jueves, 21 de julio de 2011

Conocemos un lugar por aquí

Bill salió tarde del trabajo. Era la única persona que restaba en el edificio. Al salir, el aire de la ciudad le pareció diferente al que tenían a la oficina. Aún caían algunas gotas del cielo. El aroma era agradable. Pensó que sería difícil encontrar un taxi a esa hora. Un par de hombres lo miraban desde la esquina. El resto del panorama estaba desierto. Dijo adiós al velador y se acercó a la calle. Esperó. Fueron veinte minutos en los que apenas pasó un motociclista. Volteo hacia atrás. Los dos hombres seguían ahí. No parecían platicar, estaban uno a lado del otro. Hombro con hombro. Tenían bastones. Bill pensó en su perro. Lo dejó afuera. No pensó que fuera a llover. Hace días que los días eran soleados. Un brazo comenzó a dolerle. Optó por caminar, era difícil que un taxi pasara a esa hora justo por esa calle. Iría hasta la avenida a probar suerte.

A los pocos metros vio un puesto de hamburguesas. Pidió dos, sin tener hambre. Era el único cliente. Minutos después recibió su comida. Las hamburguesas consistían de pan y carne. No lechuga, no queso, no jitomate. Nada. El cocinero dijo algo que Bill no entendió. Siguió comiendo. Al terminar, dejó un billete de cien. No espero el cambio. Siguió caminando. Pensó en un amigo que tuvo en la secundaria llamado Francisco. Por la mañana un nuevo sujeto se incorporó a la plantilla de la oficina. Era igual a él con la salvedad de que le sobraban veinte kilos de peso: cabello chino, dientes separados, piel obscura. Idéntico. Ya tendría tiempo de preguntar por su nombre, tal vez se llame Ulises. El brazo seguía doliendo. ¿Qué hora era exactamente? El sumirse en el trabajo produjo que entrara en trance. No revisó el reloj durante las horas finales, lo importante era terminar esos papeles. Poco le importaba entonces que fueran las 11 o las 2. El estar solo le tenía en un estado de ansiedad. Lo único que quería era salir de él. Sabía que al otro día nadie reconocería su labor. Los otros empleados ya deberían estar dormidos. Ahora sí quería saber la hora. Era extraño que ningún automóvil pasara. Pensó que con suerte encontraría algo que le ahorrara la caminata a la avenida. Vio a una anciana en el suelo, le tiró unas monedas. Ojalá estuviera dormida. O desmayada. Siguió avanzando.

En la avenida encontró a una pareja de jóvenes. Se besaban, luego reían. Alternaban sin emitir palabras: se besaban, luego reían. Dejaron de hacerlo cuando repararon en la presencia de Bill. Entonces se tomaron de la mano y marcharon hacia algún lado. La banca cercana tenía charcos de agua. Bill contó los autos que pasaban. Quería mantenerse achispado. Pasó uno rojo. Luego dos azules y uno color plata. El espacio entre uno y otro era, en promedio, de dos minutos. En casa solo quedaba la opción de dormir. Dormir poco era algo a lo que acostumbraba. Un auto amarillo se detuvo a su lado. El vidrio de una puerta se bajó, eran los dos hombres de hace rato. Platicó con el copiloto.

—¿Necesita que lo acerquemos a algún lado?
—Espero a alguien
—Ya es tarde, podría venir con nosotros. Conocemos un lugar por aquí.
—Muchos lo hacemos.
—Suba, necesitamos de compañía.
—Yo no.
—¿Quiere mirar lo que hay en el asiento trasero, por favor?
—No.
—Acérquese. Debe acordarse de nosotros.

Bill dio un paso atrás. Escuchó al conductor gritar algo. El auto se alejó rápidamente saltando un semáforo. Regresó a sus pensamientos. Curco, el perro. Fue un regalo de su mujer. Un día llegó a casa, lo sorprendieron unos ladridos, instantes después fue saludado por Cuco que tenía un moño detrás de las orejas. El único resto de esa relación era aquel perro. Deseó que no se hubiera mojado. Un taxi pasó, lo detuvo.

—¿A dónde lo llevo?
—Siga derecho.

La lluvia aumentó. Cayó algo de granizo. Llegaron a un semáforo.

—A la calle de las Fuentes. Junto al Parque Héroes, por favor.
—¿Parque Héroes? ¿Me voy por Himno Nacional?
—No, por allá queda el Parque Revolución. Voy a Parque Héroes. Cerca del Hospital Central.
—Jamás había pasado por estos rumbos.
—Común, siendo taxista. Dé vuelta aquí a la izquierda.
—La lluvia de hoy estuvo fuerte. Un día como este perdí a mi mascota.
—Señor, ahora doble a la derecha.
—Tenía la costumbre de sacarlo sin correa. Era manso. Tenía problemas para orinar.
—¿Sabe donde está el Hospital Central? ¿La glorieta Juárez?
—No. Cuando lo llevé a revisar el veterinario dijo que...
—Siga derecho.
—Un problema de nacimiento. Imposible de saber cuando lo adopté.
—A la derecha otra vez.
—Entonces se fue persiguiendo un barco de papel que iba calle abajo.
—Puede dejarme en la esquina.
—Muy triste, estuve buscándolo por una semana.
—Aquí está bien ¿Cuánto le debo?
—Setenta u ochenta, se lo dejo a usted.

Bill le dio cincuenta y salió. Corrió nueve cuadras hasta llegar a casa. Cuando abrió el portón vio a Curco acostado. No ladró. Estaba empapado. El brazo volvió a doler.

2 comentarios:

Pixie dijo...

Me gustó, mucho.

Bigmaud dijo...

Me da gusto. Gracias.

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