
Entro a un lugarcito con la intención de encontrar algo que quite el hambre que tengo. Voy solo. Quiero comer y salir lo más rápido posible. Quiero regresar a caminar: aprovechar que el día está nublado y que caen pequeñas gotas del cielo. Se piensa mejor así.
Tomo asiento hasta el fondo en una mesa para cuatro. Es lo fantástico de los restaurantes baratos, no tienes que reservar ni esperar a que te asignen una mesa. Simplemente entras y te instalas en un rincón disponible.
Llega la mesera. Va vestida con un horrible vestido rosa. Debe odiar su trabajo, por obligarla a llevar esa ropa y por tener que atender a clientes tan desagradables como yo (para compensarlo pienso darle una propina sobresaliente, aunque después tenga que juntarla y repartirla con el resto de los empleados).
—Buenas tardes, aquí tiene la carta.
—Gracias.
—¿Algo de tomar?
Antes de que eche un vistazo al menú, la mujer me dice:
—Hoy tenemos a las tortas al 2x1
Adoro cuando el mundo en el que vivimos se coordina para hacerte subir de peso.
—Ah, qué bien, ¿y de qué son las tortas?
—De mango.
—¿De mango? ¿De qué me está hablando?
—Las tortas son de mango.
—¿Habla en serio?
—Señor, se lo digo en serio, las tortas que están al 2x1 son las de mango.
—...
—También tenemos unas bañadas en salmuera, están riquísimas.
—No me interesa, pediré otra cosa. ¿A quién se le ocurrió preparar tortas de mango?
—A usted
—¿A mí?
—Señor, esto es un sueño. Yo no existo. Las tortas de mango tampoco, son producto de su imaginación. Probablemente sean un deseo no cumplido de la infancia.
—De niño jamás se pasó por mi mente la idea de disfrutar una torta de mango, no me venga con eso, por favor.
—Entonces no sé, la verdad es que me da igual. Soy inmune a los sentimientos. No estoy viva. Ni siquiera estoy muerta. Dejaré de existir en cuando usted despierte.
—No, espere, no se vaya, quiero algo de comer. Llevo varios días sin probar algo que me agrade. Allá en el lugar en el que vivo la vida es muy difícil.
Tomo la carta y miro los platillos: Arroz con aceite de ganso. Pasta a la colilla de cigarro. Mantecados de vello facial. Tacos de papel. Pizza sin ingredientes. Pastel de roca. Calabacitas rellanas de helio. Cocos perforados. Nieve derretida. Conos cubiertos de yeso. Sushi a la panameña. Tostadas remojadas...
La sensación de asco llegó al máximo cuando vi el Lémur al mojo de ajo. Me levanté y salí del lugar pensando que incluso los sueños han dejado de ser territorio seguro.