
Es raro que use el transporte público. En los pocos casos en los que el chofer no me puede llevar en la limusina opto por caminar. La mayoría de los lugares que frecuento quedan cerca, así que no hay motivo para abordar taxis, autobuses ni similares. Cuando pasa no tengo gran problema. Siempre y cuando tenga un lugar donde sentarme es algo que pasa de largo. Hoy por ejemplo tomé un camión. As usual, revisé que las monedas que traía juntaran lo necesario para pagar. Lo comprobé seis veces, me la paso pensando que una moneda pudo caerse por el pantalón y no quiero entorpecer la fila. Hacía mucho sol y aguardé en la parada con ansias. Me extrañó que nadie de los que estaban esperando se sentara en la banquita disponible. Eran seis personas que preferían estar de pie. Cuando tomé asiento me di cuenta por qué, ahí abajo el sol daba directo a los ojos. Pensé pararme. No lo hice por orgullo, aguante ahí para que nadie pensara que era un imbécil que se arrepentía a las primeras de cambio. Casi quince minutos para que el que necesitaba abordar se dignara a aparecer.
El pequeño grupo se amontonó para poder entrar. Nadie está dispuesto a perder veinte segundos más. Hay que llegar rápido a casa para ver la novela. Quedo en último, no me apetece mostrarme como un desesperado. Delante de mí va un tipo con una rastas a las que les falta poco para llegar al suelo. Me da asco, me cae mal y huele idem. Di un paso atrás para evitar que en un movimiento brusco terminara por impactar con su cabellera. Ya dentro, tomo asiento a lado de una muchacha a la que le debo llevar uno o dos años. Antes de hacerlo había notado que me miraba, incluso desde que estábamos en la parada. Cuando le regreso el gesto voltea a otro lado rápidamente. Segundos después se repite la operación. Razón suficiente como para que miles de teorías atraviesen por ahí. De hecho por eso me senté a lado suyo, teniendo la opción de acompañar a un señor o de acaparar uno de los asientos vacíos hasta atrás.
Avanzaba el camión y mientras leía un número original de Los Agachados de Rius que había comprado en diez pesosm percibí que ella me había volteado a ver un par de veces más. Me llevé las manos a la cara: uno nunca sabe, puedes traer un ramita pegada que te haga lucir ridículo sin darte cuenta. Nada, mi rostro estaba como siempre, lo cual no era tampoco una noticia digna de celebrarse. Yo la había visto también. Blanca, cabello castaño claro, menudita, de mirada triste, con las mangas del suéter tapándole la mano. Resultaba simpática. Faltaba mucho camino, el conductor iba a ritmo lento y por tanto me dieron ganas de platicar con ella. Unas ganas inmensas. Pensé en varios planes. Desde soltar un simple "Hola" hasta escribirle en una hoja el siguiente mensaje:
Estoy aburridísimo, ¿quieres platicar conmigo? Piénsalo bien, no me obligues a intentarlo con la señora de aquí a lado.
No lo hice. Hace un año probablemente me hubiera animado. Platicaría sobre cualquier tema y sería gracioso. Y le preguntaría por su música favorita, y luego sabría su nombre. Ahora no, minutos después dejé el camión, pensando en la oportunidad perdida; en lo que pudo pasar en otro tiempo; que quizás ese sería el punto de partida para algo más grande, algo que cambiara por completo el rumbo de las cosas.
Ah, la negatividad, esa que me recuerda que han dicho que tengo la cara de psicópata; esa que me dice que la hubiera asustado; esa que me dice que me hubiera dicho que no; que lo más seguro era que esas miradas se trataran de una casualidad.
Lo más seguro.