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martes, 4 de septiembre de 2012

Lo mismo desde 1902


Este semestre tomo una clase en otra facultad. La inscribí ahí porque quise conocer nuevos ambientes y lo único que encontré, y que de cierto modo ya sospechaba, es que no hay grandes diferencias entre un lugar y otro. La mayor parte de las personas tienen una equivalencia cercana. Una persona es especial en medida de que el número de kilómetros que la separan de otra igual es mayor a ochenta. No dejes que los ojos te engañen.

Y la facultad es un lugar enredado. He salido y entrado por una docena de lugares diferentes. Aún no memorizo el rostro de nadie. Ni siquiera el de los estudiantes con los que llevo la materia o el chico que se me acercó el otro día.

Voy camino a casa cuando noto que este joven me mira. No parece agresivo así que descarto que tenga un plan para robar una cartera que no traigo. Sigo el camino hasta que la pluma se me cae. La tomo del suelo y de reojo veo al chico observándome todavía. Procuro no darle importancia. Es difícil que lo haya enamorado. En las presentes circunstancias solo puedo lograr una proeza de ese calibre a través de las palabras y él jamás me ha escuchado. Además no es mi tipo, ningún hombre lo es. Considero que existen demasiados machos en el planeta. Con uno por cada diez mujeres sería suficiente. Mejores paisajes en los alrededores.

Ya en la puerta de salida noto que alguien toca mi hombro. Es el chico.

—Oye, disculpa, ¿dónde compraste tu playera?

Llevo una de Meat is Murder que compré en un concierto de Morrissey. Nadie nunca me había dicho nada sobre ella. Y bueno, no es que tuviera ahora una muchacha linda diciéndome que le gustaba ese grupo y que quería platicar sobre ellos conmigo, pero era bueno saber que luego de varios meses por fin alguien mostraba cierto interés.

—En la Ciudad de México. En un concierto. Aquí no he visto que la vendan.
—Es que a mi hermano es fan de esa banda.
—No lo culpo.
—Bueno, gracias. Perdona la molestia. Ya veré qué le regalo.
—No hubo ninguna, hasta luego. Puedes mandarla a hacer.

Hace días me di cuenta que me gusta conocer nuevas personas. Lo difícil es encontrar una que valga la pena. El chico no era la gran cosa y jamás seremos amigos pero al menos tuvo la decencia de iniciar una conversación. Va por ti, camarada.

domingo, 20 de mayo de 2012

Soy malo para disimular lo que siento por otras personas


Soy malo para disimular lo que siento por otras personas. Es fácil darse cuenta. Cuando alguien me cae mal ni lo volteo a ver. Lo hago por las mismas razones por las que no miro de cerca a los animales atropellados en el asfalto: porque son un pésimo espectáculo. Preferible quedarse con las personas agradables a las que, esas sí, les presto toda mi atención. De este modo, en en una pequeña reunión puedo mirar a todos a los ojos excepto a quien detesto. Esto se complica si estamos congregados en círculo y el sujeto en cuestión se encuentra en la parte de en medio. A la hora de intervenir en la plática, mi recorrido visual con los concurrentes sufre un bache al pasar cerca de la zona negativa, así me lo indican los presentes.—¿Por qué de pronto miras al cielo—dicen. Es ahí cuando debo inventar cualquier pretexto.—Perdón, creí haber visto una cotorra—les respondo.

Son pocas las personas a las que desprecio así que no hay por qué preocuparse. Soy un entusiasta de saludar,  aunque sea con la mirada, a quien se cruce en mi camino. A quienes conozco, digo, con desconocidos soy bastante tímido. Me molesta que algunas personas pasen junto a mí y no me lancen un efusivo hola. ¿Quién diablos se creen? ¡No tienen derecho a que yo les caiga mal! Soy una excepción, merezco inmunidad en la materia. Jamás les he hecho nada malo, tengan la decencia de pagarme con su simpatía. Cuesta darse a la idea de que seres inútiles piensen que tienen la autoridad moral para no ser cordiales con quien día a día lucha por hacer de este un país mejor.

