martes, 23 de noviembre de 2010

Oportunidad del camión


Es raro que use el transporte público. En los pocos casos en los que el chofer no me puede llevar en la limusina opto por caminar. La mayoría de los lugares que frecuento quedan cerca, así que no hay motivo para abordar taxis, autobuses ni similares. Cuando pasa no tengo gran problema. Siempre y cuando tenga un lugar donde sentarme es algo que pasa de largo. Hoy por ejemplo tomé un camión. As usual, revisé que las monedas que traía juntaran lo necesario para pagar. Lo comprobé seis veces, me la paso pensando que una moneda pudo caerse por el pantalón y no quiero entorpecer la fila. Hacía mucho sol y aguardé en la parada con ansias. Me extrañó que nadie de los que estaban esperando se sentara en la banquita disponible. Eran seis personas que preferían estar de pie. Cuando tomé asiento me di cuenta por qué, ahí abajo el sol daba directo a los ojos. Pensé pararme. No lo hice por orgullo, aguante ahí para que nadie pensara que era un imbécil que se arrepentía a las primeras de cambio. Casi quince minutos para que el que necesitaba abordar se dignara a aparecer.

El pequeño grupo se amontonó para poder entrar. Nadie está dispuesto a perder veinte segundos más. Hay que llegar rápido a casa para ver la novela. Quedo en último, no me apetece mostrarme como un desesperado. Delante de mí va un tipo con una rastas a las que les falta poco para llegar al suelo. Me da asco, me cae mal y huele idem. Di un paso atrás para evitar que en un movimiento brusco terminara por impactar con su cabellera. Ya dentro, tomo asiento a lado de una muchacha a la que le debo llevar uno o dos años. Antes de hacerlo había notado que me miraba, incluso desde que estábamos en la parada. Cuando le regreso el gesto voltea a otro lado rápidamente. Segundos después se repite la operación. Razón suficiente como para que miles de teorías atraviesen por ahí. De hecho por eso me senté a lado suyo, teniendo la opción de acompañar a un señor o de acaparar uno de los asientos vacíos hasta atrás.

Avanzaba el camión y mientras leía un número original de Los Agachados de Rius que había comprado en diez pesosm percibí que ella me había volteado a ver un par de veces más. Me llevé las manos a la cara: uno nunca sabe, puedes traer un ramita pegada que te haga lucir ridículo sin darte cuenta. Nada, mi rostro estaba como siempre, lo cual no era tampoco una noticia digna de celebrarse. Yo la había visto también. Blanca, cabello castaño claro, menudita, de mirada triste, con las mangas del suéter tapándole la mano. Resultaba simpática. Faltaba mucho camino, el conductor iba a ritmo lento y por tanto me dieron ganas de platicar con ella. Unas ganas inmensas. Pensé en varios planes. Desde soltar un simple "Hola" hasta escribirle en una hoja el siguiente mensaje:

Estoy aburridísimo, ¿quieres platicar conmigo? Piénsalo bien, no me obligues a intentarlo con la señora de aquí a lado.

No lo hice. Hace un año probablemente me hubiera animado. Platicaría sobre cualquier tema y sería gracioso. Y le preguntaría por su música favorita, y luego sabría su nombre. Ahora no, minutos después dejé el camión, pensando en la oportunidad perdida; en lo que pudo pasar en otro tiempo; que quizás ese sería el punto de partida para algo más grande, algo que cambiara por completo el rumbo de las cosas.

Ah, la negatividad, esa que me recuerda que han dicho que tengo la cara de psicópata; esa que me dice que la hubiera asustado; esa que me dice que me hubiera dicho que no; que lo más seguro era que esas miradas se trataran de una casualidad.

