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martes, 4 de septiembre de 2012

Lo mismo desde 1902


Este semestre tomo una clase en otra facultad. La inscribí ahí porque quise conocer nuevos ambientes y lo único que encontré, y que de cierto modo ya sospechaba, es que no hay grandes diferencias entre un lugar y otro. La mayor parte de las personas tienen una equivalencia cercana. Una persona es especial en medida de que el número de kilómetros que la separan de otra igual es mayor a ochenta. No dejes que los ojos te engañen.

Y la facultad es un lugar enredado. He salido y entrado por una docena de lugares diferentes. Aún no memorizo el rostro de nadie. Ni siquiera el de los estudiantes con los que llevo la materia o el chico que se me acercó el otro día.

Voy camino a casa cuando noto que este joven me mira. No parece agresivo así que descarto que tenga un plan para robar una cartera que no traigo. Sigo el camino hasta que la pluma se me cae. La tomo del suelo y de reojo veo al chico observándome todavía. Procuro no darle importancia. Es difícil que lo haya enamorado. En las presentes circunstancias solo puedo lograr una proeza de ese calibre a través de las palabras y él jamás me ha escuchado. Además no es mi tipo, ningún hombre lo es. Considero que existen demasiados machos en el planeta. Con uno por cada diez mujeres sería suficiente. Mejores paisajes en los alrededores.

Ya en la puerta de salida noto que alguien toca mi hombro. Es el chico.

—Oye, disculpa, ¿dónde compraste tu playera?

Llevo una de Meat is Murder que compré en un concierto de Morrissey. Nadie nunca me había dicho nada sobre ella. Y bueno, no es que tuviera ahora una muchacha linda diciéndome que le gustaba ese grupo y que quería platicar sobre ellos conmigo, pero era bueno saber que luego de varios meses por fin alguien mostraba cierto interés.

—En la Ciudad de México. En un concierto. Aquí no he visto que la vendan.
—Es que a mi hermano es fan de esa banda.
—No lo culpo.
—Bueno, gracias. Perdona la molestia. Ya veré qué le regalo.
—No hubo ninguna, hasta luego. Puedes mandarla a hacer.

Hace días me di cuenta que me gusta conocer nuevas personas. Lo difícil es encontrar una que valga la pena. El chico no era la gran cosa y jamás seremos amigos pero al menos tuvo la decencia de iniciar una conversación. Va por ti, camarada.

martes, 31 de julio de 2012

La vejez tiene prisa


Los programas de radio dedicados a la salud son enfermizos. El problema no es con la salud, que por cierto me cae simpática, lo que desprecio es la forma en la que abordan temas delicados que casi siempre termina por hacer un llamado a la hipocondría. Lo gracioso es que, sin darse cuenta, los radioescuchas caen en un extraña adicción a escuchar  diariamente a un locutor  que les indica todas las horribles formas de las que podrían morir. Peores son los que se vuelven meros promotores de la homeopatía, confundiendo a la gente y tratando de forma liviana a personas que lo mejor que podrían hacer es acudir al médico.

Procuro evitarlos al máximo. Lastimosamente en la vida es común toparse con lo que se odia, sin importar lo mucho que te esfuerces o la grande que sea el mundo.

Hoy comí con unos familiares lejanos. En la cocina tenían puesto un programa sobre salud y ya con eso supe que terminaría por tener un ataque de agruras. Una opción era sugerir un cambio de estación, solo que no me sentí con la desfachatez suficiente como para promover cambios radicales en la rutina de unas personas amabilísimas con las que aún no desarrollo suficiente confianza.

El programa en cuestión trataba sobre obesidad. Además de algunas cifras, señalaron algunas de las causas y dieron consejos para bajar de peso. Hasta ahí no iba tan mal. Era soportable e incluso ayudaba a tapar los silencios incómodos de una conversación que no daba para mucho. La transmisión dio un giro fatal en cuanto dio inicio una entrevista con una doctora que, pese a tener una voz agradable, empezó a lanzar una serie de sentencias plenamente ofensivas.

En una de las respuestas, la mujer dijo: «la juventud va de los 12 a los 24 años, a partir de ahí el cuerpo entra en una nueva etapa». No pude disimular más, ofrecí una disculpa y anuncié que tenía que ir al baño.

Estuve lavando mis manos por alrededor de diez minutos a la espera de que apagaran el aparato o  que un grupo de inconformes tomara la estación. Era presa del pánico. Sé que para algunos será una ridiculez sentirse viejo a esta edad, pero el pensar que en menos de dos meses cumpliré 24 años hizo que sintiera un peso enorme en los hombros.

Dejaré de ser joven antes de lo previsto. Ya desde antes había notado cambios en mi forma de ser que eran indicios de que avanzaba en línea recta hacia la amargura de la madurez. El escándalo sería menor en otras circunstancias, ahora mismo no. 

Respeto a los adultos mayores. En términos generales los prefiero sobre los jóvenes e incluso he contado aquí lo mucho que me entusiasmaría tener canas en las sienes o contar ya con una vida consolidada como la que tienen los señores con varios años de matrimonio.

El hecho es que todavía no llego al lugar donde me gustaría estar. Tengo una idea de lo que busco, una idea nublada que puede adaptarse a varios recipientes siempre y cuando se cumplan los requerimientos que son lo fundamental. Y me falta. Es preocupante alejarse de una etapa donde se tienen algunas concesiones sociales que quizás no podré experimentar a partir de octubre.

Lo dicho. Los programas para la salud me enferman.

jueves, 12 de julio de 2012

Nuevos focos


Nos dijeron que los de la compañía de luz iban a regalar focos ahorradores de energía. Según esto, por cada uno de los focos normales que entregaras, te darían a cambio  cuatro de los que ahorran. Un miembro de la familia lo comentó y me opuse. No podemos ahorrar energía a costa de nuestra comodidad, le dije, esos focos son horribles, como máximo aptos para la vitrina de una carnicería.

Ahorras dinero, sí, lo que no te comentan es la frialdad de la luz que llevan. No puedo leer así, no puedo escribir así, no puedo vivir así. Necesito un foco tradicional de 100 watts, lo siento por la ecología y por el futuro de la humanidad.

Al día siguiente llegue a casa y vi que todos los focos habían sido cambiados. Lancé un alarido e inmediatamente pedí una explicación. Creo que de la impresión incluso caí en un desmayo. Dijeron que por la mañana cambiaron los focos que teníamos y que de ahora en adelante seríamos una casa preocupada por el medio ambiente. El resto de los integrantes prometió reducir su tiempo en la ducha a tan solo quince minutos por día. Una pesadilla.

No iba a dejarlo así. Fui a la tienda y compré varios focos normales con forma de pera, de esos que de manera transparente muestran su interior. Son como yo, por eso los desechan. 

Los metí en la caja fuerte donde tengo dinero y otras pertenencias. 

No le dije a nadie. Aquí dentro la situación se ha vuelto tensa. En cuanto ven un foco no-ahorrador de energía van y lo quitan. Así perdí a uno de mis muchachos.

Lo que hago cada noche es cerrar la puerta. Ya cuando los demás duermen pongo un foco de los viejos y me pongo a leer. Amo a las lámparas. Podría contraer matrimonio con un aparato de esos.

También quiero mucho a las velas, si no fuera por el peligro que la llama trae para los libros y las sábanas. Son demasiado románticas.

