martes, 27 de diciembre de 2011

Cruzar las calles



Estas vacaciones me he dado cuenta de lo oxidado que estoy para cruzar las calles. Un par de años fueron suficientes para que perdiera la poca pericia que tenía para esta actividad que, como es bien sabido por las gallinas, es bastante importante. Dejar de recorrer lugares transitados durante periodos largos de tiempo tiene consecuencias fatales: te olvides del ritmo adecuado para lograr llegar al otro lado. Según he visto, lo importante es saber combinar paciencia con gallardía y tener la determinación para ir adelante. Al mismo tiempo hay que saber cuándo retroceder, que hay mucho loco al volante y nadie quiere pasar las celebraciones de año aplastado en la acra. Los expertos en la materia son capaces de dominar el asfalto haciendo que los conductores les teman logrando que así les cedan el paso. (Los mejores incluso son capaces de revertir los papeles cediendo el paso a los mismísimos autos con gestos de condescendencia en los mostrando quién es el amo)

Lo que ocurre es que valoro mucho mi vida. No puedo tomar riesgos a sabiendas de que una vida tan importante como la mía está en juego. Esto provoca pérdidas terribles de tiempo que invitan a que elabore reflexiones en torno a si no debería reducir mi autoestima en un par de kilogramos. Ayer por ejemplo, vi con aflicción cómo un par de ancianas se me adelantaban en el camino. Debo señalar que el paso de las décadas, amén de provocarles una generosa cantidad de arrugas y canas, les dio una enorme capacidad para atravesar calles aun cuando el tránsito vehícular es elevado. Sorprendido pude ver cómo dieron pasos tranquilos hacia la meta sin importar que un autobús y un camión de carga se encontraran a menos de 10 metros de sus bastones. Es más, todavía se dieron el lujo de continuar la conversación durante el trayecto y una de ellas hasta esbozó una sonrisa. Lo sé porque por estarlas observando casi fui arrollado por un impertinente conductor de bicicleta que tuvo el descaro de seguir pedaleando sin detenerse a preguntar por el estado de mis nervios.

Ante la falta de un semáforo que me auxiliara, tuve que aguardar hasta que un conductor me cediera el paso. Le agradecí asintiendo la cabeza y troté para no abusar de su generosidad. Detesto a los peatones que caminan lento en dichas condiciones, uno debe compensar la amabilidad haciendo que la pérdida de tiempo sea lo más pequeña posible para quien nos está ayudando.

Ya del otro lado pude asimilar que estoy fuera de forma y que lo mejor es ir practicando poco a poco. De nada sirve jugar al héroe. Intentar replicar viejas glorias (como la vez que crucé una avenida dos segundos después de llegar a ella provocando que un moto pizzero tuviera que hacer una maniobra con tal de no rebanar mi abdomen en dos partes) a estas alturas sería contraproducente. Debo tener la cordura que caracteriza a los aprendices que luego resultan maestros. Mientras tanto recordaré los principios básicos: mirar hacia ambos lados antes de cruzar, hacer caso a los semáforos y darle una oportunidad a los puentes peatonales. Cuando se decidan a ponerles escaleras eléctricas.

2 comentarios:

Sheliwirini dijo...

Odio cruzar las calles que son demasiado transitadas, soy muy mala también para hacerlo. Recuerdo una vez en el centro, unas amigas y yo tuvimos que esperar a que unas personas cruzaran para irnos detrás de ellos y no morir en el acto. En otra ocasión iba a cruzar una calle y venía un carro muy rápido, gracias a que me jalaron hacia atrás no pasó nada grave. Lo peor es quedarse en medio de la calle sin que nadie se detenga para ceder el paso..Tontos conductores.

Saludos :)

Juan Ramón V. Mora dijo...

Mi manera de cruzar las calles ha sido comparada con un duende y con la India María. No tengo ninguna autoridad para opinar.

As: Lucy In The Sky With Diamonds - The Beatles.

Atte: Juan Ramón.