
Cambio de opinión todo el tiempo. Tardé año y medio en elegir una carrera y a los dos minutos de hacerlo, ya me estaba arrepintiendo. Entré a Ciencias de la Comunicación porque me gustaba escribir. Eso y porque odiaba cualquier otra actividad disponible. Luego me di cuenta que en la comunicación se ve mucho además de la escritura que ocupa un lugar importante, pero limitado. El tener radio, fotografía, mercadotecnia, la vertiente organizacional y decenas de materias de relleno, deja poco para aquello de la pluma y el papel. Se estudian muchos temas, se profundiza en pocos. Ahí la gran debilidad. "Debí meterme en Letras", he pensando miles de veces. Y ahora me pesa la edad. Tengo 22 años, e iniciar en otro lugar supondría tomar clases con párvulos de 17. Casi un sexenio de diferencia. Si ya de por sí me siento viejo con mis compañeros de 19 o 20, no quiero imaginar cómo sería rodearme de jóvenes que andan en otra onda lejana a la mía.
Una de las intenciones era dedicarme a la publicidad o al periodismo. De la primera no he visto nada, de la otra me he ido desencantando terriblemente. Voy a la mitad de la carrera. Las historias de los maestros en las que se hace énfasis en los malos sueldos me desaniman. Por si no fuera suficiente se trata de un medio corrupto en el que es difícil mantener la honorabilidad. Llevo una materia llamada "Periodismo de Investigación". Tres veces a la semana, a las 7 de la mañana. Para lo único que me ha servido es para abrir los ojos: No quiero dedicarme al periodismo. No quiero suplicarle a ningún funcionario por una entrevista. No quiero estar horas bajo el sol para obtener unas estúpidas declaraciones. No quiero asistir a eventos. No quiero platicar con colegas ni relacionarme con nadie. No quiero recibir 200 pesos para hablar bien de alguien. No quiero asistir a una conferencia donde ofrecen café con panecillos gratis. No quiero nada de eso. Sólo estar encerrado en mi habitación con la luz apagada. Quiero un trabajo donde la exigencia máxima sea quedarse tirado en la cama durante todo el día. En eso se ha convertido mi vida: en resistir hasta que se haga de noche. Entonces dormir. En este mundo ya es un gran mérito no aventarse desde un cuarto piso como para que encima tengas que salir a ganarte unos cuantos pesos diariamente.
Hace unos días para la materia que mencioné, encargaron realizar una nota sobre la seguridad dentro de la Universidad. Quise matarme. Eso implicaba que tenía que salir a obtener declaraciones, a buscar la noticia. Una miseria. Yo estaba triste, quería estar hecho bolita sin que nadie me molestara. Y ahora, con tal de no volver a cursar "Periodismo de Investigación" a las 7 de la mañana, bué, tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano. Para algunos es fácil. A ellos los admiro: los que despiertan con ánimos de comerse el mundo; los que tienes miles de ideas; los que saben cómo resolver problemas; los que improvisan y salen adelante; los que pueden escribir ocho cuartillas sin detenerse a pensar que lo hacen pésimamente. Al principio de la carrera podía hacerlo; ahora las circunstancias son diferentes y mis ánimos mucho menores.
Entonces ahí voy, al Departamento de Seguridad de la Uni e inmediatamente cambio de nuevo de opinión. Soy recibido amablemente por la atractiva secretaria. Soy saludado con sonrisas por el personal administrativo del lugar. No me ponen ninguna traba y el encargado principal me recibe como a un rey. Súbitamente me entran ganas de llorar. No lo hago. Es una sensación agradable, similar a la que tenía cuando entré a la escuela. Días en los que estaba motivado por adquirir conocimientos y el conocer nuevas personas. Pongo mi celular para grabar la conversación, y hablo con el amable hombre durante espacio de una hora. Hablamos de los tópicos que debía abordar en mi trabajo. Luego, la mayor parte del tiempo, nos desviamos a asuntos más importantes, como la vida, literatura y cine. Hablaba elocuentemente, daba sabios consejos, propios de alguien al que ya dominaban las canas. Luego de enterarnos de que compartíamos el gusto por la poesía, imprimió un poema de su autoría y me lo dedicó. Le dije que yo había perdido las ganas por dedicarme a escribir. Me dio un consejo que no revelaré. Lo aprecié mucho. Deseé que en mi escuelita hubiera un maestro como él. Aprendería bastante, quizás dejaría de quejarme, vería la educación de otra manera.