Qué fuerte es el amor



hace una semana vi una pareja que llamó mi atención
estaba adelante de mí en una fila para comprar algo,
quisiera decir que joyas o artículos de colección,
pero era más bien vasos con raspado
el mío sería, lo tenía decidido, de grosella

jamás he visto una grosella en mi vida.
su sabor es agradable, eso sí que sé.
y ahí estaban, él y ella esperando su turno,
yo no tenía otra cosa que hacer
así que los miré con fijeza.

el hombre comía un emparedado bien hecho
con jamón, lechuga. jitomate y queso
le daba pequeñas mordidas
lento como hormiga
qué desesperación, pensé,
debería tragárselo de una vez

el tipo de adelante seguía ordenando
varios raspados y no sé qué tanto más
tuve que seguir sufriendo esos amores
con los que estuve a punto de brincar atrás

fue ahí cuando el hombre del que hablo
empezó a besar a la mujer

pobre de ella, me dije, tener que probar los labios
de un hombre que recién probó un emparedado


quise ver si hacía una mueca de asco
y no hubo ninguna, para mi sorpresa


la vi feliz, sonriendo y dándole otro beso
el hombre volvió a morder su emparedado
y luego por fin, pudieron ordenar sus raspados

sin disimulo miré a los labios de ambos
no corría riesgos, ellos estaban a lo suyo

pude ver que él tenía un poco de mayonesa
en el labio del norte

me dio mucho asco
qué asquerosa es la mayonesa
eso pensé
pero también me dije
qué fuerte es el amor
cuando vi que se besaban otra vez

ya no vi la mayonesa en sus labios
la mujer, no cabe duda, la había probado
y no se apartó ni le reclamó nada
tampoco vi que diera arcadas
sonreía y lo besaba de nuevo
hasta que les dieron sus raspados y se fueron

¿qué va a querer?
un raspado de grosella

consideré que si se lo contaba alguien
diría que fue una cerveza
que la escena ocurrió en un bar
o en algún sitio decadente de la ciudad

pero también volví a pensar
qué fuerte es el amor
de verdad, qué fuerte es
más fuerte que los modales
la repulsión o la mentira

y aquí estoy, contando tal cual fue

viernes, 1 de junio de 2012

Has pensado demasiado



Incluso las buenas noticias terminan por parecerme malas. Pongamos el ejemplo de hoy. Fui a la escuela a arreglar un asunto y revisar unas calificaciones. Saludé a una amiga y platiqué con uno de los maestros. Habían pocas personas. Salí de ahí rumbo a una tienda para comprar algo de desayunar. Solo había dos cajas abiertas de quince disponibles. Tuve que aguantar una fila larguísima con gente que hacía la despensa de todo el mes. Yo solo llevaba un producto. Uno. La cuenta fue de veinte pesos. Le di al cerillo dos pesos. Parece poco, pero si uno se lo piensa en proporciones es bastante. La señora que estaba adelante de mí llevó tanta mercancía que la cuenta fue de mil quinientos pesos. El cerillo empacó todo con rapidez y destreza y al final recibió cinco pesos por su servicio. Fueron como veinte bolsas. Yo, en cambio, por una le di dos pesos. La señora debió haberle dado 40 pesos para estar a mi nivel de generosidad. Reconozco que si en lugar de cerillo hubiera sido una cerilla, le habría dado un peso más. Siempre lo hago así, pueden demandarme. Tengo preferencia por las mujeres. Me ablandan el corazón.  De ahí que me cause gracia cuando se quejan de desigualdades, algunas veces el juicio es válido, otras no tanto, la verdad es que en muchos campos tienen ventajas que el hombre apenas puede soñar.

Caminé rumbo a casa. Vivo cerca. A unos diez minutos. Es lo mejor de todo. A menudo escucho historias de estudiantes que viven a dos horas de la universidad. Se levantan a las cinco de la mañana para lograrlo. Algunos hasta trabajan. Son historias admirables y también tristes. ¿Cómo le harán? Yo tengo que hacer un esfuerzo titánico para asistir, aun cuando, en términos generales, no suponga un gran desplazamiento. Supongo que les gusta. Total respeto.

Cuando estoy a una cuadra de llegar a mi domicilio, veo a un hombre viejo caminar por la banqueta. Avanza con lentitud, rápidamente lo alcanzo, pienso que se debe a que eleva demasiado las piernas con cada paso. No es el anciano típico, éste está más arrugado, incluso en los brazos tienes decenas de pliegues delgados que se intercalan con unas heridas extrañas. 

La acera es estrecha. Solo hay espacio para que una persona y media caminen uno a lado del otro. Tengo que reducir la marcha. Considero la opción de rebasarlo pero me da un poco de pena. Temo ofenderlo o hacer que se sienta mal. Si bajo al pavimento para superarlo podría desatar una serie de pensamientos en su mente que incluyeran el "estoy muy viejo" o "quisiera volver a poder caminar como antes, lástima de estas reumas, ojalá muera pronto". Así que aguanto unos segundos más. Luego el sol arrecia y ya no sé. Quiero llegar a casa, no he comido como en 15 horas y necesito un poco de sombra. Qué diablos, me digo, esos pensamientos son paranoias mías, a él no creo que le importe, debe estar acostumbrado.

Así que abandono la banqueta y camino más rápido. Pronto lo supero y poco después vuelvo a subir a la banqueta. Sigo un poco apenado, no lo niego. Esto empeora cuando después de unos pasos veo tirado en el suelo un billete de 50 pesos. Ahí está la buena noticia a la que me refería al principio. Claro, no es mucho, pero es difícil encontrar dinero, hace años que no lo hago. Hay tanta necesidad que es casi imposible que alguien no se te adelante cuando de un billete se trata. Sigo avanzando y lo tomo. No me detengo e incluso cruzo la calle. Ya del otro lado me pongo a pensar en el señor. Tal vez él lo necesite más que yo. Quizás los dioses pusieron ese billete en su camino y yo lo arruiné. Si yo no hubiera sido un desesperado, él tendría el billete en la mano. El ahorro de un minuto marcó la diferencia. De pronto me sentí como un oportunista, un aprovechado que abusaba de la bondades místicas del destino. La cara se me caía de vergüenza. Luego pensé, tal vez para darme un consuelo, que le estaba salvando la vida a aquel hombre. Sí, si uno se detenía analizar la situación, era altamente probable. Como dije antes, el hombre mostraba poca movilidad e iba sin demostrar energía. El billete estaba en el suelo, a una distancia considerable de su mano, por lo que, si quería obtenerlo, tendría que agacharse, algo que, sin dudas, ponía en riesgo a su columna y otras partes de su cuerpo. El pobre no se daría cuenta, el caso es que por míseros 50 pesos pudo haber comprometido su integridad física. Evité que cayera en esa trampa mortal. Los dioses me pusieron en su camino para salvarle la vida. Nadie se dará cuenta del héroe en el que me he convertido. La culpa era del contexto. Si en lugar de un billete la escena involucrara un accidente automovilístico en el que rescatara a un bebé de morir entre las llamas, hasta saldría en las noticias. Lo mío fue mucho más discreto, aunque igual de heroico. En un mundo justo saldría en los diarios:

JOVEN UNIVERSITARIO SALVA A UN ANCIANO DE AGACHARSE Y ACABAR PARTIDO EN DOS. "NO LO HICE POR EL DINERO", DECLARA. SE ESPERA UN HOMENAJE EN EL EDIFICIO CENTRAL DEL MUNICIPIO LA PRÓXIMA SEMANA.

Es casi imposible que esté en paz, así que, aun siendo un héroe, dejo volar mi imaginación. Quizás estuviera equivocado: los dioses pudieron mandarme solo para que recogiera el billete y DESPUÉS SE LO DIERA AL SEÑOR. Maldición, la vida es dura y uno jamás acaba por acostumbrarse del todo a ello. Decido regresar. Lo justo será darle $25 y quedarme con el resto. Seamos compartidos en este mundo lleno de podredumbre, hermano del alma. 

Llego a él. Buenas tardes, le digo. Pregunta que quién soy. Me llamo Carlos, respondo. Yo soy de los Orellana, me dice. Voy a comer,  soy de los Orellana, continúa diciendo. Le digo que me encontré un billete. Me interrumpe. Soy de los Orellana, ¿los conoce? Los Orellana, joven, ¿los conoce? Le digo que no y continúa repitiendo el apellido Orellana. Pregunta que si quiero comer. Lleva una bolsa de pan molido en la mano. Le digo que llevo prisa y me alejo de ahí. Comprendo que el hombre no estaba bien, regreso a casa pensando que lo salvé de gastar esos 50 pesos en una cubeta con droga. 

miércoles, 16 de mayo de 2012

Prometo no hacerte daño



Un familiar abrió un bar hace tiempo. Al principio le fue bien, luego le fue mal. Tuvo que cerrarlo a los dos años. Ya desde antes había mirado con recelo a los negocios. Nunca me han atraído. Servirle de manera directa a otras personas me sería muy difícil. Tampoco sé si podría soportar ver vacío el lugar donde he puesto todo mi empeño. Tal vez cerraría en cuanto llegaran los diez primeros minutos sin clientes. Lo único que sí me gustaría es abrir un Pub al estilo inglés, en donde pudieran venir gente a ver partidos de futbol y a escuchar a bandas nacientes que tuvieran algunos gramos de talento. Es probable que terminaran por reventarme los nervios y que requeriría de un presupuesto mayor al necesario para abrir un puesto con tacos de canasta, así que lo veo como un proyecto a largo plazo, realizable a partir del día en que me encuentre un boleto premiado de la lotería, algo que estimo ocurrirá en algún momento del año 2015.