Lo más seguro.

domingo, 14 de noviembre de 2010

8 canciones de ruptura


Siendo un defensor de los álbumes de estudio frente a las recopilaciones de éxitos sonará extraño que últimamente me haya dado por hacer mis propias selecciones virtuales temáticas que hacen mirar a la música desde otra perspectiva. Puede que se deba a que ando leyendo Alta Fidelidad; el asunto es que armar una secuencia de temas es algo que te involucra y que te hace sentir más cercano a aquellas canciones que por primera vez se ven reunidas. A diferencia de esos recopilatorios oportunistas que no hacen más que tomar éxitos y ponerles una portada, hay algo artesanal cuando lo haces personalmente. Primero se elige un tema, luego se piensan en aquellas piezas que podrían encajar en el concepto. Se descartan algunas y en la marcha recuerdas a otras. Lo más complicado viene después al darles un orden. No se trata de ponerlas alfabéticamente y ya; debe haber una secuencia que tenga al escucha emocionado a cada instante. Es inadecuado poner un punk furioso después de un folk o un jazz. Entonces si quieres entregar algo digno, debes considerar varias combinaciones. Escucharlas una y otra vez hasta que quede. Incluso puede presentarse la situación en la que tengas que descartar una de tus favoritas porque rompe la dinámica creada por las otras selecciones.

Antes se hacían mixtapes que ahora parecen auténticas reliquias. Yo llegué hacer algunas, la mayoría de ellas con mis canciones de los Beatles preferidas y otras de temas agradables que iba atrapando en la radio y de los cuales nunca supe su nombre. Con la llegada del cd se perdió un poco, y con la aparición de los reproductores digitales se vieron sustituidas por playlists, que con todo lo bondadosos que puedan ser, carecen un poco de la magia de estarse machacando los dedos apretando botones una y otra vez esperando a que la grabación quedara completa. Quién sabe, quizás llegará el día en que consideremos copypastear como un trabajo cuidadoso, miraremos con nostalgia la selección de carpetas y la lentitud de esos veinte minutos que tarda en descargarse un álbum completo. Por lo mientras ese sentimiento corresponde a los cassettes con etiquetas donde se garabateaban mensajes con plumas bic.

Algunas ideas que estuve estacionadas últimamente. Lo genial es que encontré una página llamada 8tracks que está dedicada a mixes de, sí, ocho canciones. Me pareció una hermosura, el sitio está repleto de finos mixtapes virtuales que me animaron a hacer uno. Total, que me registré, y el primero quise dedicarlo a un tema tan apasionante como triste: las rupturas amorosas. Subí una por una las canciones (la espera tiene su encanto, no crean), y al final quedó algo que, como resulta natural, es muy personal. Quienes me conozcan se darán cuenta de que no me salí mucho de aquellos artistas que son básicos en cada día de mi vida, lo cual creo, está bastante bien.

Les dejo embedeado el recopilatorio. Espero que a alguien le guste, y que hasta pueda ayudar a sobrellevar una derrota sentimental. Aquellos que siempre entran a leer en secreto, sin dejar comentario alguno, y que me ven a diario sin apenas soltar un gesto, pero ah, que me copian cual Xerox 914: NO LO ESCUCHEN. No va para ustedes. Ingratos.

martes, 2 de noviembre de 2010

Impresiones del Corona Capital

Desde que terminó, tenía intenciones de escribir de este festival. Cuestiones varias postergaron la cita y apenas hace unos días pude sentarme a acomodar las ideas para escribir algo. La memoria tiene caducidad, y hubo varias cosas que ya no tenía tan frescas como hubiera deseado, lo cual también sirvió de motivación: estaba consciente de que si dejaba pasar el tiempo iría olvidando más y más hasta que ya no quedara nada, de modo que empecé a teclear lo poco que aún seguía rondando por mi mente.