El portero de mi escuela me suele saludar a diario. Paso varias veces por la entrada y casi siempre intercambiamos un buenos días o tardes. Ha llegado a ser incómodo: entro y salgo tantas veces que la cortesía comienza a ser excesiva. Hubo un día en el que nos saludamos en ocho ocasiones. Sin embargo, lo agradezco. El señor se ha convertido en una garantía. Los tipos educados ya no abundan, hay que sentirse agradecidos con  los que lo son todavía.

Hace unas semanas tuve una jornada terrible. Entré a la escuela y durante las horas que pasé ahí nadie me saludó. Nadie solicitaba que les diera una plática, tampoco que me incorporara su mesa de estudio, mucho menos que ofreciera mis hombros para un masaje chino.

Asistí a algunas clases, participé sin que el maestro escuchara y abandoné los salones. Nadie me dirigió la palabra. Qué he hecho para merecer esto, dios santo. Fui al catequismo durante años y me pagas con esto. Eres cruel y severo. No tengo duda de por qué satanás te tiene miedo y se conforma con vivir en una zona tan fea como el infierno, pudiendo invadir o comprar un terreno en el cielo.

Le aclaro, jurado, que no es que necesite de los otros para sentirme bien. No me gusta socializar y casi todas las actividades prefiero realizarlas a solas. Si lo de aquel día fue una molestia, se debe a que golpeó mi orgullo. ¿Cómo es que no soy recibido con cariño por mis compañeros? Si no están capacitados para ello deberían solicitar el auxilio de un especialista. Queda claro que les urge una orientación. No es posible que a casi de tres años de ir en la misma carrera no se hayan coordinado para realizar al menos un par de homenajes en mi honor. 

Lo digo porque es lo mejor para ellos. No quisiera verlos en unos años, cuando yo sea una celebridad, ser tachados de oportunistas cuando, entonces sí, se pongan a presumir que estudiaron en la misma Universidad que yo. Es preferible que desde ahora muestren su simpatía para que, llegado el momento, tengan la autoridad suficiente para ser parte de las entrevistas que se harán en el documental dedicado a mi periodo de formación académica.

El asunto es que me sentí decepcionado. No soy valorado como merezco, pensé. Quizás sea un adelantado a mi tiempo. The Velvet Underground no gustó a todo el mundo cuando salieron. Detesto ser parte de la vanguardia social, una que ve a la convivencia como una cosa que debe evitarse al máximo. Tendré que esperar un par de décadas para ser comprendido.

De pronto me sentí solo. Nadie me entiende. La televisión nos manipula. Arriba el Che Guevara. Viva Cristro Rey. La Navidad es un invento comercial. Me urge un vasito de gelatina con doble carga de rompope. El ratón de los dientes no existe, son los papás. Necesito música de algún grupo gótico cuyo vocalista tenga el cabello rojo y que pase por se tercer matrimonio. 

Será mejor regresar a casa, sí. 

Iba rumbo a la salida. A lo lejos vi al portero. Menos mal, alguien cuerdo por ahí. Este mundo enfermo conserva unos cuantos ejemplos de honestidad. Te adoro, hombre mío: te besaría si mis inclinaciones fueran otras, si la espesura de tu bigote no diera la impresión de provocar irritaciones cutáneas.

Pasé junto a él y volteó hacia otro lado. Por primera vez después de varios meses no me saludaba. Comprendí que lo que pasaba era extraño. Lo supe entonces: ¡No había ido a la escuela ese día! ¡Era mi pensamiento que tenía una pesadilla!

lunes, 22 de agosto de 2011

"No hice la tarea"


