viernes 21 de octubre de 2011

Por lo mismo de la intimidad


Entré al autobús y me acomodé a su lado sin saber que cometía un error. A simple vista parecía una señora cualquiera, una opción digna como compañera de asiento. Mejor al menos que el hombre de camisa rosa y gorra café que se encontraba en la fila de atrás. Lo que se busca en esas circunstancias es alguien que tenga cara de ser poco conversador, y que si se puede, no huela mal. Ella cumplía ambos requisitos; lo terrible es que llevaba consigo un grandísimo defecto: era lectora.

En cuanto vi que sacaba un libro de su bolsa, supe que el trayecto sería poco menos que insufrible. De una vez digo que yo también llevaba un libro, y no tengo nada en contra de los que añaden literatura a la fórmula para pasar el rato. Mi agobio provino por el hecho de que dos lectores no pueden estar a gusto en un área tan reducida.

Al estar hombro con hombro, actos tan simples como el de cambiar de página se volvían un martirio. Yo no quería tocarla, faltaba más. Ya no quiero tocar a nadie, ni ser tocado. Perdí el entusiasmo por el contacto físico de unos meses para acá. No me interesa, a menos de que se trate de una de las tres personas en las que pienso ahora, ninguna de las cuales será revelada.

Entonces podía leer sin problemas por un minuto o dos. Hasta que aparecía el momento fatídico en el que uno de los dos tenía que cambar de página. Para aumentar el fastidio, ambos llevábamos manga corta, de modo que nuestras pieles tenían un punto de encuentro para nada satisfactorio. La tersura de mi cutis desentonó con lo rasposo de sus brazos, logrando así el colapso de un porcentaje importante de mis nervios.

Considero a la lectura (igual que la escritura) una actividad íntima. Entre menos público, mejor. Noté que la señora pensaba igual por la forma peculiar con la que sujetaba su volumen. Curioso como soy, quise saber el título del libro que tenía, sin embargo, hábilmente decidió posar su mano (similar en tamaño a la de Kevin Garnett) sobre la portada, haciendo imposible que con miradas discretas pudiera no ya digamos saber el nombre de la ¿novela?, sino tan siquiera tener una idea sobre la editorial o el autor. Por lo mismo de la intimidad, no quería verme demasiado obvio volteando al costado, no, para un lector reservado eso equivale a que te miren los calzones, y yo no quería que la mujer en cuestión tuviera el más mínimo indicio de que yo sentía algo por ella.

Pasé la hora siguiente siendo presa de ansiedad y estupor . El contacto de nuestros brazos era un recordatorio de que no sabía el nombre de su libro, y que tenía pocas oportunidades de hacerlo.

Lo único que puedo decir es que era de unas 800 páginas, de pasta gruesa y de cubierta escarlata. Encima, por culpa de mi descuido, jugábamos en condiciones desiguales. La señora sabía que yo leía Siete noches de Borges. Noté incluso que hizo una ligera mueca como diciéndome que me había ganado la partida, que en cuanto quisiera podría ir a un a biblioteca a buscar ese libro, mientras que yo no podría hacer lo mismo. Acepté la derrota prosiguiendo la lectura sin poder concentrarme. Los pensamientos los tenía puestos en otro sitio.

Abandoné el autobús pensando que de ahora en adelante podré tener contacto con decenas de novelas, poemas, cuentos y biografías; pero que la sombra del libro escarlata irá conmigo allá a donde vaya. Cada que visite una librería, pensaré en que ahí no estará, porque no hay dos libros iguales, por más que sean de la misma edición.
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