Fui al bar de este familiar en un par de ocasiones. Vivía en otra ciudad, por lo que no podía darme el lujo de visitarlo cada que me diera sed. Tenía una decoración bonita con cuadros de figuras emblemáticas de la cultura pop de las décadas pasadas. Marilyn Monroe, James Dean, Elvis Presley. En ese aspecto no se diferenciaba de otros sitios con conceptos retro que abundan en la actualidad. La música tiraba al adulto contemporáneo, no lo ideal pero sí mucho mejor que cualquier establecimiento donde abunden las canciones que invitan a levantar las manos y girar en círculos. Los precios eran bajos y en términos generales era un lugar digno para ir a pasar la noche. La ubicación no era ideal, fuera de eso cumplía los requisitos para alcanzar un éxito de mayor duración al que finalmente tuvo.

La primera vez que fui era temprano. Apenas estaba abriendo. Me senté en un sillón y vi cómo el bar adquiría forma con la colocación de las sillas y mesas. Estuvimos platicando un rato. Eché un vistazo a las cervezas que vendía. Tenía una buena selección de marcas extranjeras. De esas que invitan a coleccionar sus botellas. Pasó una hora o dos. Nada más estábamos el familiar y yo. La escena me deprimió. Cuando tienes un negocio así estás a merced de que un puñado de individuos decidan pararse por ahí. Si no ocurre tienes que aguantar, sin importar lo mucho que quieras regresar a casa para ver una película o preparar una bolsa de palomitas. En eso estaba cuando entraron un par de mujeres. Tenían entre 35 y 40 años. Iba bien arregladas. Pidieron cualquier cosa y se sentaron en la barra. Ya no pude platicar con la misma tranquilidad. Tenía por seguro que me podrían escuchar.

Llegaron riéndose. Luego estuvieron ahí unos 40 minutos sin decir mucho. Daban un trago a su bebida y luego intercambiaban miradas y sonrisas. Con mi primo hablé un poco sobre la Universidad. Pronto entraría y quería que me aclarara algunos detalles. Él era de la misma Universidad, solo que de otro carrera. Bajamos nuestro tono. Las mujeres parecían refinadas así que no podíamos salir con cualquier vulgaridad. El hecho de que no hablaran le daba un protagonismo fuera de lo deseable a nuestras voces.

Una de ellas, la castaña, se puso de pie y se dirigió rumbo al baño. No se fijó y entro al de hombres. No le dijimos nada porque a fin de cuentas eran las únicas clientas. La otra, rubia artificial, nos preguntó nuestros nombres. Dije que me llamaba Enrique. Siguió bebiendo hasta que la otra regresó. Tardó más de lo hubiera creído. Ya de vuelta, su plática se animó. Hablaron sobre una clase de tenis. No está funcionando, le dijo una a la otra. No me gusta y no creo que esté mejorando mi figura. Deberías ver mis pies. Ya estoy gorda como para encima tener que cargar con estos raspones.

Su compañera rió. Pidieron la cuenta, pagaron. Todavía se quedaron platicando hasta que llegaron unos jóvenes. Era un poco mayores que yo. Aun así no creo que pasaran de los 23 años. Se acercaron a ellas y les dijeron vámonos. Salieron tomados del brazo, muy serios todos ellos.

La segunda vez que fui, el bar tenía más gente. Vi un par de mesas ocupadas y de fondo sonaba una selección de música que incluía a The Outfield, Crowed House y Blur. Nada especial, los temas de siempre. Del otro lado de la barra estaba sentado un señor de unos 50 años. Su cabeza incluía un paquete de canas que la gorra que traía no alcanzaba a ocultar. Mi primo me empezó a hablar de él.

—¿Ves a ese hombre de bigote que está por allá? Viene seguido. Está un poco chiflado. Intento no acercarme porque después me hace plática y ya no lo detienes. Habla hasta por los codos. Siempre llega solo, a veces me cuenta sobre su esposa. Dice que está encamada, que no puede salir a tomar un trago con él. Según dice nunca le sería infiel. Que por eso se emborracha. Para ponerse tan mal que ninguna mujer se le quiera acercar.

Consideré que su medida era extrema. No tenía que recurrir al alcohol. Su aspecto era suficiente para ejercer de repelente ante cualquier ser humano.  De cualquier forma parecía inofensivo e incluso llegaba a parecer gracioso. Seguimos escuchando música. Ahora sonaba REO Speedwagon y U2. El hombre me llamó: "Joven, tenga". Me extendió una hoja de papel. Con cierta reserva, y luego de intercambiar miradas con mi familiar, la tomé. El tipo me había dibujado. Era una especie de caricatura bastante limitada. Le di las gracias aunque el dibujo fuera lamentable.

—De nada, guárdalo. Te conviene. Soy caricaturista. Uno famoso. Pregunta por mí en cualquier periódico, todos me conocen. Me dicen el Trique. Cuando quieras te puedo volver a dibujar. Es sencillo. Tienes facciones ideales para exagerar. ¿Cuántos años tienes? Ah, eres joven. Estás a tiempo para salvarte. No sé si estés estudiando o no. Te recomiendo que lo abandones si es el caso. Cuando tenía tu edad dejé la universidad. Estaba matando mi espíritu, me estaba convirtiendo en un subnormal. No dejes que te pase eso. Mándalo todo al diablo, haz lo que hice yo: vete a Estados Unidos a vivir. Deambulé en varios trabajos, muchos de ellos verdaderamente miserables, pero nunca sentí que la situación fuera peor que cuando estuve en la escuela. Tú sabes, lo maestros me eran insoportables. No tenía nada que aprender de ellos. Quería evitar ser tan aburrido como sus clases. Así que lavé platos, trabajé en una gasolinera y llegué a ser el jardinero de una familia adinerada. No estuvo mal. Después mi padre me encontró. Él no entendía. Me quiso meter en una escuela militarizada. Acepté con la condición de que fuera ahí mismo en Estados Unidos. Así fue. Mira, esta era mi credencial, todavía la tengo. Aprendí mucho inglés. Lo hablo a la perfección. Gracias a dios esto me permite ahora vivir de ello. Doy clases  particulares de inglés. Soy profesor, sí, lo que no soy es alguien aburrido. Tomé de ejemplo a los que yo tuve y he evitado ser igual que ellos. Sé pelear también. Puedo ganarle a cualquiera en este bar en un encuentro a golpes. ¿Quieres intentarlo? Prometo no hacerte daño. Solo quiero mostrarte algunos movimientos. También doy clases de Judo, por si te interesa. La defensa personal es muy importante. Si ahora entrara un comando armado yo no tendría problemas. Puedo enfrentarlos. Las armas me dan risa. Hay que usar la inteligencia. Grábate eso, muchacho. Cuando alguien se acerque para atacarte, guarda la calma y busca alguna de sus debilidades. Evitar ser visceral. Ayuda algunas veces pero también contribuye a que te puedas equivocar.
—No se preocupe, estoy bien. No necesita enseñarme ninguna llave ni ningún golpe. Siga tomando.
—Extraño a mi esposa, ¿sabes? No despierta. Está ahí en la cama todo el día. Tengo que llevarle la comida. La meto en su boca con una cuchara. Casi siempre la escupe. Tengo que volverlo a intentar. Me frustra. Es muy triste. Deberías venir un día. Quizás una voz nueva le anime. La veo muy triste. Hace tres años pudimos venir a un sitio como este sin ningún problema. Podríamos tomar una copa, platicar un rato. Pudimos habernos besado. Y veme ahora, aquí platicando contigo. Gracias por escucharme, no cualquiera lo hace. Creo que piensan que estoy loco. ¿Tú qué piensas? Escucha: la gente es horrible, será mejor que te alejes de ellos. He llegado a creer que eso es lo que ha hecho mi esposa. Que ha dejado de hablar porque no soporta a la gente. Lo malo es que me ha incluido en el paquete, debería soportarme a mí. No soy como los demás. Soy como tú, somos diferentes. De verdad, deberías pasarte un día por la casa. Vivo por aquí cerca. Prometo no molestar.

