, hombre—dijo el otro.
—Es MI PERIÓDICO. Lo compré con MI DINERO.
—Vale pero, ¿ya lo habías leído?
—Solo leo la sección deportiva. Lo utilizo para limpiar las meadas de Jack.
—Disculpen—interrumpí—, ¿Podrían decirme dónde queda la calle Alcántara?
—Queda detrás de esta, cuando salgas da vuelta donde está la caseta de policía—dijo el chino.
—Oh, muy amable, gracias.
—Espera, muchacho—dijo el chino.
—Dígame.
—Me agrada tu camiseta.
—Muchas gracias.
—Es difícil conseguir una de esas, ¿le vas al Necaxa?.
—Sí, la compré hace años, antes me quedaba grande, ahora me va ajustada.
—Te la compro—dijo el chino.
—No le hagas caso, muchacho, este está como una cabra—dijo el pelirrojo.
—Cállate, Manuel. Es en serio, te la compro: dime cuánto quieres.
—Disculpe, me tengo que ir. Además no traigo nada abajo.
—¿Ves esta tienda? Puedes tomar lo que quieras si me das la camiseta.
—Lo siento, señor, tengo prisa.
—Quiero que escuches algo. Cuando llegamos a este país, mi madre y yo vagamos buscando una oportunidad. Nadie nos la dio. Estuvimos comiendo a base de limosnas por semanas. Hasta que un hombre, un hombre con una playera del Necaxa, parecida a la tuya, nos ofreció trabajo y confianza. Desde entonces soy aficionado al equipo y colecciono sus jerseys.

Se la di, me regaló una suéter gris para cubrirme. Antes de salir los escuché riendo, algo que despertó algunas dudas dentro de mí. No tomé nadie de la tienda, la tenía llena de baratijas. Me dio 300 pesos. Ahora, meses después, regresaba porque ahí vendían chucharías: gorras, monederos...carteras. Llegué y el chino no estaba. Tampoco el pelirrojo. Atendía una mujer de unos 30 años. Entré y salí rápido. Tenían un modelo de cartera únicamente, negra con un dragón amarillo en uno de los lados. Buscaba otra cosa, algo que le diera a Pedrito una apariencia respetable. Ya no era un niño. No podía regalarle una porquería que parecía para alguien de 11 años.

Caminé unas cuadras hasta donde se hallaba una pequeña plaza comercial. Ahí compré una cartera café imitación de piel sin ningún tipo de dibujo bochornoso. Era discreta, como deben ser los accesorios de una persona adulta como lo sería él. Pedí que la envolvieran. Al otro día fui a la fiesta. Estaba repleta de niños. Pensé, que Pedrito debería buscar otro tipo de amistades, unas que fueran maduras, más acordes a su edad. Como yo. Dejé mi obsequio en una mesa que habían destinado para ese propósito. Luego me fui sin haber visto al festejado. No lo encontré entre esas caras infantiles y felices. Según recuerdo era alguien mucho mayor.

3 comentarios:

A.U dijo...

No sé si el chino te engañó, pero bueno te llevaste un sueter y 300 pesos.
Me encantó como sabes apreciar la diferencia entre una edad y otra, mucha gente se queda en la misma.

Pixie dijo...

Qué te regalaron cuando cumpliste 12? Qué le darías a un chico que cumplirá 23?

Saluditos!!!

Bigmaud dijo...

A.U.: Según cuentan, el suéter picaba.

Pixie: Ya no me acuerdo. Eso sí, los regalos eran mejores entonces que ahora.


Saludos.

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