Iba en la preprimaria cuando, por alguna razón, olvidé hacer la tarea. Esta historia tan habitual sería indigna de cualquier mención si no fuera por el castigo que Miss Yola decidió aplicarme. Antes unos antecedentes; la mujer de la que hablo tenía una fama, ganada a pulso, de ser una maldita. Sus alumnos éramos niños pequeños, así que en nuestra inocencia no la considerábamos como tal, sin embargo sí le teníamos un respeto excesivo que se aproximaba a lo que la mayoría de las personas conocen como miedo. Conmigo no era tan puntillosa, tal vez le agradaba. Tal vez. Se ponía estricta en especial con las niñas. Creo firmemente que entre mujeres hay profundas envidias que hacen en ocasiones difícil su convivencia. Los hombres somos más simplones. Si alguien nos es desagradable, evitamos permanecer a su lado (por no hablar de otros comportamientos del tipo violento que atacan directo al conflicto). Las féminas en cambio pueden sonreírse, incluso volverse amigas guardando un resentimiento interno que sacan a relucir de vez en cuando. Como sea, Miss Yola tenía víctimas preferidas a las que hacía trabajar el doble. Hablo de encargar repetir una plana porque la letra le parecía "fea" o el de emitir juicios negativos respecto a los paisajes dibujados con crayolas. Detalles así. La escuela —y esto ya lo he contado—, era en realidad una casa. Uno de los salones estaba en la cocina, lo cual daba lugar a situaciones graciosas, como el de saber que los libros y el material didáctico se guardaban en los gabinetes de la alacena y en el horno de una estufa inservible. Visto a distancia, claro, en su tiempo nos parecía ordinario. Para muchos de nosotros esa era nuestra primera escuela, así que pensábamos que las demás era igual.

Fin de los antecedentes.

No hice la tarea y me dio miedo. Ya para entonces había sido testigo de la rigurosidad que tenía la maestra, una tan fuerte que hacía llorar a algunos de mis compañeros. Otro asunto: no dejaba a nadie ir al baño. Hubo varios casos de niños que tuvieron que hacerse en los pantalones por no poder aguantar más. Ahora que lo pienso puede decirse que estuve en una versión infantil y laica de The Magdalene Sisters. Sí, porque también había golpes para quienes se portaban mal. No a un nivel merecedor de salir ahora a la calle a presentar una denuncia (a mí me da risa al recordarlo), mas sí llegué a ver reprimendas en las que —y aquí lo gracioso— algunos desafortunados recibían algunos golpes en el trasero con... una cuchara de madera. Era lo que tenían a la mano, por lo de la cocina. A mí me dieron tres una vez. Tuve que hacer un esfuerzo para evitar la carcajada. Las razones eran de lo más variadas. Recuerdo en específico a una amiga que fue regañada por levantarse a tomar un pañuelo desechable en los minutos en los que se ausentó la profesora. En cuanto ésta regreso y la descubrió, inició una reprimenda que duró cerca de 14 minutos en la que se expuso la importancia de la obediencia, así como las consecuencias que podía tener esa gran indisciplina, pudiendo derivar un futuro lleno de fracasos y miseria.

Fin de los antecedentes. (Ahora sí)

Si eso hacía por conductas menores, no quería ni imaginar lo que me haría a mí, que había cometido el pecado capital de no realizar mis labores. Cuando me llamó para entregarle la tarea, me puse de pie y avancé lento con las manos apiladas por encima del vientre. Al llegar a ella exclamé: ¡No la hice, miss! Cerré los ojos esperando una bofetada o los efectos de una llamarada golpeando de lleno a mi cabellera. Sorprendido, tuve que abrir los ojos después de 5 segundos, no había percibido ningún tipo de tortura en acción. En cambio, vi a la maestra Yola escribiendo algo en una hoja de papel. Me la entregó. Esto era lo que decía, en letras rojas llenas de furia:

No hice la tarea

Me pidió que me la pegara con cinta adhesiva en el pecho para que todos supieran al verme que era un irresponsable. Yo era obediente, así que lo hice y no la despegué hasta llegar a casa. La gente se me quedaba viendo. Estaba feliz, era un castigo agradable, no me dolía. Era un ser libre, en aquel entonces no me importaba la opinión de los demás. Yo sabía que NO era un irresponsable. Y eso era suficiente. No tenía que rendir cuentas a nadie.

Ah, cómo me extraño.