Empecé a desentenderme. No quise seguir escuchándolo. Era alguien que se encariñaba rápido. No iba a tardar en nombrarme su heredero. Yo solo estaba ahí para aumentar la asistencia del bar. De eso se trataba.   Pronto regresó a lo suyo. Me dolía la cabeza. Debió ser culpa de Simple Red. Odio sus canciones. Jamás dejaría que entraran en mi pub.

lunes, 16 de abril de 2012

El libro que no devolví



Por aquel entonces estaba teniendo problemas con las matemáticas. Igual que ahora, igual que siempre. Estaba cerca de un examen definitorio y tenía que pasarlo a menos de que quisiera repetir el primer año de secundaria.  Básicamente no sabía nada. Utilizaba las clases para platicar con mis compañeros. Mis deficiencias en la materia estaban fundamentadas en mi desinterés por la misma. No metía entusiasmo que, junto con mi poca facilidad para los números, daba por resultado una combinación bomba. Lo único que quedaba era buscar clases particulares donde me enseñaran de manera apresurado todo aquello que no aprendí en un año. Mi madre preguntó entre sus conocidos y, luego de mucho intentarlo, acabó por escuchar el nombre de un joven de unos 23 años que dedicaba su tiempo libre a dar lecciones a niños menores de quince años. Junto conmigo se apuntó un compañero que también andaba en aprietos. Se llamaba Arturo. Las clases eran en la casa del maestro que no quedaba lejos de la nuestra. Generalmente nos sentábamos en el comedor y ahí, durante una hora, nos iba a enseñando los que temas que creíamos irían en el examen. 

Pasamos así un mes. Le entendía bien. Supe desde entonces que el trato generalizado jamás ha funcionado conmigo y que me desempeño mejor con grupos reducidos en los que puedo recibir atención personalizada. Normal. En dos semanas logré comprender lo que meses atrás se me presentaba imposible e incluso llegué a creer que las matemáticas no eran del todo aburridas, idea que deseché al poco tiempo una vez que pasé el examen y no volví a tener necesidad de adentrarme en ellas.

Arturo y yo estuvimos, igual que siempre, puestos desde temprano para la última de las sesiones. El profesor aún no llegaba (estaba en el último semestre de la Universidad así que su hermana nos pidió que lo esperáramos en la sala). Estuvimos así media hora. Empezó a llover. Creímos que no iría. Finalmente lo hizo. Llegó con un impermeable y se le notaba de mal humor. Suban, nos dijo. Ese día conocimos su habitación. Prendió su computadora. Les seré sinceros, hoy tengo flojera, no puedo enseñarles nada, nos dijo. Puso música y empezó a platicar de cualquier cosa. No recuerdo casi nada, hasta que empezó a hablar de literatura. Sacó una caja grande llena de libros que tenía en el armario. Le pregunté cuál era su favorito. Buscó entre ellos y sacó uno. Es éste, me dijo. Era El amor en los tiempos del cólera. Le pregunté por qué. Me dijo que se lo había regalado una mujer muy importante en su vida. Lo he leído unas seis o siete veces desde entonces, dijo. Cada que lo hago puedo volver a acordarme de ella.

Nos pidió que agarráramos un libro. El único que quedaba prohibido era el de García Márquez. Arturo no quiso y yo dudé. Siempre he sido tímido y no quise meter mano en su colección. Él insistió. No sé, le dije. ¿Cuál crees que podría gustarme? Sacó uno de cuentos de terror. La portada era la pintura de una mujer gorda  desnuda abrazada por un esqueleto. Llévatelo, luego me cuentas tus impresiones, me dijo. Lo puse sobre mi pecho para que nadie en la calle viera la imagen de la gorda. Salimos de su habitación. En la puerta de la casa nos dimos una despedida ligera, la misma que se da cuando se tiene la certeza de que eventualmente los caminos de volverán a topar aunque no siempre termine siendo así.

Leí el libro durante la semana. Traía relatos de Poe, Lovecraft y otros tantos. El primero era uno titulado "La mujer indígena" que trababa sobre un gato o era uno titulado "El gato" que trataba del fantasma de una mujer indígena. No recuerdo. Lo disfruté mucho. Fue apenas el quinto libro que leí en mi vida. Uno fundamental para que luego convirtiera a la lectura en una actividad regular. 

Jamás se lo devolví. No supe si me lo regaló o si me lo prestó. Algo me decía que era esto último. Al no tomar ya clases con él no había oportunidad de verlo. Tenía planeado dárselo en cuanto nos encontráramos por ahí.

Pasaron los meses y no sucedió. El libro fue acumulando polvo. Me olvidé de él. Leí otras cosas. A veces miraba hacia al rincón de mi cuarto donde lo tenía y me causaba cierto pesar. Debí regresarlo, pensaba. Su presencia era una incomodidad latente que provocaba en mí efectos similares a los que se veía sometido el protagonista de El corazón delator.

Hace unos días, después de casi diez años, volví a ver a ese maestro. Pasó caminando cerca de mi casa y cruzamos las miradas. Ahora llevaba barba y no parecía el joven inocentón que me enseñó a hacer cierto tipo de operaciones. Aun así era fácil de reconocer. Creo que él también me recordó, pese a lo mucho que he cambiado, pese a la desgracia en la que me he convertido. Ninguno de los dos se animó a emitir palabra. Nuestros ojos lo decían todo. Había mucho tiempo de distancia desde la última vez que platicamos. Un saludo hubiera sido incómodo. ¿Se acordaría del libro? Yo lo hice. Supe también que no podía devolvérselo. Que nunca lo haría. Esos cuentos estarán para siempre en mi armario. Son un peso con el que cargaré cada que los vea o piense en ellos.

jueves, 22 de marzo de 2012

Los audífonos aumentan mi amabilidad

Hoy me sucedió una cosa terrible. De hecho, puede que haya sido ayer, o antier. Ya no recuerdo. Todos los días son iguales, con mañanas y noches que terminan confundiéndolo a uno.

Supe que un maestro no daría su clase por algún compromiso (las clases no lo son: es lo que lo profesores hacen en sus tiempos libres) por lo que decidí regresar a casa. Traía mi iPod en el bolsillo derecho del pantalón, el mejor lugar que podía darle cuando mis manos estaban ocupadas.

Intenté salir del edificio y me desesperé al ver que la puerta de entrada (que es la misma que de salida) estaba infestada de personas. Platicaban al parecer, eligiendo el peor lugar posible para hacerlo. Estorbaban de fea forma. Repentinamente desee que hubiera un incendio y que una estampida de alumnos los arrollara en busca de sobrevivir.

Regresé de la fantasía. Perder tiempo es malísimo para los nervios. Más cuando eres de los que, como yo, no quieren pasar un segundo más allá del estrictamente necesario dentro de un centro de estudios. No tuve otra alternativa que avanzar y exponerme a un posible roce de piel con alguno de los personajes que mantenían una tertulia improvisada al frente mío.

El principio fue complicado, no quise que alguno de ellos me ensuciara con sus manos o, peor, que me hicieran partícipe de dicho encuentro. Seguí adelante sin pensar mucho hasta que, en la puerta de salida (que es la misma que de entrada), llegó la prueba máxima: un muchacho que posaba a sus anchas con los brazos apoyados en la cintura.

Aquí alguno podrá pensar: "debiste decirle algo"; en efecto, era una opción. Pasa que evito al máximo usar mi voz con desconocidos. Decirle a alguien "con permiso, por favor" me parece humillante cuando la culpa es suya por andar tomando el fresco en zonas geográficas inapropiadas. La otra alternativa, la del "quítate", es demasiado agresiva para alguien de mi dulzura. Lo único que me quedaba era avanzar y avanzar cual cabra desorientada, lo mismo que cualquiera con los sentidos bien ajustados hubiera hecho.

Lo único no contemplé eran los riesgos a los que me sometía. De pronto sentí un ligero jalón cercano a las piernas. No era otra cosa que mis audífonos quedándose atorados en una parte de la puerta. Mi huida fue tan rápida que al reaccionar ya habían quedado tirados en el suelo. Estuve al borde del llanto al notar que el audífono dedicado al oído derecho se había desprendido del cuerpo quedando así inservible para siempre.

En pocos segundos recordé el tiempo por el que me acompañaron. Las caminatas que hicieron menos aburridas, los días de ejercicio, las grandes melodías que interpretaron, el engorro que provocaba desenredarlos e incluso el dolor naciente por su uso prolongado.

Levanté a mi viejo compañero y lo saqué de ahí. El asunto era de una importancia mayor a la que podía percibirse a simple vista. Pocos saben que, por ejemplo, los audífonos me hacen más amable.

Ustedes pensarán, ¿eso qué tiene que ver? Hacen lo correcto, los especialistas aconsejan cuestionar cualquier cosa que se lea, sin importar que sea un triste blog.

La explicación es sencilla: la paranoia de los audífonos.

Sí. Cuando los traigo puestos a un alto volumen temo no escuchar a alguien que me esté hablando. Puede que lo hagan varios o ninguno. Aun así sospecho de todos. Soy educado, así que me partiría el corazón saber que un chico o una chica me han saludado sin que les pueda dar respuesta. Y como no estoy dispuesto a bajarle a la música, opto por empezar a darle los buenos días a todo el mundo.

