lunes, 16 de abril de 2012

El libro que no devolví



Por aquel entonces estaba teniendo problemas con las matemáticas. Igual que ahora, igual que siempre. Estaba cerca de un examen definitorio y tenía que pasarlo a menos de que quisiera repetir el primer año de secundaria.  Básicamente no sabía nada. Utilizaba las clases para platicar con mis compañeros. Mis deficiencias en la materia estaban fundamentadas en mi desinterés por la misma. No metía entusiasmo que, junto con mi poca facilidad para los números, daba por resultado una combinación bomba. Lo único que quedaba era buscar clases particulares donde me enseñaran de manera apresurado todo aquello que no aprendí en un año. Mi madre preguntó entre sus conocidos y, luego de mucho intentarlo, acabó por escuchar el nombre de un joven de unos 23 años que dedicaba su tiempo libre a dar lecciones a niños menores de quince años. Junto conmigo se apuntó un compañero que también andaba en aprietos. Se llamaba Arturo. Las clases eran en la casa del maestro que no quedaba lejos de la nuestra. Generalmente nos sentábamos en el comedor y ahí, durante una hora, nos iba a enseñando los que temas que creíamos irían en el examen. 

Pasamos así un mes. Le entendía bien. Supe desde entonces que el trato generalizado jamás ha funcionado conmigo y que me desempeño mejor con grupos reducidos en los que puedo recibir atención personalizada. Normal. En dos semanas logré comprender lo que meses atrás se me presentaba imposible e incluso llegué a creer que las matemáticas no eran del todo aburridas, idea que deseché al poco tiempo una vez que pasé el examen y no volví a tener necesidad de adentrarme en ellas.

Arturo y yo estuvimos, igual que siempre, puestos desde temprano para la última de las sesiones. El profesor aún no llegaba (estaba en el último semestre de la Universidad así que su hermana nos pidió que lo esperáramos en la sala). Estuvimos así media hora. Empezó a llover. Creímos que no iría. Finalmente lo hizo. Llegó con un impermeable y se le notaba de mal humor. Suban, nos dijo. Ese día conocimos su habitación. Prendió su computadora. Les seré sinceros, hoy tengo flojera, no puedo enseñarles nada, nos dijo. Puso música y empezó a platicar de cualquier cosa. No recuerdo casi nada, hasta que empezó a hablar de literatura. Sacó una caja grande llena de libros que tenía en el armario. Le pregunté cuál era su favorito. Buscó entre ellos y sacó uno. Es éste, me dijo. Era El amor en los tiempos del cólera. Le pregunté por qué. Me dijo que se lo había regalado una mujer muy importante en su vida. Lo he leído unas seis o siete veces desde entonces, dijo. Cada que lo hago puedo volver a acordarme de ella.

Nos pidió que agarráramos un libro. El único que quedaba prohibido era el de García Márquez. Arturo no quiso y yo dudé. Siempre he sido tímido y no quise meter mano en su colección. Él insistió. No sé, le dije. ¿Cuál crees que podría gustarme? Sacó uno de cuentos de terror. La portada era la pintura de una mujer gorda  desnuda abrazada por un esqueleto. Llévatelo, luego me cuentas tus impresiones, me dijo. Lo puse sobre mi pecho para que nadie en la calle viera la imagen de la gorda. Salimos de su habitación. En la puerta de la casa nos dimos una despedida ligera, la misma que se da cuando se tiene la certeza de que eventualmente los caminos de volverán a topar aunque no siempre termine siendo así.

Leí el libro durante la semana. Traía relatos de Poe, Lovecraft y otros tantos. El primero era uno titulado "La mujer indígena" que trababa sobre un gato o era uno titulado "El gato" que trataba del fantasma de una mujer indígena. No recuerdo. Lo disfruté mucho. Fue apenas el quinto libro que leí en mi vida. Uno fundamental para que luego convirtiera a la lectura en una actividad regular. 

Jamás se lo devolví. No supe si me lo regaló o si me lo prestó. Algo me decía que era esto último. Al no tomar ya clases con él no había oportunidad de verlo. Tenía planeado dárselo en cuanto nos encontráramos por ahí.

Pasaron los meses y no sucedió. El libro fue acumulando polvo. Me olvidé de él. Leí otras cosas. A veces miraba hacia al rincón de mi cuarto donde lo tenía y me causaba cierto pesar. Debí regresarlo, pensaba. Su presencia era una incomodidad latente que provocaba en mí efectos similares a los que se veía sometido el protagonista de El corazón delator.

Hace unos días, después de casi diez años, volví a ver a ese maestro. Pasó caminando cerca de mi casa y cruzamos las miradas. Ahora llevaba barba y no parecía el joven inocentón que me enseñó a hacer cierto tipo de operaciones. Aun así era fácil de reconocer. Creo que él también me recordó, pese a lo mucho que he cambiado, pese a la desgracia en la que me he convertido. Ninguno de los dos se animó a emitir palabra. Nuestros ojos lo decían todo. Había mucho tiempo de distancia desde la última vez que platicamos. Un saludo hubiera sido incómodo. ¿Se acordaría del libro? Yo lo hice. Supe también que no podía devolvérselo. Que nunca lo haría. Esos cuentos estarán para siempre en mi armario. Son un peso con el que cargaré cada que los vea o piense en ellos.
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