Una vez en la primaria, empecé a ver lo inútil de la mayoría de las tareas. Eran un sacrilegio que arruinaba el tiempo sagrado destinado a descansar. Admitía que dentro de las aulas uno debe estudiar, escribir, poner atención. Mi negativa llegaba cuando profesores abusivos intentaban invadir tu comportamiento fuera de clases. ¿Por qué debo realizar trabajos en mis horas libres? ¿Acaso me van a pagar? Eso pensaba. De modo que no las hacía. Mis calificaciones finales estaban llenas de números que parecidos al 6 y al 7. Algunos 5. No fui un estudiante ejemplar, sobre todo en secundaria y preparatoria donde, de plano, me negaba a realizar la mayoría de las actividades no relacionadas con el horario escolar. No repetí ningún año porque de cierto modo lo compensaba con exámenes y participación. Mi promedio final en la prepa fue de 6.7.

En la Universidad cambié. Sin importar cuánto me queje en esta bitácora, deben saber que entrego religiosamente cualquier trabajo que me dejen. En dos años no falté a una sola tarea y rara vez me abstuve de ir, teniendo una asistencia por encima del 90%. Lo hice a mi pesar, con un esfuerzo grande. No era difícil, en la práctica quiero decir, pero sí algo que no me gustaba. Nada de lo que me encargaron era para apasionarse. Era una lucha contra mí mismo. Hubo noches en las que terminé disgustado, ¿era una traición a mis principios realizar algo que no me era interesante? Quizás. Al final de cada ciclo noté que mi promedio alcanzó máximos históricos. Pasé de un 6.7 a un 9.2 en el primer semestre, cifra que pasó a 9.5 en el segundo, 9.4 en el tercero y 9.8 en el cuarto. Descubrí la clave del "éxito" (las comillas son imprescindibles); haciendo las tareas te garantizas pasar. A los profesores les ha gustado lo que escribo o lo que sea que entregue. Puede que no aprendas nada útil, pero si te las ingenias para cumplir con lo que te piden, estás del otro lado. De eso se trata. Les da igual cuánto estés enriqueciendo tu psique. Resulta complicado de medir. Basta con que cumplas con lo mínimo. Las calificaciones dependerán de qué tan hábil seas para convencer o fingir que eres alguien valioso. Nada para alarmarse, por lo que he visto, entregar mediocridades es suficiente para obtener un 8 bastante aceptable.

Pero ayer, luego de una racha de no sé cuántas entregas, decidí no hacer una tarea. Encontré una vieja foto en la que mi padre me sale cargando. Al reverso traía algo escrito. Apenas y he hablado con él en dos años. Verme de pequeño hizo recordara a Miss Yola y al incidente con el que inicié este post. En la foto salgo sonriendo. Decidí no escribir el texto que me encargaron, aun cuando no hubiera necesitado invertir más de 20 minutos. No era lo que quería hacer en ese momento. Lo que quería era escribirle a una amiga y eso fue lo que hice. Cuestión de prioridades. Yo sé que no todo en la vida va a ser regocijo, pero, siempre y cuando no afectes a nadie, debes darte estas pequeñas satisfacciones de vez en cuando. Llenar los deseos. Asumir las consecuencias también. Ahora tengo un NP ("no presentó") en la lista. Da más o menos lo mismo. No habrá gran diferencia al final. Sé que pasaré la materia. En cambio puedo decir que hice algo más importante: ser por un rato el niño que fui. No hay que permitir que nada ni nadie te consuma.

lunes, 15 de agosto de 2011

Basta poco para que reaccione


Siendo alguien que se burla de las supersticiones y otras creencias sin fundamento, me duele aceptar que yo también tengo decenas de costumbres y rituales ridículos. Para que se den una idea, una de ellas consiste en poner el ipod en modalidad shuffle en el primer día de clases con la idea de que, la canción que suene cuando ponga un pie dentro de las instalaciones, ya sea de la universidad o de la preparatoria en su tiempo, definirá cómo me irá en el transcurso del ciclo escolar. Esta tradición lleva ya varios años, nació poco después de que me regalaron un reproductor portátil sin que existiera una razón en específico. Sencillamente me pareció un ejercicio entretenido, una manera de vincular aún más la música con mi vida, sin importar que se tratara de un disparate.