Apenas alguien pasa a lado mío, le digo:

—¡Buenos días!

En otras ocasiones utilizo el:

—¡Que tenga un buen día!

Ya cuando ando atrevido, llego al extremo de decir:

—Hola, ¿qué tal?

Si llegan a darme una respuesta, no la escucho. Da lo mismo, porque para entonces he demostrado ya lo cortés y caballeroso que soy. Me adelanto a los imprevistos. Saludo antes de que ellos puedan hacerlo y así me libro de las dudas que la paranoia de los audífonos acarrea.

El sistema quedará atrás hasta que compre unos nuevos auriculares. Por ahora mi amabilidad se verá comprometida. Solo podré saludar a aquellos que me saluden antes o que hagan contacto visual conmigo. A los que sí de plano tendré que ignorar será a los que estorban en los pasillos...

jueves, 1 de marzo de 2012

La pizza mejor comprarla en el mostrador


Pocas platillos tienen una aprobación a nivel global como la pizzas. Su reconocimiento llega a varios países, rangos de edad y estratos sociales. Son pocas las personas en el mundo que se resisten a sus encantos. Una reunión puede salvarse si hay una pizza en ella. Los niños la veneran porque comparada con la sopa de coditos se convierte en un manjar de otra galaxia. Se le relaciona con fiestas, pero su versatilidad le permite aparecer por la tarde, en el desayuno o en la cena. También para ver películas, deportes o hacer nada frente a la ventana. En lo personal no la descartaría para una comida de negocios Se solicita cuando hay antojo o hay flojera para preparar cualquier otra cosa. Todo en ella parece hermoso, excepto por un detalle que en el sentido estricto escapa de sus orillas: las entregas a domicilio.

Tengo malas experiencias al respecto. Ya sabes, suena bonito eso de no tener que salir de la cama para tener una comida relativamente completa. Así que tomas el teléfono y llamas a la sucursal más cercana. Un operador te contesta, le preguntas por las ofertas y luego pides otra cosa porque las ofertas son malísimas. Te dicen que llegará en menos de 30 minutos o la orden será gratis, así que cuelgas esperanzado de que ocurra el milagro.

Soy de los que ponen el cronómetro. Dejarlo al cálculo no sirve, debe haber precisión. Uno o dos minutos pueden marcar la diferencia. Se debe tener una certeza para realizar el reclamo si llega el caso. La política de rapidez tiene su parte negativa: uno siente que la comida ha sido preparada con prisa. Se extraña que la masa quede tostada o que la consistencia de los ingredientes sea crujiente. Ni hablar, el proceso se debe optimizar así que lo primero que se sacrifica es el sabor. El tiempo se valora más que nada, aunque en el fondo sabemos que terminaremos desperdiciándolo de cualquier forma. Tal vez sería preferible dejar atrás las ansias, tener calma, saber que la espera será recompensada. Hacemos lo contrario. La comida se pide, prepara y consume rápido. En consecuencia se disfruta también poco. Lo que podría durar una hora termina por durar minuto y medio, tiempo en el cual la entrada, el plato fuerte, el postre y la botana son digeridos si ninguna contemplación.

El cronómetro marca 28:23.12. Te emocionas, el ahorro está a menos de dos minutos de distancia. Sabes que es una posibilidad. Antes han llegado apenas en 20 minutos. Es difícil que pasen de los 25, así que imaginas que con suerte el motopizzero estará visitando a la novia. Guardas todavía un grado de escepticismo, sabes que no te lo van a poner tan fácil, que otras veces has tenido decepciones con entregas audaces que llegan segundos antes del límite.

Hoy pedí una y después de media hora no llegaba. Tengo un buen corazón, así que me propuse no llamar a la sucursal hasta los 35 minutos. Al final subestimé mi nobleza y terminé por hacerlo a los 40 minutos. Contestó una señorita. Le conté lo que pasaba. Me dijo que el repartidor aún no regresaba y que no debería tardar, que cuando lo hiciera la orden sería gratuita. Colgué. a los dos minutos llegó el joven. No ofreció ninguna disculpa. Tuve ser yo que el señalara la situación.

—Hola. Oye, llegaste 40 minutos tarde.
—Sí, perdón. Es que me perdí.
—Esta casa no queda tan lejos, era para que llegaras en cinco minutos.
—Pregunté por la calle y un señor me mandó a otro lado.
—La pizza es gratis entonces, ¿no?
—Pues ahí como vea. ¿Ya llamó a la sucursal?
—Sí, me dijeron que sería gratis.
—Es que me caí.

Por su estado físico supe que mentía.

—No quiero meterte en problemas. Si me dices que te van a regañar, te la pago.
—No, lo dejo a su consideración.

Entré en un dilema. ¿No pagar una cuenta de 150 pesos podía hacerle perder el empleo? No valía la pena. Debe ser difícil tener un trabajo así. Cualquiera. Yo no lo querría. Admiro a quienes arriesgan el cuerpo a bordo de una motocicleta. Al mismo tiempo recordé un antecedente. Hace años un motopizzero tardó 36 minutos en llegar. Terminé dándole el dinero, creo que ni reclamé. La situación me atormentó durante toda la semana. Lamenté haber tenido un comportamiento débil: debí hacer cumplir la política de la empresa. Claro, ellos no te dicen que el empleado puede ser castigado. Lo ves en sus caras, llegan tarde y hacen lo posible por no mencionar el tema. De manera sutil te hacen saber que, si no les echas la mano, estarán en problemas. Esa vez lo dejé pasar. Pobre chico, pensé. Ahora no sabía si hacerlo. Eran 42 minutos. Al menos 12 de retraso. Quizás el queso estuviera frío. Además el chico me cayó mal. Tuve que ser yo el que hiciera notar la falta. ¿Cuál era el costo-beneficio? ¿Y si no podía volver a pedir algo de ahí? En una de esas el tipo enloquecía. En futuras entregas aprovecharía para escupir mi pizza. Si perdía su empleo sería peor. Sabe dónde vivo. Vendrá con sus amigos y se robará la maceta que tenemos afuera. Pintará un mensaje obsceno en la entrada mientras no estemos. O puede que me asesine con un machete mientras me dirijo a la escuela. Las personas son sensibles con sus ingresos. Conseguir un empleo es complicado en la actualidad. Ya lo veía venir. Al otro día sonaría el timbre. Abriría la puerta para encontrar a una señora.

—Por su culpa han despedido a mi hijo.
—Lo siento señora, no era mi intención. Tenía el estómago vacío.
—Debes compensarlo de algún modo.
—¿Qué puedo hacer por ti, princesa?
—Besa mis pies. Trae tu computadora, ahora será nuestra.
—Claro que sí, vuelvo en menos de 30 minutos.

Probaría la mugre entre sus dedos. Le diría que dejara de usar sandalias: te dejan expuesta al polvo, muñeca. Era terrible. Un pequeño ahorro podría traer consecuencias catastróficas.

Tomé la caja.

—Vuelvo enseguida.

Entré al baño. Me miré al espejo. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga.No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. No le pagues. Sí, paga. Salí.

—Lo siento, no quiero meterte en un lío, pero ahí donde trabajas existe una política y hay que cumplirla. Es parte del oficio, las fallas cuestan al igual en cualquier otro lado.
—No se apure. Nomás si tiene deme para el chesco.

Le di un billete de cincuenta. Se fue.

viernes, 24 de febrero de 2012

Lo que sea que se haya perdido

Entro al taxi y de inmediato sé que el conductor está chiflado.

¿A dónde lo llevo, joven?
A la terminal, por favor.

Por la mañana había visto a un gato blanco tirado en medio de la calle. Pensé que estaba muerto. En el camino de regreso a casa noté que ya no estaba. Prefiero pensar que tan solo se encontraba dormido, que luego de verlo despertó y regresó a comer croquetas en su casa. Me aterra pensar que se lo llevó el camión de la basura. Qué clase de entierro sería ese.

El tipo se comunica por radio con su estación.

1011, 1011, rumbo a la terminal. Regreso rápido.