Aquí está pues, en la revista Spazz algunas opiniones y recuerdos de aquel día:

lunes, 1 de noviembre de 2010

Participando en el NaNoWriMo

El año pasado me enteré de algo llamado "NaNoWriMo", ustedes se preguntarán ¿qué es eso? y yo les diré que se refiere a National Novel Writing Month. La idea detrás del peculiar proyecto es que usuarios de todo el mundo se decidan a elaborar una novela durante el mes de noviembre. Las cosa es simple: debe tratarse de una obra de ficción que tenga como mínimo 50,000 palabras. El trabajo debe ser inédito y no se puede empezar escribir (trazar esquemas está permitido) hasta el 1 de Noviembre con fecha límite del 31 del mismo mes. El objetivo es liberar la mente; cuando se trabaja a granel se deja un poco de lado los bloqueos internos que exigen finura, obteniendo así liberación.

En aquel entonces me enteré a mediados de Noviembre por lo que ya no había gran oportunidad de entrarle, entonces decidí esperar hasta el 2010. Hace unos días ya ni me acordaba de esto, lo había olvidado, hasta que por milagros santísimos, en las noticias radiofónicas pasaron una capsula de tecnología en la que lo mencionaban. Bingo, ahora sí lo intentaría.

Más vale calidad que cantidad, dicen, y es cierto, sí, pero también es cierto que si la cantidad es suficiente algo de calidad se colará. Por ello he decido participar en el NaNoWriMo centrándome en él plenamente. Como es de suponerse esto absorberá la mayor parte de mi capacidad de escritura, de modo que este blog dejará su dinámica habitual para convertirse, durante este mes en un lugar en donde podré extractos de la obra en construcción.

¿De qué tratará la novela? ¡No lo sé! Tengo algunas ideas en mente, la mayoría de ellas sin relación con la otra. No importa, creo que parte central de la actividad consiste en dejar de pensarse las cosas para poder actuar, eso es lo que haré. Ya les contaré si lo logro o si debo añadir una nueva línea a mi lista de fracasos

jueves, 28 de octubre de 2010

Elimando Unas Junes

Recibí dos mensajes de texto de un número desconocido:

Hola hola doñita muy buen dia. Oiga q hace? Q l parc si jj imvitn un dsayuno herbalife?

Hola hola muy buenas nochs doña ely. Kmo sta, qanto x sus mnsgs oq ya no c aqerda d la banda ¿? Jajajajaja

Hubo un par de días entre la llegada del primero y el segundo. En otras circunstancias (mejores tiempos y menos traumas ) hubiera contestado los SMS haciéndome pasar por doña Ely, o para aclarar al sujeto en cuestión que se equivocó de número o para decirle que intentara estafar a otra persona. Ahora simplemente vengo y lo posteo.

Abrí un blog de traducciones.

Hoy un maestro se abstuvo de devolverme el saludo. Procuraré tener una actitud diferente hacia él sin que se esto se extienda al resto del mundo.

El título de esta entrada no significa nada, fantaseaba con que nadie entendiera lo que digo de manera justificada por primera vez

Otra línea para decir que planeo recuperar la tradición de contestar todo comentario que dejen aquí.

domingo, 24 de octubre de 2010

Spazztube 2.1


Dando clic aquí (primero saluden al hombre que arriba utiliza el micrófono como dardo) irán a mi más reciente colaboración para Spazz: una serie de comentarios breves acerca de los siguientes temas:

Speedway
Teenage Love
I'm Down
Weekend Without Make Up
La Madrague

¿Quieren saber a qué artistas corresponden? entonces hagan lo que les digo y disfruten de los videos incluidos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

En gratitud

(Imagen tomada de aquí.)