Hoy entré a clases. Desde la noche anterior cargué al máximo la pila del ipod para que no se presentara ningún contratiempo. Decidí no prenderlo hasta llegar a mi escuela. Una vez ahí, me armé de valor y seleccioné el apartado de "aleatorio de canciones". El resultado me hizo sonreír. Entre las 5335 opciones (ya no le caben más) la ganadora fue "Some Kinda Love" de The Velvet Underground; algo promisorio comparado con experiencias de años anteriores en las que destacó la presencia de temas poco esperanzadores como "Torture" o "Just Go Away".

¿Será que en este semestre hallaré el amor sincero como pronostica el viejo Lou Reed? ¿Me veré rodeado del cariño de mis compañeros y la simpatía del profesorado? Pensé que sí, hay veces que debes aferrarte a cualquier señal para mantenerte a flote. Durante el verano me concentré para lograr ser un optimista renovado que dejaría la negatividad atrás.

Me dirigí al salón silbando con alegría. Durante el camino procuré saludar a quienes hicieran contacto visual conmigo obteniendo a cambio frialdad. Vi a un maestro a lo lejos e hice un ademán con la mano para que me viera. Parpadeó y se dio la vuelta. Una de las secretarias no respondió a mis buenos días y siguió andando. Una nueva compañera de primer semestre me miró con lo que parecía ser un gesto de repulsión y cerca del final fui rebasado por un grupo de amigos de facebook que no me invitaron a participar en su improvisada tertulia. Vamos, ni repararon en mi presencia.

Esos metros fueron suficientes para que regresara a mi viejo estado de desengaño con la sociedad. Al diablo, ya desde el primer día puedo augurar que este semestre será una basura en la que aprenderé poco y en el que me llevaré una infinidad de disgustos. Cuesta creer que VU se ha equivocado, pero es así. No hay marcha atrás. Que conste que hice un esfuerzo por reconciliarme con la existencia. Lo intenté por cuatro minutos. Más no podía hacer. Regreso al comportamiento habitual.

jueves, 11 de agosto de 2011

Lo frío y plano de tus mejillas

Fui a inscribirme en la universidad. El trámite es odioso por donde se le mire. Lo tienes que hacer cada año. Llenar las mismas formas que has entregado ya en varias ocasiones, por aquella posibilidad de que tu padre haya cambiado de nombre, o de que recuerdes tu edad verdadera. Yo estaba pasando unas vacaciones agradables. Por peores que éstas sean, siempre superarán al mejor día de clases.La mayor parte del tiempo considero que ser un alumno es algo indigno. El hacer tareas y trabajos de a gratis para, al final de mes, recibir una calificación. El que lo deteste no significa que sea, hasta cierto punto, necesario. Quisiera ser uno de esos tipos que no estudiaron una licenciatura y que, sin embargo, triunfaron en la vida. Admiro a una gran cantidad de figuras que lo lograron. Yo no creo poder. Soy de los que necesitan apegarse a las normas, ante la falta de fortuna generalizada. Sé que no estoy aprendiendo lo suficiente. Que podría adquirir más habilidades y conocimientos con una lista de libros específicos o trabajando. Da igual, si no obtengo un título seré discriminado por los empleadores encargados de fichar jóvenes. Das mala espina si no te machacaste un mínimo de cuatro años en una universidad. En automático pasas por un ser flojo, aunque no lo seas y aunque los salones estén compuestos, principalmente, estudiantes que platican o duermen. Así que te rindes. Le das la razón al sistema, te inscribes. De pronto llevas dos años en una carrera que ofrece pocas satisfacciones, al menos en lo que a ti respecta. Hay individuos que hicieron la a elección correcta. Ahora están contentos y se abrazan en el día de la inscripción. Mientras los veo pienso que no soy un tipo de abrazos. Promedio unos siete al año. Tres de ellos corresponden a los que doy en navidad a integrantes de mi familia. Podrían ser cuatro, pero hay un familiar al que no he abrazado ni besado en más de ocho años. No le veo la necesidad. Si hubiera frío podría tomarlo como una medida para aumentar la temperatura corporal de manera inmediata y gratuita. Igual no le veo nada de malo si quieres a la otra persona. Me parece exagerado solo cuando se da por inercia. Se ha perdido el respeto por los abrazos y besos en la mejilla. Ya se les da a cualquiera. Estamos necesitados de amor y aprovechamos cualquier oportunidad para recibirlo y ofrecerlo. Bué, yo no. Procuro no hacerlo. No saludo de beso a alguien que acabo de conocer. Qué carajos, ¿por qué hay muchachas que sí lo hacen? Es común que lo hagan a diario. Van y saludan efusivamente a alguien que vieron AYER y al que verán mañana, pasado y dentro de una semana. Es posible que esta clase de reflexiones afecten de alguna manera. Debo entender que no se puede vivir al margen de las normas sociales. Tienes que ceder, adaptarte. O te vuelves loco. Temo estar convirtiéndome en uno. En fechas recientes he manifestado comportamientos preocupantes. Uno de ellos, y pasa desde hace dos meses, es el de hablar con el espejo. Es una cosa que me sorprende a mí mismo, porque no lo planeo ni mucho menos. Unas tres veces a la semana ocurre: sin darme cuenta, reacciono para notar que estoy frente al espejo del baño diciendo barbaridades:

