lunes, 11 de octubre de 2010

Maestra Juanita


Recuerdo el año que viví en Monterrey con mucho cariño. En ese entonces era demasiado joven para darme cuenta, ahora doce años después puedo decir que esos 365 días fueron de lo mejor de mi vida. Simpatizo con la ciudad, me duele un poco ver que ahora se encuentre tan mal cuando hace no mucho era para mí cercano a un paraíso. En casa hasta el último mes no tuvimos estufa, no era necesario. Nos la pasábamos en restaurantes, o en puestos de comida callejera. Cada domingo era costumbre ir a un buffet, al de los Generales o al de algún hotel como el Holiday Inn. Subí como veinte kilos. No me percaté, como tampoco caché que había agregado palabras como "vato", "huerco" y "morro" a mi vocabulario. Tengo decenas de anécdotas. Vivía en un departamento, tenía muchos amiguitos: los de la colonia y los de la escuela. Iba en tercero de primaria. Al principio fue complicado porque cuando entré ya todos se conocían. Eran amigos del alma que estaban juntos desde maternal. La gente ahí era sociable, divididos en tribus que no se separaban hasta la universidad. Entonces llegué yo, como el único ente extraño a los alrededores. Me habían dicho que no hablara como chilango ni que mencionara nada del DF porque eso me haría ganar enemigos. No sé, nunca hubo necesidad. Todo transcurrió normal. Fui recibido cálidamente en una escuela pintada de guinda que más bien parecía rosa. Es desagradable que por querer tener una apariencia distintiva los colegios acaben recurriendo a despropósitos semejantes. No, todo iba bien. En la colonia era mejor, quizás hable algún día de ello. Por el momento me limitaré a contar de la maestra Juanita, la negrita en al arroz de esa excelente temporada.

Yo veía que los de primero, segundo, cuarto, quinto y sexto tenían maestros jóvenes y de aspecto simpaticón. Los envidiaba porque Juanita era todo lo contrario, era alguien a la vieja usanza, llevaba ropa vieja y pasaba de los sesenta años. Yo le caía mal. Una vez le entregué mi tarea escrita con letra cursiva y ella no creyó que estuviera hecha por mí. Decía que la letra era demasiada bonita y que yo escribía feo. Me pidió que pasara al pizarrón para hacer una prueba comparativa, -a ver, escribe una M -me dijo. Lo hice, y me salió horrible. Obviamente no es lo mismo escribir en un bello cuaderno con un lápiz bien afilado que hacerlo con un gis moribundo. No necesitó más, ninguna explicación la convenció. Fue la primera vez que me quedé sin recreo.

Era un buen estudiante. De esos que sacaban 8.1 de promedio. Así había sido en los dos primeros años de primaria. En Monterrey todo cambió. La maestra se ensañaba tanto conmigo que llegó el momento en el que dejé de esforzarme. Recuerdo haber pensado "si me va a regañar que al menos lo haga con motivos", fue así que empecé a dejar de poner atención, de estudiar y prepararme para los exámenes. Creo que fue ahí cuando inició la tendencia de mal estudiante que continuaría hasta la preparatoria.

A la mitad del curso hicimos un examen bimestral. Días después la profesora nos dejó ver los exámenes calificados para ver en qué nos habíamos equivocado. Había un seis bien remarcado con rojo en el mío. No le dí importancia, lo guardé en mi mochila. A la mañana siguiente Juanita me estaba esperando en la entrada a la escuela. Me pareció muy extraño. Olvidé decir que tenía un ojo desviado, bizco como se suele decir. A veces costaba darse cuenta que te estaba mirando, Luego de dudarlo unos segundo me interceptó. -Vamos a la dirección -dijo. Ahí estaba la directora de la escuela. Se veía enojada, los ojos de Juanita eran una belleza a lado de los suyos que parecían de pistola.

-¿Dónde está el examen?
-En mi mochila.
-¿Y qué hace ahí?
-La maestra nos los dio.
-No es cierto, directora. Se los presté un ratito para que los vieran nada más.
-Sí se los dio entonces-
-Bueno...sí, pero todos lo devolvieron excepto él.
-No sabía que lo teníamos que regresar.
-Se los dije clarito, joven. No me haga quedar mal por favor.
-Acaban de violar el reglamento interno de la escuela.
-...
-...
-Usted váyase a clase en lo que hablo con la maestra.

Todo un drama sólo porque me había llevado une examen dizque oficial a mi casa. Imagino que hubo un fuerte regaño de por medio porque al otro día Juanita me anunció que estaría dos meses sin recreo. Dos meses, sí. A diario veía cómo todos salían corriendo con el sonido de la campana. Menos yo que me tenía quedar en el salón frío y su focos ahorradores de energía. Cuando no llevaba lunch me daba cinco minutos para ir a comprar algo a la tiendita. Luego regresaba a hacerle compañía. Ahí estábamos los dos, sin decir nada. Ella con su chayotes al vapor y yo con mis sincronizadas frías. De lejos se escuchaban gritos de diversión, celebraciones de gol, risas , caídas. Miles de instantes irrepetibles transcurrían conmigo sentado en un pupitre.

La malvada no se rindió, ¿no tenía otra cosa que hacer? No, no se llevaba bien con los maestros. Una vez le pedí a mi ángel de la guardia hacerla cambiar de parecer. Algo me decía que luego de una o dos semanas se hartaría y levantaría el castigo. No sucedió. Probablemente no quería estar sola y yo era su justificación. No tenía a nadie en el mundo, así que sólo le quedaba joderme a mí. Fantástico.

Creo que los dos meses se extendieron, perdí la noción del tiempo, el caso es que perdí muchos recreos hasta que un día dijo las palabras mágicas:

-Ay, Carlos, ya vete. Diviértete.

Animado, salí corriendo con una sonrisa de oreja a oreja que se vio fracturada con el sonido de la campana. El tiempo de descanso había terminado justo cuando llevaba catorce segundos afuera. Miré hacia atrás y por primera vez la vi sonreír.

***

Debo decir que esto no fue lo suficientemente fuerte para arruinarme la vida. Semanas después de terminar el curso dejé Monterrey junto con mi familia para no regresar. Me pregunto si esta señora seguirá dando clases, y si tendrá ahora otras víctimas. Ya les contaré de algunos otros de mis maestros en otra ocasión.

4 comentarios:

Pixie dijo...

Awww!!!!! Bueno, te la dejó barata, en la primaria tuve maestros que ni siquiera pasaban un control de humanidad, una maestra nos jalaba las patillas, otro me pellizcó las manos...

Lo bueno es que esa experiencia no envenenó tu espíritu, je.

Saluditos!!

Mechicabota dijo...

¡¡Que forra!!
Te imagino todo chiquito y triste en el aula y tus compañeros jugando afuera y me dan ganas de ir a buscarla y cachetearla.
No sé por qué, pero me la imaginé como la señorita Selastraga de South Park...

¡¡ah!! ¡Debe ser por lo del ojo desviado, jaja!

Anónimo dijo...

Wow! dijiste tu nombre :D :D

Yomismo dijo...

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