Estaba sentado en la banqueta. Son muy cómodas. Si un día voy a ser atropellado espero que sea sentado. Vaya desgaste eso de tenerse que poner de pie para morir. Miraba el cielo, que es lo que hacen las personas cuando no hay televisión. Segundos atrás había echado un vistazo alrededor. Nadie interesante; ninguna sonrisa. Iba a perder la mente. Las nubes estaban bien, tenían formas. No las alcanzaba a comprender, no importaba, lo mismo pasa con algunas pinturas que son consideradas obras maestras. No dibujo ni bien ni mal lo cual es una pena, me encantaría ser caricaturista. Pienso en eso cuando un vagabundo se posa a mi lado. Huele mal, ¿dónde se bañan los vagabundos? Alguna vez lo tienen que hacer, creo yo. La fantasía infantil de escapar de casa tenía algo claro: iré a Sanborns a lavarme las manos y la cara a diario. Quiero ser un indigente de categoría. Sería famoso, las propinas serían constantes. Los clientes preferirían dar cinco pesos a una mano limpia que a una ennegrecida. Higiene ante todo.

Las nubes se fueron. Ya no podía verlas. El hombre estaba cerca de mí. No era sólo su pestilencia, había otras cosas que me distraían. Noté que me miraba. -¿Se le ofrece algo? -le dije-, Me está estropeando la velada. -Yo a ti te conozco -respondió. Para mí todas las personas de la calle son iguales. Tienen una mirada similar, están sucios y pidiendo dinero. La ropa que llevan suelen estropearse al máximo por lo que termina por llegar a sus bases: se convierte en tela sin más. Luego el vello facial los cubre, es imposible mirar un lunar que los identifique. -No lo conozco, jamás lo había visto en mi vida y espero continuar de esa manera-contesté. Me levanté. Crucé media calle cuando el vagabundo gritó mi nombre. Decidí regresar.

Necesito un Dobermann. Tengo un gatito que no está dispuesto a morir por mí. El maldito sólo me quería por mi dinero, por mis croquetas. Como una mujer interesada sólo que en modesto. Pude haberme ido de ese lugar pero prefiero el miedo que la duda.

-¿Cómo sabe mi nombre?
-¿No te acuerdas de mí?
-Conozco a un par de embajadores, espero entienda que no presto mucho interés a los de su estilo.
-Una vez me diste una moneda.
-Veo que no le sacó provecho.
-Olvidé darte las gracias.
-No importa. Quien da limosna lo hace más por satisfacción propia que ajena.
-No te lo dije aquella tarde, pero soy un escritor. O lo era, no sé. El caso es que a nadie le gustaban mis poemas. Soy pobre porque lo único que sé hacer escribir. Si supiera pintar casas lo haría. Si pudiera hacer esculturas lo haría. Si fuera capaz de estafar no estaría aquí platicando contigo. Amigo, yo sólo sé escribir, lo cual es una condena cuando nadie te admira. A falta de lectores he tenido que recurrir a pedir dinero.

Sentí algo de pena por él.

-No se preocupe. La gente ya no lee. Mire a Kafka, a Dostoievski, escritores de primera línea que apenas son leídos hoy en día. Apuesto a que nadie en esta calle es un lector ávido. Pregúnteles por esos dos, muchos pensarán que el primero es un faraón egipcio y que el segundo un deporte de alto riesgo. Usted está como ellos. Con la diferencia de que le falta tener libros en la biblioteca, ser parte de algunas enciclopedias y de tener la característica de los grandes escritores: ser respetado sin haber sido leído...
-Tome, es un poema que escribí el otro día.
-No hace falta, hombre.
-Tengo decenas, acostumbro darle uno a todo aquel que se apiada de mí. Ahora me acerqué a usted porque la última vez que nos vimos no traía ninguno. Se lo debo.
-Ahora me tengo que ir, tengo que regar una planta.
-Nos veremos luego.

Llegué a casa. Me lavé las manos. Puse un disco de Neil Young. Abrí el papel que me dio.