—¿Cómo vas por allá? Acá todo sigue igual. Personas, animales, objetos. Los segundos quieren a los primeros. Los primeros quieren a los terceros y, en ocasiones, a los segundos. Los primeros conocen a los primeros. A veces se quieren, a veces no. Tú debes ser un primero, o un tercero. Aún no lo tengo tan claro. Ahora me observas, no sé si me escuches. Yo lo hago, te lo juro. Si evito tocarte es para olvidar algo: lo frío y plano de tus mejillas.

Empiezo a divagar. Este escrito era para hablar de la inscripción a la universidad. Quería contar que tuve complicaciones a la hora de armar el horario. Había un menú de materias que me confundió al máximo. Las hallé irreconocibles. No podía recordar cuáles de ellas ya había cursado y cuáles no. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, a las autoridades de mi escuela les gusta poner nombres rebuscados a las materias. Hay una llamada Paradigma Social de Redes (¿?) Qué cojones. De cualquier forma no recordaba si en los cuatro semestres anteriores había pasado por ella. Tuve que remover papeles para encontrar el kardex gracias al cual descubrí que no, que aún no la he llevado. Una lástima porque no me atrae en lo más mínimo, en gran medida por tener un título rimbombante.

Gran parte de las asignaturas me parecen iguales. Una vez dentro solo las distingo por la cara de los profesores o por los compañeros que tengo a un lado. Me dejan exactamente lo mismo. Una masa grande de pérdidas. Es algo que no les comento porque se sienten especiales. Hay cosas con las que puedes conversar. Una materia no es una de ellas. Queda el consuelo de los espejos.

domingo, 24 de julio de 2011

Compañeros del pasado

Cada determinado tiempo me agregan a Facebook compañeros que tuve en la prepa, secundaria y los más aterradores la primaria. Rechazo a la mayoría. No estoy interesado en volver a retomar vínculo con ellos, no tengo curiosidad de saber si se han casado o si ya parieron a un niño. Me cuesta trabajo entender el por qué alguien podría pasar una tarde buscando a personas cuya relación se limitaba a pasar seis horas diarias en el mismo salón con clases tortuosas para el espíritu. Hay amigos a los que sí he aceptado, en primer lugar porque la relación con ellos jamás se desvaneció. Otros en cambio no se ponen a pensar que si el afecto con ellos hubiera sido el suficiente, en primer lugar el contacto no se hubiera perdido.

Tema aparte es el de la gente que agrega a sus maestros. Horror que supera la noñez, entrando incluso en otra categoría especial, ya que no tiene nada que ver con que sean nerds (algunos son bastante imbéciles), sino con el anhelo de aproximarse a esos seres despreciables que dejan trabajos los fines de semana y que arruinan tardes que podrías emplear en ocupaciones tan importantes como la del sueño. Reconozco que hay maestros buena onda a los que no me molesta saludar, e incluso platicar. Pero ni a ellos agregaría en una red social, ¿para qué? ¿para ver cómo son sus esposas? Me daría miedo que se les ocurriera mandar una tarea por mensaje privado o que anden recordando en los muros el material debes llevar al otro día. Eso sin contar otras variables, como la imposibilidad de justificar las faltas con mentiras a sabiendas de que ellos han estado monitoreando tus actividades.

