martes, 28 de septiembre de 2010

Radio, radio


Mi madre tiene la costumbre de dejar el radio prendido todo el día. Desconozco las razones, lo único que sé es que apenas pone un pie fuera de la cama va y sintoniza alguna estación, mayoritariamente de noticias.

Costumbres antiguas, sin duda, porque aunque todavía hay alguno que otro estudiante que se dedica a hacerlo, la mayoría hemos dejado a las radiofrecuencias como un mero recuerdo de la vida poca llevadora que existía antes del desarrollo de internet de manera comercial.

Que yo recuerde, hubo un breve periodo en el que me enganché a el radio. Calculo que habrá sido hace unos ocho años cuando no tenía una computadora personal con la cual desvelarme. Ya sabrán que una vez descartados el buscaminas y la pornografía no quedan muchas alternativas con la cual acompañar al insomnio, así que era común que buscara en alguna estación algo relativamente agradable.

Contrario a lo que podría pensarse, no lo hacía por la música, lo que quería era radio hablada. De cierto modo sigo creyendo que hay algo especial en estar escuchando en vivo (y en eso pierden puntos los podcasts) a alguien de voz misteriosa hablando de cualquier cosa. Cuando encima no tienes televisión por cable, lo que uno más quiere es algo que mantenga activa la mente que en la obscuridad suele perderse entorno a pensamientos depresivos. Wait...

La música me importaba tan poco que llegué a escuchar programas nocturnos de música grupera (género que aborrezco) en los que habían conductores carismáticos. Uno de ellos se llamaba "Hijos de la madrugada" y lo conducía un tipo que se hacía llamar con el elegante apelativo de "El gato". Me gustaba porque no traía la dinámica estúpida de hacer bromas pesadas a quienes se encontraban descansando en la falsa seguridad de sus almohadas. Por cada dos canciones venían varios minutos en los que recibía llamadas del público (en su mayoría mujeres) que contaban penurias amorosas y demás temas que satisfacían a nuestros espíritus metiches en la comodidad de nuestras camas.

Estuve varios meses oyéndolo. Llegó un momento en que consideré adherirme al mundillo grupero. El locutor, y todos los que llamaban parecían personas agradables, ajenas al cliché de maleducación y vulgaridad en el que los tenían encasillados. Por si fuera poco, con el tiempo empecé a identificar a algunos grupos, y había unas cuantas canciones que me resultaban agradables de las cuales ya no recuerdo sus títulos. Todo iba perfecto, pero cuando estaba a punto de pedirle a mis padres que me compraran unas botas y sombrero, descubrí con terror que debido a su creciente popularidad, los ejecutivos de la Ké Buena habían tomado la decisión de cambiar al gato a otro horario (al de la tarde), siendo sustituyendo por una tal "Ardilla", una joven dicharachera que aportaba más estridencia que contenido a las dos horas que duraba la emisión. La comunión existente entre los hijos de la madrugada se perdió ya que la nueva conductora era más burlona. Se extrañaba la presencia del consejero reflexivo de su antecesor.

Ahí me di cuenta que por más que quisiera la música grupera no me iba a entrar del todo. Le había agarrado el gusto, acaso por la combinación de entretenimiento aportado por el contenido que había entre una canción y otra que por la música en sí. O quizás haya sido porque La ardilla no tenía buena mano para eso de seleccionar temas. Sigo sin saberlo.

La verdad es que aunque El Gato me caía bien, no estaba dispuesto a escucharlo a las dos de la tarde. Más allá de que a esa hora estuviera en la escuela, lo que yo quería era compañía auditiva nocturna. Una vez dejando de lado a la Ké Buena, emprendí una nueva exploración con la esperanza de encontrar algo similar. No tardé mucho en hallar unas voces interesantes en Los 40 principales, o en su equivalente en aquel tiempo. Recuerdo que andaba moviendo la ruedita de mi radioreceptor cuando las voces de tres tipos me llamaron la atención. Estaban hablando de los peores baños en los que habían estado, e inmediatamente recordé la vez que por azares del destino usé el de una vecindad en el que una simple cortina separaba al retrete (un cubo de cemento con un agujero, mejor dicho) del patio central donde había decenas de personas platicando. A partir de ahí me enganché. También estaban las llamadas del público que contaban anécdotas graciosas al respecto. Me volví seguidor de aquellos hombres, uno de ellos era apodado Bazooka. Era que el que "menos bien" me caía pero el de mote más recordable. Hubo otro programa de comidas exóticas versión hogareña, en el que cada uno iba contando las recetas a las que tenían que recurrir cuando no había suficiente armamento en la alacena. Basta decir que la más apetitosa de ellas eran una galletas saladas untadas con mostaza. De ahí para abajo, con platillos humillantes desfilando por nuestros oídos.

La música seguía siendo deficiente, pero aunque medio fresa, de vez en cuando caía alguna de The Cure o Duran Duran. Las choteadas de siempre, sí, pero agradables a fin de cuentas.

Aunque "Los Hijos de la madrugada" y "El programa del que no recuerdo el nombre" eran a los que recurría de cajón, también de vez en cuando ponía a Mariana H en imagen, la cual hablaba menos pero era más interesante y con mucho mejor música y al Warpig y al Reverendo con sus 2 horas d'brayan.

Más cambios de horarios y salidas de conductores (para las cadenas era más barato programar música que pagarle a tres idiotas para que hablaran de pipí y popó) sumado a que por fin tuve una computadora en mi habitación hicieron que abandonara paulatinamente la tradición que había adoptado meses atrás. Y aunque ahora he cubierto ese hueco con todo lo que conlleva internet (redes sociales, foros, noticias, blogs, etc.) todavía recuerdo con cariño aquellos días en los que me di cuenta que no era el único chico que estaba despierto a esas horas, con el volumen bajo para no despertar a sus padres.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Radio, Radio
In the middle of every field,
obscured from the side by grass
or curnhusks, is a clearing where
she works burying swans alive
into the black earth. She only
buries their bodies, their wings.
She packs the dirt tight around
their noodle necks & they shake
like long eyelashes in a hurricane.
She makes me feed them by hand
twice a day for one full year: grain,
bits of chopped fish. Then she
takes me to the tin toolshed.
Again she shows me the world
inside her silver transistor radio.
She hands me the scythe.

Mechicabota dijo...

Mi madre también escucha la radio todo el día!

Yo cuando tenía esa necesidad de escuchar a alguien a la noche, no necesitaba buscar, lo conocía a Dolina y empecé a escuchar su programa "La venganza será terrible". Te lo recomiendo, están varios programas para bajar y otros están en Goear.

Aaaah, los amores nocturnos (L)

Annie Van Halen dijo...

Por lo que veo, eras fan del Tlacuache, jaja. Yo no conocía de su existencia hasta que me tocó trabajar en los 40 Principales. Qué simpático. ¡Saludos!

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