Hubo un detalle. A la mitad del encuentro empezó a sonar mi celular. Por respeto y por lo entretenido que estaba, no lo quise contestar. Pero siguió suene y suene, de modo que era mejor hacerlo para que por fin callara. Era un número desconocido.
-Bueno -dije.
-Buenos días, ¿Rafael Rodríguez?
-No, me parece que se equivocó de número.
-Oh, ya veo. Disculpe, ya que estamos hablando quisiera aprovechar la oportunidad para preguntarle si ya cuenta con los servicios de Banco Santander.
-No me interesa, gracias.
-Mire, ahorita tenemos una promoción de una tarjeta blablablablablablablablá...
-No estoy interesado
-Deje le comento los beneficios que tendrá si usted blablablablablablablablá...
-Estoy ocupado, ya le dije que no me interesa. Déjeme en paz por favor.
-¿Conoce a alguien que esté interesado en alguno de nuestros servicios?
Colgué. Seguí platicando con el amable señor de otras cosas. Me recomendó una película que trataba de un joven negro que aspiraba a dedicarse a la literatura. La bajaré en cuanto la encuentre. Me despedí de él después de un rato. Me dijo que cuando pasara cerca de ahí lo buscara para platicar. Soltó un par de consejos más. Nos dimos la mano y dijimos hasta luego. Antes de salir, la secretaria se despidió cordialmente. Abandoné el lugar con una gran sonrisa ¿Eso era el periodismo? ¿Conocer gente linda que te saque en unos segundos del marasmo en el que estabas hundido? ¡Recuperé la fe en la carrera, carajo! Puse
algo de James en el ipod, el día era hermoso y el panorama soleado. Ya no quería dejar las ciencias de la comunicación, de cualquier forma sólo quedaban 2 años por delante a los que vería bajo una renovada óptica. La culpa había sido mía, la amargura impedía que notara la belleza que a diario nos rodea.
Por la noche me dispongo a realizar el trabajo. Transcribir parte de la entrevista, y escribir algunas reflexiones. Pan comido.
Conecto mi celular.
El archivo no está.
Lo busco en otras carpetas.
Tampoco.
Lo desconecto, lo vuelvo a conectar.
No sirve de nada.
Entro en pánico.
Lo desconecto y lo busco manualmente.
Sigue sin aparecer en pantalla.
Asumo que desapareció.
La llamada del empleado bancario -que justo tuvo que marcar el número equivocado en ese ratito- había arruinado, de alguna forma, la grabación. Desde aquí quiero agradecérselo al muy miserable.
Me deprimo. Apago la luz y paso las 7 horas siguientes en un estado lamentable. Intentando recordar las declaraciones del entrevistado. Estoy al borde del colapso. Logro teclear un trabajo que nomás es para "cumplir", para sacar un 6 y no reprobar. Lo que pudo ser un gran texto digno de un 10, se convierte en un fiasco. Uno de los tantos que conforman la vida. Justo cambio de opinión otra vez. La carrera es una puta mierda a la que no quiero dedicarme ¿Qué necesidad de tomar el riesgo de volver a pasar algo así? Pienso en abandonar los estudios. Irme a vivir bajo un puente con gente maloliente. O dedicarme a promocionar tarjetas bancarias por teléfono.
Ya no me da tiempo ni para dormir media hora. Son las 6:15 am, quedan 45 minutos para la última clase del semestre, en donde entregaré el trabajo final que tanto dolor me costó. Decido tomar una ducha. El agua sale helada. Para empeorar el panorama, mi madre olvidó prender el boiler. Pienso en ir sucio a la clase. Lo descarto. Agarro valor y me meto a la regadera. Duro diez minutos dentro, bañándome como si no hubiera mañana. Sin gritar, sin gemir. Hay otras sensaciones más duras que el tener agua a punto de congelarse sobre la piel. Salgo con mucho frío, temblando y tosiendo. Es lo bueno que tiene tocar fondo, que puedes hacer lo que sea.