Y lo de los viejos compañeros...joé. Hay dos que en combinado, me han enviado unas 9 solicitudes de amistad. Las rechazo y las vuelven a enviar. Admiro ese tesón que les impide rendirse. Ahí han estado, cada nuevo mes renovando ánimos para volver a intentarlo. Tal vez piensen que si son firmes, tarde o temprano sentiré compasión por ellos y diré: Bah, ya qué, bienvenidos. Puede que hasta lean este blog (recién me he visto alterado al enterarme de que ciertas personas leen este espacio sin que yo pudiera siquiera imaginarlo), de ser así: lo siento chicos, no tengo intenciones de recordar cómo eran esas mañanas en las que aprendíamos el abecedario, ni de platicar de cómo se fueron transformando hasta ser lo que ahora son: seres que no me inspiran ni un gramo de confianza.

jueves, 23 de junio de 2011

Lady In Red

El alto o bajo nivel de idioma inglés que tengo ahora se lo debo, en gran medida, al maestro que llevé en la primaria. Se llamaba Felipe, tenía métodos de enseñanza efectivos gracias a los que aprendí, calculo, el 80% de lo que sé ahora. Lo que vi en secundaria fue redundancia y ya en la prepa tuve un profesor cuyo único mérito era decir groserías y contar chistes durante sus clases.

La esposa de Felipe también era maestra en la escuela, se llamaba Ana. Tenían un hijo varios años menor que yo. No debían quererlo mucho porque lo tenían estudiando ahí mismo, en una deficiente escuela que dejó traumas en cada una de las generaciones. Una vez hubo un incidente entre ellos, al parecer la maestra Ana se dio cuenta de alguna infidelidad de su marido con otra de las empleadas del lugar. Una mañana, en medio de una clase, el profe Felipe, sorprendido tanto como nosotros sus alumnos, vio entrar a su mujer al salón con cara de pocos amigos. Se acercó hasta donde estaba él, que había interrumpido la lección para ver qué pasaba. Acto seguido recibió una poderosa cachetada que le dejó una marca rojiza en una gran parte de la cara. Jamás pude volver a verlo con los mismos ojos. Cuando trataba de enseñarnos algo, venía la imagen mental de aquella escena tan bochornosa para él. Le perdí algo de respeto. De cualquier forma, les digo, aprendí bastante con él. Una de las herramientas que usaba con nosotros eran las canciones. En cada festival elegía una que teníamos que aprender y cantar el mero día. Desde luego por ahí desfilaron lugares comunes como "Imagine", "Woman", "We Are The Champions" (pueden burlarse) y otras tantas que tenían como único denominador en común el pertenecer a la categoría "Adulto Contemporáneo".

Para un día de las madres en el cuarto año, la directora quería que cantáramos "New York, New York", versión Frank Sinatra. Previamente había sugerido "Mother" de John Lennon. Evidentemente no tenía ni puta idea del inglés y se había dejado llevar por el engañoso título por lo que tuvimos que orientarla. Desde el principio la idea fue recibida de mala gana, en cuanto escuchamos el ♪ Start spreading the news, I’m leaving today...♪ en el cassette que nos prestó, supimos que era una elección anticuada que no correspondía al ánimo que distingue a esa celebración en particular. Inmediatamente empezaron las risitas, los suspiros, las quejas.

En un arranque de gallardía, el maestro Felipe sugirió un cambio de tema, nos indicó que no debíamos avisarle a Miss Yola (la directora), porque de otro modo echaría abajo nuestros planes. La canción sustituta no era menos ridícula, se trataba ni más ni menos que de la ochenterísima (y ñoñísima) "Lady In Red" de Chris de Burgh. Sigo sin entender por qué escogió una tan romántica, si se supone iba dirigida a nuestras mamis. Para hacerlo aún más ridículo nos pidió que le sugiriéramos a ellas que asistieran al día del evento vestidas de rojo.