Decía:

perdí a un amigo
tenía dos vueltas
una la conocía
era la mía.
le invité un trago
ya se lo había bebido,
estaba la distancia,
él y yo,
solos con el líquido.
para quién escribo,
no sé,
la manera en que vivo,
hace que pase el tiempo
mas no la vida,
así que alzo la pluma,
transfiero palabras
para que alguien,
que tenga sombra,
las salve.

lunes, 11 de octubre de 2010

Maestra Juanita


Recuerdo el año que viví en Monterrey con mucho cariño. En ese entonces era demasiado joven para darme cuenta, ahora doce años después puedo decir que esos 365 días fueron de lo mejor de mi vida. Simpatizo con la ciudad, me duele un poco ver que ahora se encuentre tan mal cuando hace no mucho era para mí cercano a un paraíso. En casa hasta el último mes no tuvimos estufa, no era necesario. Nos la pasábamos en restaurantes, o en puestos de comida callejera. Cada domingo era costumbre ir a un buffet, al de los Generales o al de algún hotel como el Holiday Inn. Subí como veinte kilos. No me percaté, como tampoco caché que había agregado palabras como "vato", "huerco" y "morro" a mi vocabulario. Tengo decenas de anécdotas. Vivía en un departamento, tenía muchos amiguitos: los de la colonia y los de la escuela. Iba en tercero de primaria. Al principio fue complicado porque cuando entré ya todos se conocían. Eran amigos del alma que estaban juntos desde maternal. La gente ahí era sociable, divididos en tribus que no se separaban hasta la universidad. Entonces llegué yo, como el único ente extraño a los alrededores. Me habían dicho que no hablara como chilango ni que mencionara nada del DF porque eso me haría ganar enemigos. No sé, nunca hubo necesidad. Todo transcurrió normal. Fui recibido cálidamente en una escuela pintada de guinda que más bien parecía rosa. Es desagradable que por querer tener una apariencia distintiva los colegios acaben recurriendo a despropósitos semejantes. No, todo iba bien. En la colonia era mejor, quizás hable algún día de ello. Por el momento me limitaré a contar de la maestra Juanita, la negrita en al arroz de esa excelente temporada.

Yo veía que los de primero, segundo, cuarto, quinto y sexto tenían maestros jóvenes y de aspecto simpaticón. Los envidiaba porque Juanita era todo lo contrario, era alguien a la vieja usanza, llevaba ropa vieja y pasaba de los sesenta años. Yo le caía mal. Una vez le entregué mi tarea escrita con letra cursiva y ella no creyó que estuviera hecha por mí. Decía que la letra era demasiada bonita y que yo escribía feo. Me pidió que pasara al pizarrón para hacer una prueba comparativa, -a ver, escribe una M -me dijo. Lo hice, y me salió horrible. Obviamente no es lo mismo escribir en un bello cuaderno con un lápiz bien afilado que hacerlo con un gis moribundo. No necesitó más, ninguna explicación la convenció. Fue la primera vez que me quedé sin recreo.

Era un buen estudiante. De esos que sacaban 8.1 de promedio. Así había sido en los dos primeros años de primaria. En Monterrey todo cambió. La maestra se ensañaba tanto conmigo que llegó el momento en el que dejé de esforzarme. Recuerdo haber pensado "si me va a regañar que al menos lo haga con motivos", fue así que empecé a dejar de poner atención, de estudiar y prepararme para los exámenes. Creo que fue ahí cuando inició la tendencia de mal estudiante que continuaría hasta la preparatoria.

A la mitad del curso hicimos un examen bimestral. Días después la profesora nos dejó ver los exámenes calificados para ver en qué nos habíamos equivocado. Había un seis bien remarcado con rojo en el mío. No le dí importancia, lo guardé en mi mochila. A la mañana siguiente Juanita me estaba esperando en la entrada a la escuela. Me pareció muy extraño. Olvidé decir que tenía un ojo desviado, bizco como se suele decir. A veces costaba darse cuenta que te estaba mirando, Luego de dudarlo unos segundo me interceptó. -Vamos a la dirección -dijo. Ahí estaba la directora de la escuela. Se veía enojada, los ojos de Juanita eran una belleza a lado de los suyos que parecían de pistola.