Desde el aparato aparato se escucha:

SE REPORTA UN 2-9-4. REVISEN SUS UNIDADES

Qué inocentes, me cae me dice.
¿Por qué lo dice?
Están reportando un 2-9-4, ¿usted cree?
¿Y eso que es?
Que un pasajero dejó olvidado algo en una de las unidades. Qué inocentes, jeje.
Ojalá se lo devuelvan
Hasta cree, qué inocencia de la gente.
No creo que sea inocencia, lo lógico sería que el conductor del taxi reporte que se encontró lo que sea que se haya perdido.
Fíjese que yo una vez también tuve suerte. Hace cinco años más o menos. Llevé a un señor al aeropuerto. Iba vestido de negro, muy elegante. Total, lo dejé en el lugar y fui a atender otro encargo. Recogí a una señora con su niña. Me dijo: oiga, no deje esto aquí o se lo van a robar. Me quedé callado y vi por el retrovisor que me intentaba pasar un maletín. Supe que era del señor vestido de negro, así que lo tomé y lo puse en el asiento del copiloto. Llevé a la señora y a su hija a casa. Me alejé dos cuadras y me detuve en una esquina. Revisé el maletín. Tenía libros, unos papeles, una corbata, unos chocolates y un sobre. Lo abrí, tenía $2.300 dólares. Puro billete nuevecito. Salí pitando de ahí.
¿Pudo encontrar al dueño después?
Pues me fue bien, son de esas cosas que dios pone en nuestro camino. La verdad ya no lo busqué. Me daba miedo que fuera dinero... usted sabe... mal habido.
Se me hace raro que nadie lo reportara, era una buena cantidad.
Osease que sí lo reportaron, pero mejor no dije nada. Fue el destino, yo digo. A veces trabajo hasta 12 horas diarias. Gano poco, no crea. Yo lo entiendo como que fue un regalo de allá arriba, usted sabe. No es un trabajo sencillo.
Quizás esa persona lo necesitaba.
No creo, iba bien vestido. Míreme a mí, ¿a poco no parece que yo sí lo necesito? Soy honrado, no le miento, estuve una semana preocupado de que alguien me fuera a cachar. Guardé el sobre debajo de mi cama, el portafolio lo puse en el clóset de mi cuarto. Ya después le regalé un vestido a mi vieja y la invité a cenar. Compré un par de muebles. La lana se va rápido, al mes ya no sabía ni en qué me lo había gastado.
¿Qué más se ha encontrado?
Nada especial: suéteres, bolsas con comida, un discman. Eso si lo habría devuelto, ¿yo para qué quiero el suéter de otra persona? Están re feos. Con la comida uno no sabe, no vaya a ser que esté echada a perder. Luego uno tiene que gastar en medicamentos.

Unas palabras más y dejamos de hablar. Pasaron unos diez minutos más y llegamos a mi destino. Le pagué, me dio el cambio y bajé revisando que todo estuviera en su lugar.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Mejor dormir


En las vacaciones me siento espectacular. Renovado, feliz, con energía. Cuando están próximas a finalizar, acabo por preguntarme cuál es la clave del éxito. Sé que va más allá de no ir a clases. Hay un extraña sanación que supera lo mental y que alcanza los niveles físicos. Finalmente concluyo que se debe el aumento en las horas de sueño. Sin nada que hacer en la mañana, puedo despertar hasta la una o dos de la tarde. En nada afecta que me desvele hasta las cinco aeme, casi siempre completo las siete u ocho horas con los ojos cerrados. Después de varios días así, termino por verme fresco y lozano. Mi humor mejora y hasta me muestro proclive a convivir con el prójimo. Valoro bastante esa sensación, así que invariablemente me hago el propósito de que, en cuanto regrese a la rutina, comenzaré a darle prioridad al sueño.

Nunca lo consigo. En los últimos ocho años habré dormido antes de las 12 aeme apenas en un par de ocasiones. Termino despierto hasta tarde por múltiples razones. La mayoría de ellas estúpidas, aunque al mismo tiempo se debe a que a altas horas de la noche me siento relajado en comparación al día, donde cualquier sonido se vuelve una molestia. No estaría mal si por la mañana no acabara por resentirlo. Dormir cinco horas o menos durante varios días termina por cobrar factura. Soy presa de la irritación y de las ganas de abordar el primer cohete que consiga sacarme de aquí.

Con la llegada de un nuevo periodo vacacional vuelvo a llegar a las mismas conclusiones y con la llegada de un nuevo ciclo escolar vuelvo a llegar a las mismas equivocaciones.

Ayer por estar haciendo un trabajo de la escuela no dormí. Vi que mis compañeros empezaron a realizarlo dos semanas antes. Yo lo postergué no sin dejo de pedantería: nah, qué exagerados son, yo puedo terminarlo en una tarde, me decía. Así que fui dejando pasar los días... y la última tarde previa a la entrega. Total que eran las once y media de la noche y yo no tenía ni una miserable cuartilla de las muchas que necesitaba. En otros tiempos (los de prepa o secundaria) lo hubiera dejado pasar atrás. No haría la entrega y en su lugar me pondría a jugar X-box. Las cosas han cambiado: quiero terminar la carrera sin perder más tiempo. Retrasarme un semestre sería fatal, lo sería para cualquiera que únicamente busca alejarse con título en mano. Así que empecé a eso de la una de la mañana. Hice varias pausas, estaba agotado, el día anterior había dormido poco. Ni el café ayudó. A las cuatro de la mañana entró la desesperación. Empecé a escribir sin saber exactamente si lo realizaba con propiedad. Era la única forma de conseguirlo, aunque fuera de mala forma. Con las tareas he tomado la idea de que mejor entregar una porquería que no entregar nada. Al menos así obligas al maestro despiadado que dejó el encargo a perder unos minutos de su vida leyéndote. Preferible sacar un 5 que un 0. Lo he visto, al final son detalles que te salvan.

Terminé a eso de las siete de la mañana. El café no ayudó, seguía deseando dormir. No revisé el trabajo, lo llevé tal cual, acaso lleno de errores y palabras inexistentes dentro de su contenido. Si lo releía corría el riesgo de quedarme dormido frente al teclado.

Llegué a la clase de ocho y disimulé el estado en el que me hallaba. Al finalizar entregué el trabajito de once páginas. Salí del salón y regresé a casa. No quise entrar a las dos clases que seguían. Hubiera sido peligroso. No quería responder te extraño mucho, mami cuando el maestro me preguntara sobre el esquema actancial de Greimas. Era capaz de hacerlo desde el cansancio. Llegué a casa con la intención de dormir dos horas. Luego volvería a la escuela para una materia que aún podía salvar. Me eché sobre la cama. No quise desperdiciar tiempo en ponerme la pijama. Cerré los ojos y sentí un alivio que duró menos de 40 minutos. Sonó el timbre. Pregunto quién es por el interfón:

—Buenos días, Bonafont.
—Todavía tenemos, gracias.

Estoy solo en casa desde hace varios días así que el garrafón ha durado más. Es horrible que te despierten así. Tengo el sueño delicado, por cualquier pequeñez despierto. Ni hablar cuando se trata del timbre. Regresé a la cama para caer en cuenta de que ya no podía volver a conciliar el sueño. Vaya desesperación, estar hecho polvo no sirve de nada porque la regla de la interrupción está por encima. Cualquier interrupción arruina el proceso, en especial si se trata del descanso, es imposible regresar a ello en automático.

Resignado, como unas galletas, reviso los periódicos por internet, lamento vivir así. Voy a la clase que falta. No aprendo nada, estoy ahí por la asistencia. Varios de ahí hacen lo mismo. La materia es un pretexto para que el maestro obtenga un sueldo y para que los alumnos consigan graduarse. Cuando transcurre la hora, ambos bandos salimos aliviados.

Sigo estando extenuado. Espero hasta las cuatro para tomar una siesta. Dejo que la situación añeje un poco para no estar dando vueltas sobre la cama sin lograr dormir. Al final lo consigo. Duermo. Soy un pequeño ángel en medio de un mundo cruel y desconsiderado. Alcanzo a vislumbrar un sueño en donde rescato a una familia de focas. Los llevo lejos de un grupo de cazadores sin rostro. De repente suena el teléfono. Sé que la siesta está arruinada, que el día está arruinado, que la vida entera está arruinada para mí.

—¿Bueno?
—Hola, Carlos, ¿cómo estás? ¿Puedes pasarme a tu mamá?
—Perdón, ¿quién habla?
—Habla Fernanda, ¿ya no te acuerdas de mí?
—Ah, sí... mi madre no está.
—¿A qué hora puedo encontrarla?
—No sé, salió de la ciudad.
—Oh, qué pena. Quería pedirle un favor.
—Puedes dejarle un recado.
—No, mejor llamo después. ¿Qué ha sido de ti, por cierto?
—Lo de siempre, una tragedia. Hasta luego.