-¿Dónde está el examen?
-En mi mochila.
-¿Y qué hace ahí?
-La maestra nos los dio.
-No es cierto, directora. Se los presté un ratito para que los vieran nada más.
-Sí se los dio entonces-
-Bueno...sí, pero todos lo devolvieron excepto él.
-No sabía que lo teníamos que regresar.
-Se los dije clarito, joven. No me haga quedar mal por favor.
-Acaban de violar el reglamento interno de la escuela.
-...
-...
-Usted váyase a clase en lo que hablo con la maestra.

Todo un drama sólo porque me había llevado une examen dizque oficial a mi casa. Imagino que hubo un fuerte regaño de por medio porque al otro día Juanita me anunció que estaría dos meses sin recreo. Dos meses, sí. A diario veía cómo todos salían corriendo con el sonido de la campana. Menos yo que me tenía quedar en el salón frío y su focos ahorradores de energía. Cuando no llevaba lunch me daba cinco minutos para ir a comprar algo a la tiendita. Luego regresaba a hacerle compañía. Ahí estábamos los dos, sin decir nada. Ella con su chayotes al vapor y yo con mis sincronizadas frías. De lejos se escuchaban gritos de diversión, celebraciones de gol, risas , caídas. Miles de instantes irrepetibles transcurrían conmigo sentado en un pupitre.

La malvada no se rindió, ¿no tenía otra cosa que hacer? No, no se llevaba bien con los maestros. Una vez le pedí a mi ángel de la guardia hacerla cambiar de parecer. Algo me decía que luego de una o dos semanas se hartaría y levantaría el castigo. No sucedió. Probablemente no quería estar sola y yo era su justificación. No tenía a nadie en el mundo, así que sólo le quedaba joderme a mí. Fantástico.

Creo que los dos meses se extendieron, perdí la noción del tiempo, el caso es que perdí muchos recreos hasta que un día dijo las palabras mágicas:

-Ay, Carlos, ya vete. Diviértete.

Animado, salí corriendo con una sonrisa de oreja a oreja que se vio fracturada con el sonido de la campana. El tiempo de descanso había terminado justo cuando llevaba catorce segundos afuera. Miré hacia atrás y por primera vez la vi sonreír.

***

Debo decir que esto no fue lo suficientemente fuerte para arruinarme la vida. Semanas después de terminar el curso dejé Monterrey junto con mi familia para no regresar. Me pregunto si esta señora seguirá dando clases, y si tendrá ahora otras víctimas. Ya les contaré de algunos otros de mis maestros en otra ocasión.

jueves, 7 de octubre de 2010

El mundo necesita más árbitros alemanes


Para quien no se haya enterado: el video pertenece a un partido de la segunda división alemana. En medio de una jugada, Peter Niemeyer del Hertha BSC intenta tocar el hombro de la árbitro Bibiana Steinhaus. Antes de lograrlo, la mujer da un paso atrás por lo que el jugador termina por tocar ligeramente su seno izquierdo. En lugar de enojarse, hacer como no que pasó nada o sacar una tarjeta amarilla, Bibiana se echa a reír.

Me encantó la reacción. Da gusto que todavía existan personas con sentido del humor, que aun en el trabajo, sepan relajarse y entender que hay algunos errores que no merecen el drama. Ojalá todos siguieran su ejemplo. Y no estoy diciendo que salgan de sus casas a manosear mujeres, ni que, si son chicas, permitan que cualquier desconocido se aproveche de ustedes. No, lo que quisiera es que todos nos relajemos un poco. Las calles están llenas de individuos que se ofenden y te echan bronca si apenas los rozas con el hombro al pasar a lado de ellos. Acá tenemos la idea de que los alemanes son todos fríos y que los latinos somos cálidos y amables. Y no, gran parte de la gente es todo lo contrario. Andamos muy alterados, cualquier pequeñez es motivo de furia. Tranquilos. Estamos llenos de fallos, cuando menos burlémonos de ellos. La menor sonrisa es mejor que cualquier coraje.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Trayectoria criminal