Fernanda es una señora que habla a casa cuando quiere que le resuelvas un problema. El resto del año ni se acuerda de ti. Es una de esas personas con las que te relacionas por unos meses y que ya no te vuelven a dejar en paz, aunque ni siquiera sean tus amigos. Sobrevaloran el vínculo, supongo por soledad, y así, al no tener a nadie a quien acudir, van y te llaman en días aleatorios, provocando tragedias similares a interrumpir el sueño de tus hijos.

Paso el resto del día acostado con la computadora sobre el abdomen. ¿Será peligroso para la salud? Tal vez, ya casi todo lo es. No hay nada que pueda hacer para remediarlo. Me da flojera ponerme de pie, incluso tengo miedo de quitarme los zapatos.

martes, 31 de enero de 2012

Un hallazgo en la calle

Salgo a buscar un lugar donde vendan comida cuando de pronto me encuentro a un perro. Esto no tendría nada de especial (los perros callejeros abundan sin que merezcan recibir una entrada en un blog) si no fuera porque el animal en cuestión tiene suéter y se acerca a mí temblando. Miré a los alrededores esperando encontrar a su humano por ahí. No sería la primera vez que veo a una persona sacar a pasear a su mascota sin correa. Hay quienes pueden hacerlo sin temor a que aparezca uno de esos seres mitológicos llamados automóviles y los atropellen. Después de medio minuto, comprendí que no vería a nadie en varios cientos de metros a la redonda, y que la insistencia del perro por treparme hacían indudable que se encontraba perdido.

Aborté la misión alimentaria para centrarme en la de regresar al pequeño con su familia. Caminé por ahí intentando ver a unos niños buscándolo o algún papel donde apareciera la combinación de palabras Se Busca. También pregunté a una señora que regaba el pasto si lo reconocía. Ninguno de los planes resultó satisfactorio, así que en medio del frío, y en vista de que mi nuevo compañero se encontraba al borde de la hipotermia, convine en regresar a casa para acomodar las ideas. De paso le daría un poco de comida al muchacho, sin olvidar ofrecerle un conjunto de paredes que amortiguaran el clima.

Ya que las croquetas no juegan un papel protagónico dentro de nuestra despensa, tuve que darle una serie de rebanadas de jamón de pavo que encontré en el refrigerador. Devoró cada una de manera sorprendente. La fracción de segundo que tardaba en tragarlas me hizo pensar que quizás no las mordía y que llegaban íntegras a su estómago. Después le puse un bote con agua que no se atrevió a lengüetear, debido tal vez a la formación educativa que recibió en sus primeros años de vida. No sería el primer animal refinado que me atravieso, ya antes he visto a gatos que se niegan a comer sin cubiertos y liebres incapaces de ir al orinar si no se les proporciona una habitación en la que puedan gozar de privacidad.

Me senté en una banca que tenemos en el patio delantero. De manera automática el perro saltó sobre mí y se acurrucó sobre mis piernas. Empezó a lamer mis manos y luego a mover su cabeza bajo las mismas. Lo acaricié. La verdad es que me cayó simpático. Hace tiempo no convivo de manera cercana con un solo cachorro, así que había olvidado lo nobles y cariñosos que pueden llegar a ser. Sin intención de polemizar, no creo que exista otra especie que se les compare. Cualquier persona que se sienta sola debe adoptar un perro antes de ir al psicólogo o concertar una cita a ciegas. Lo he visto con mis propios ojos, un perro cambia la perspectiva que se tiene de la vida volviéndola una aventura llevadera.

El plan era esperar unos días hasta que por las calles empezaran a circular esos papeles de Se busca que mencionaba atrás. Posiblemente se había perdido hace poco, así que preferible aguardar. Parte de mí, si soy honesto, deseaba que eso no sucediera. Viendo sus ojos empecé a crear una quimera donde recorríamos campos juntos y en donde lo adiestraba para orinar sobre el césped del vecino. Si bien el primer vistazo me hizo pensar de que se trataba de un terrier escocés, con un segundo análisis comprendí que se trataba de un Schnauzer obscuro, la raza de confianza en la familia. Lo interpreté como una de esas señales a las que uno se aferra a la hora de tomar decisiones, aunque en el plano objetivo no tengan ninguna importancia.

Tuve la urgencia de ir al baño así que lo puse en el suelo. Fue ahí cuando noté que hacía un ruido extraño al caminar. Una breve inspección me reveló la causa: debajo del suéter traía un collar y una placa. Vi que se llamaba Foxy, un nombre peculiar para un macho alfa. Tuve que replantear
lo que tenía ante los ojos y sí, en efecto, era una hembra. Con razón se veía tan fina, pensé. Según calculé, tenía entre ocho y diez meses. Era pequeñita.

Admito que la noticia me entristeció. La placa tenía una dirección y un número. Ya no podía pensar en quedármela, a menos de quisiera experimentar una fuerte dosis de remordimiento. Aun así confieso que lo pensé. No por ser un ladrón. Ya en el pasado he regresado varios celulares y carteras que me he encontrado. Si se hubiera tratado de un objeto cualquiera (por más valioso que fuera, pienso en una computadora portátil o un iphone) lo habría regresado sin siquiera pensarlo. Con un animal fue diferente, hubo varios factores para ello. De entrada me había encariñado. Bastaron unos minutos para que me rindiera ante Foxy. Hace mucho no me topaba con alguien así. Además la vi demasiado flaca, me pareció que en su casa no la alimentaban bien. Hasta llegué a tener una escena mental en la que la historia había comenzado con ella escapando de casa, donde la maltrataban y obligaban a lavar los platos. Por si fuera poco se mostraba agradecida y amorosa conmigo; nada asustada o con ganas de huir, así que no lo veía como un gran crimen. Podía darle un hogar, alimento y cuidado.

No obstante, de tiempo atrás sigo la filosofía de no hacer nada que no me gustaría que me hicieran. Pensé en sus dueños (odio la palabra cuando hay un ser vivo de por medio). Quizás fueran buenas personas y la estuvieran buscando. O quizás era la mascota de un niño pequeño que lloraba su ausencia. En el pasado viví la frustración y tristeza de la pérdida de perros y gatos que jamás volvieron a pesar de que ofrecimos altas recompensas. Lo supe entonces, la tenía que regresar. Tenía que regresarla a pesar de que el número telefónico de la placa estuviera fuera de servicio y que tuviera la tentación de aferrarme a ese otro indicio.

Lo hice horas más tarde. Quise que conviviéramos un último rato, detalle que hizo el final todavía más doloroso.

La casa no quedaba lejos. Salí con bufanda por la baja temperatura en el ambiente. Ya anochecía. La cargaba, que era mi forma secreta de darle un abrazo prolongado. Se acurrucó. Después de unas cuadras encontré su hogar, no muy lejos del lugar donde originalmente nos habíamos topado. Timbré dos veces. Una mujer preguntó quién era. Dije que había encontrado una perrita. ¿Qué perrita?, dijo. Una negra, dije. No respondió. Abrió la puerta. Me la quitó de las manos. Me contó que no se había dado cuenta de que había salido. No lucía preocupada. Me dijo que gracias. Le dije que la cuidara, pero creo que no me escuchó porque cerró la puerta sin responder.

Llegué a casa y la extrañé. Tal vez más de lo que esa señora —que ni estaba pendiente de ella— hizo jamás. En el fondo no quería devolverla. Me arrepentí. Un sentimiento común cuando tomas las decisiones correctas.


jueves, 3 de noviembre de 2011

Es poco recomendable ser como yo



Soy especial y cerrado en cuanto a Facebook se refiere. Tengo una colección de docenas de solicitudes de amistad que jamás aceptaré. La mayoría de personas de la escuela, que nunca se han tomado la molestia de darme un buenos días y que, sin embargo, esperan que las acepté como si fuéramos hermanos del alma. Para mí ir en una misma clase no es razón suficiente como para iniciar una amistad virtual ni mucho menos. También he declinado las invitaciones de algunos familiares debido a que su presencia me resultaría incómoda. A otros los he aceptado por mero compromiso, por temor a que en la próxima reunión navideña me retiren la palabra y se nieguen a pasarme el plato de patatas.

En cambio, he aceptado a sujetos que no conozco en persona sin ningún problema. No a todos, claro, solo a unos cuantos, los que me resultan gratos, parecen confiables y han sido amables conmigo. Los prefiero sobre a muchos de los que veo cara a cara diariamente. De igual forma, tengo pocos amigos en Facebook, en especial si se me compara con las cuentas que sobrepasan los 500 contactos.