Hoy estaba tan dormido que estuve a punto de robar un libro. Cada que me aburro y tengo unos minutos de sobra entre clases voy a la biblioteca. Ya he hablado un poco de ese lugar acogedor el cual brilla por su poca ventilación. Tienen algunos buenos títulos, alguna vez pensé en sustraer uno, cambié de planes cuando lo pude conseguir por mi cuenta. Analicé la situación y llegué a la conclusión de que, como nadie lo leía, no afectaría mucho que lo "perdiera" y pagara la multa. No era una atrocidad. Poco después preguntando en Porrúa resultó que me lo podían conseguir; una edición ochentera ligeramente fea. Leíble, eso sí.

Desde entonces todo siguió normal. Hasta hoy, que el maldormir me tuvo sin concentración. Luego de leer más o menos tres páginas decidí irme del sitio. Al cruzar la puerta empezó a sonar una alarma escandalosa (como toda buena alarma). Genial, traía el libro junto con mi libreta y copias. No me había dado cuenta que lo llevaba conmigo. Tampoco creía haberlo dejado, nada, simplemente no pensaba. La dependienta del la biblioteca se acercó a mí, le entregué el mamotreto rápidamente. Ni siquiera me disculpé lo suficiente, en otras circunstancias hubiera iniciado un discurso para limpiar mi imagen, algunas palabras para que creyera que fue sin intención. Le habría contando sobre la pésima semana que he tenido, que tenía sueño. No lo hice, se lo dí y me fui rápidamente. Estaba muy cansado.

Lo malo de tener un blog añejo como este es que ya no te acuerdas bien si ya contaste algo. Recientemente sobrepasé los 300 posts ¿Ya escribí de la vez que robé unos carritos de un Aurrerá? No lo sé, de todas formas ya que estamos en esto vale la pena contarlo.

Tenía ocho años. Era todavía más inocente que ahora. Los surpermercados tenían menos ofertas y más ilusión. Había unos aviones y carritos de juguete encantadores. Traían un impulsor que al ser presionado los hacía salir disparados. Muy bonitos. Los tomé y le dije a mi papá:

-¿Cuál me quieres comprar, el avión o el carrito?

No entendí por qué se río. No sólo le estaba dando la oportunidad de comprar algo divertido (mucho más que los alimentos que llevaba), además le estaba dando opciones a elegir. Tenían tan buen corazón que, aunque me gustaba más el carrito, le daba la última palabra a él. No fuera que se sintiera triste por mi elección. Dijo pídeseloalosreyes o alguna palabra que no entendí. Yo no podía hacerlo. En México hay millones de niños y en la tienda sólo tenían veinte juguetes así. Si parpadeaba se acababan. No había otra opción. Me llevaría los carritos y para compensarlo no le pediría a los reyes eso, sino un juego de nintendo. Era lo más justo que podía hacer.

Estuve unos veinte minutos haciéndome tonto hasta que mis padres terminaron las compras. Cuando se se dirigieron a la caja los perseguí. Tenía la caja del juguete en mis manos. Las coloqué a mis espaldas para que no lo notaran. Imitaba el andar de Sherlock Holmes sin saberlo. Seguí en la mía hasta llegar al auto. Antes de salir un policía se me quedó viendo. Le sonreí, y me devolvió el gesto. No sonó ninguna alarma.

Debo decir que no me sentí mal. Hoy en día no lo haría, no por miedo, por cuestiones éticas. Pero en aquel tiempo no estaba tan consciente de lo que hacía. Y no es que fuera por la vida como un demonio, al contrario, era tranquilo y educado. Tenían miles de artículos en Aurrerá. Sólo pagaban los adultos. Ellos a quienes les daba pena caminar raro y sonreír a la autoridad.

Y ahora soy así.