Que yo recuerde, solo le he enviado solicitud de amistad a cinco personas, quizás a cuatro. No me agrada la idea de darle a alguien la opción de rechazarme. Además, con una que otra excepción, no soy de los que están ansiosos de retomar contacto con amigos del pasado (de hecho me he negado a hacerlo, sin importar cuantas veces sigan intentándolo por medio de solicitudes), ya que la mayoría de esas relaciones fueron producto de las circunstancias, de nada más.

El caso es que el otro día celebré una actividad que implementé desde el año pasado: borrar a todos aquellos monitos que no me felicitaron en mi cumpleaños. La edición de 2010 fue épica, eliminé a cerca de 30 personas que representaron casi una tercera parte de mis amistades en ese entonces. Esta vez la purga no fue tan espectacular, tal vez por el precedente, en este ocasión solo se fueron 10 cabezas, que dudo regresen un día. Para quienes crean que la medida es excesiva, déjenme decirles que antes de decir chau a un perfil, verifico si ha tenido actividad durante ese día, si no es así, le doy una oportunidad; uno debe ser consciente de que si no usó su computadora, es lógico que no haya visto la notificación automática que aparece cuando uno de los tuyos está cumpliendo un año más de vida.

Total, que tengo tan pocas amistades ahí, que luego de restar 10 perfiles, quedé en un estado deplorable. Tampoco me gustaba la idea de tener apenas sesenta y tantos amigos, que luego uno puede aparentar ser un paria, cosa no muy aconsejable a la hora de formarse una imagen pública. Lamentablemente la gente se va con las apariencias, y en vez de verme como el sujeto exigente que soy, podrían pensar de manera errónea que soy uno esos muchachos que están a la espera de ser aceptados en los círculos sociales de sus semejantes.

Lo anterior, aunado a la depresión post-cumpleaños (el día siguiente es terrible, luego de ser el centro de halagos y atención, pasas a regresar a la triste realidad en la que nadie parece alegrarse de tu existencia), me hizo recordar a una chica que alguna vez encontré en Facebook por casualidad. No recuerdo cómo llegué a su perfil, tal vez buceando por ahí o por una etiqueta puesta en el lugar adecuado. El asunto es que cuando la vi, me sorprendió por el hecho de que era de mi misma ciudad, y, en especial, porque tenía gustos extrañamente parecidos a los míos. En el apartado de Arte y Ocio, había registro de que le gustaban Elvis Costello, Patti Smith, Serge Gainsbourg, The Cure y Morrissey, entre otros que son indispensables para mí y que pocos conocen y adoran en donde yo vivo. Las coincidencias musicales se complementaban con las literarias, cinematográficas, televisivas e incluso de videojuegos (!!!). Según esto era fan de Oscar Wilde, Hank, Ghost World, Pingu!, Back to the Future, Silent Hill y hasta Resident Evil. Me sorprendí, como les digo, porque era la primera persona de la que tenía noticia, que contara con debilidades similares a las mías en esta pequeña ciudad.

Cuando la vi, pensé en mandarle un mensaje. Desistí de hacerlo por considerarlo poco menos que una locura. Un mes después, no obstante, estaba frente a la computadora a las dos de la mañana del día posterior a mi cumpleaños (hace dos semanas), y con el peso de la vejez y melancolía propia del momento, además de una copas encima, me animé a hacerlo, pensando que todo lo anterior eran señales de que al menos debía intentarlo.

Por mensaje privado (vulgarmente conocido como "inbox") le escribí algo parecido a lo siguiente:

Bueno, esto sonará raro, pero buceando entre perfiles encontré el tuyo y acabé encantando al encontrar alguien, que en San Luis, gustaba de Moz y Bukowski, de Costello y Gainsbourg y que encima era aficionada a Silent Hill (!!!). No pensé que existiera alguien en esta decadente ciudad que gustara de eso que a mí tanto me encanta, así que nada, de eso va este triste mensaje. Me lo pensé mucho, y al final decidí mandarte un mensaje con saludos. Mira que hice un esfuerzo al ser increíblemente tímido; pero es que son Morrissey y The Cure... no podía resistirme. ¿Irás al concierto del primero? Nada, si me consideras un friki, no contestes un mensaje, pero si no, mándame una solicitud de amistad que con gusto aceptaré. Chau.

Lo releo y me da pena. En mi defensa diré que no estaba en mis cinco sentidos. De estarlo, no hubiera empleado una palabra tan patética como "friki". Seguramente le habré parecido un otaku cualquiera por usarla. Además ofendí al lugar donde ella vivía, y redacté como un tipo que tiene cosas que ocultar. En fin, debí escribirlo de otra forma, pero eso fue lo que me salió con la inercia de la noche.

Era una chica como de mi edad, y no tenía otra intención que la de conocer a alguien con quien tengo sensibles afinidades. Por desgracia nunca me contestó (dudo que lo haga ya), aunque eso no hizo más que comprobar que, en efecto, es parecidísima a mí: es igual de especial y cerrada que yo con eso de las amistades de facebook. Y por eso no nos conoceremos, por ser tan iguales. La historia de mi vida. Y esto me hace pensar que quizás debería cambiar, que acaso el ser tan evasivo, me hace perder de oportunidades importantes.

viernes, 21 de octubre de 2011

Por lo mismo de la intimidad


Entré al autobús y me acomodé a su lado sin saber que cometía un error. A simple vista parecía una señora cualquiera, una opción digna como compañera de asiento. Mejor al menos que el hombre de camisa rosa y gorra café que se encontraba en la fila de atrás. Lo que se busca en esas circunstancias es alguien que tenga cara de ser poco conversador, y que si se puede, no huela mal. Ella cumplía ambos requisitos; lo terrible es que llevaba consigo un grandísimo defecto: era lectora.

En cuanto vi que sacaba un libro de su bolsa, supe que el trayecto sería poco menos que insufrible. De una vez digo que yo también llevaba un libro, y no tengo nada en contra de los que añaden literatura a la fórmula para pasar el rato. Mi agobio provino por el hecho de que dos lectores no pueden estar a gusto en un área tan reducida.

Al estar hombro con hombro, actos tan simples como el de cambiar de página se volvían un martirio. Yo no quería tocarla, faltaba más. Ya no quiero tocar a nadie, ni ser tocado. Perdí el entusiasmo por el contacto físico de unos meses para acá. No me interesa, a menos de que se trate de una de las tres personas en las que pienso ahora, ninguna de las cuales será revelada.

Entonces podía leer sin problemas por un minuto o dos. Hasta que aparecía el momento fatídico en el que uno de los dos tenía que cambar de página. Para aumentar el fastidio, ambos llevábamos manga corta, de modo que nuestras pieles tenían un punto de encuentro para nada satisfactorio. La tersura de mi cutis desentonó con lo rasposo de sus brazos, logrando así el colapso de un porcentaje importante de mis nervios.

Considero a la lectura (igual que la escritura) una actividad íntima. Entre menos público, mejor. Noté que la señora pensaba igual por la forma peculiar con la que sujetaba su volumen. Curioso como soy, quise saber el título del libro que tenía, sin embargo, hábilmente decidió posar su mano (similar en tamaño a la de Kevin Garnett) sobre la portada, haciendo imposible que con miradas discretas pudiera no ya digamos saber el nombre de la ¿novela?, sino tan siquiera tener una idea sobre la editorial o el autor. Por lo mismo de la intimidad, no quería verme demasiado obvio volteando al costado, no, para un lector reservado eso equivale a que te miren los calzones, y yo no quería que la mujer en cuestión tuviera el más mínimo indicio de que yo sentía algo por ella.

Pasé la hora siguiente siendo presa de ansiedad y estupor . El contacto de nuestros brazos era un recordatorio de que no sabía el nombre de su libro, y que tenía pocas oportunidades de hacerlo.

Lo único que puedo decir es que era de unas 800 páginas, de pasta gruesa y de cubierta escarlata. Encima, por culpa de mi descuido, jugábamos en condiciones desiguales. La señora sabía que yo leía Siete noches de Borges. Noté incluso que hizo una ligera mueca como diciéndome que me había ganado la partida, que en cuanto quisiera podría ir a un a biblioteca a buscar ese libro, mientras que yo no podría hacer lo mismo. Acepté la derrota prosiguiendo la lectura sin poder concentrarme. Los pensamientos los tenía puestos en otro sitio.

Abandoné el autobús pensando que de ahora en adelante podré tener contacto con decenas de novelas, poemas, cuentos y biografías; pero que la sombra del libro escarlata irá conmigo allá a donde vaya. Cada que visite una librería, pensaré en que ahí no estará, porque no hay dos libros iguales, por más que sean de la misma edición.