El día llegó, y todas las mamás llevaban ropa roja...excepto la mía que iba de negro. Olvidé avisarle sobre el color del vestuario. Ni hablar, hice que se perdiera de la, huy, sorpresota de su vida. Lo que más recuerdo de esa mañana, aparte de eso, es la cara de la directora, reconocida por su mal genio, cuando la música empezó. En vez de escuchar la tonada dedicada a La Gran Manzana, nos vio ahí cantando un éxito de los años ochenta. Ver cómo sus sonrisa se desvanecía representó algo similar a lo que luego conocería como orgasmo. La pobre hasta llevaba puesto el sombrero de copa que había propuesto originalmente para el vestuario.

Pocos meses después el maestro renunció para irse a trabajar a Interlingüa. Una vez me lo encontré en un camión y nos saludamos. Me sorprendió que me reconociera, yo había cambiado, él seguía relativamente igual. Le dije que le debía lo que sabía de inglés y al rato nos despedimos. Un hombre simpático.

Me vino a la mente esto porque hoy es el cumpleaños de mi madre y no sé qué decirle.

domingo, 12 de junio de 2011

Los vecinos llevaban pan

Unos patos protagonizan la única foto decente que tomé en el semestre donde llevé la materia de Discurso y Técnica Fotográfica. La conseguí con la cámara de Vian (que no es Boris, por si se lo preguntaban, en primer lugar porque es mujer). No es la gran cosa, le daría un 6 de calificación. Lo que pasa es que el resto de las que llegué a tomar eran una verdadera desgracia. No estuve enganchado a la materia, con todo y que era de las que llamaba mi atención cuando elegí la carrera. El maestro era un tipo al que le apasiona la fotografía con el que, sin embargo, no logré conectar. No es culpa suya, honestamente ya casi todo me aburre y en sus clases, mientras los demás se peleaban por acaparar las pocas cámaras que había, yo me quedaba sentado en algún rincón con los audífono puestos. Aprovechaba para intentar recordar lo que había soñado la noche anterior.

Uno de los primeros recuerdos que tengo relacionado con los animales, tiene que ver con patos también. Tenía yo seis años cuando mi familia me llevó a un parque. Recuerdo un lago enorme. Le pregunté a mi madre que cómo le hacía el barrendero para tener el agua tan limpia. Ni una basura se veía flotando por ahí. Parecía el mar en grisáceo y con mejor clima. Cerca de ahí estaban unos pájaros que emitían sonidos extraños. La gente les echaba pan y ellos competían por comerlo. Algo bastante simpático aunque, como siempre, tendía a poner más atención en los derrotados, en los caídos. Noté que había patos que no lograban atrapar una sola migaja. Eran seis o siete los abusados que acaparaban la comida que se les daba. Nadie parecía darse cuenta, excepto yo. Las señoras reían. No les importaba cuál de los patos se zampara el pan, y menos cuáles se quedaban sin probar bocado. Lo único que parecía interesarles era el espectáculo en sí: no alimentar, sino ver en aquellos animalitos un entretenimiento cualquiera.

Le pedí a mi madre que me diera una rebanada de pan. Lo tenía claro: debía darle de comer a cierto pato que estaba más flaco y pequeño que los demás. Era uno que se quedaba rezagado frente a la competencia de una treintena de camaradas. El pobre la tenía difícil entre tantas aves atléticas. Ese pato era como yo, me sentía identificado con él, había un vínculo entre nosotros. Al igual que él no me gustaba despeinarme ni meterme entre la muchedumbre. Esperábamos nuestro momento aunque desafortunadamente éste jamás llegará.

Sin avisar, con el pan en la mano, opté por acercarme a la zona plumífera. Mi pequeño amigo estaba ahí atrás, algo despistado, volteando hacia ambos lados, como esperando ver algo de alimento que nadie hubiera notado para poder desayunar. Avancé con seguridad, sonriendo. Estaba contento de poder ayudar a un ser al que le había tocado llevar una vida desfavorable. Competía en aquel entonces con la bondad de la Madre Teresa. En esto estaba cuando que me vi obligado a retroceder al escuchar el particular cuac-cuac violento por parte un puñado de patos. Los miserables no me dejaban pasar, perdí de vista al que quería alimentar. ¡Los muy miserables me estaban persiguiendo! Como aún no adquiría experiencia suficiente en materia parqueril, emprendí la huida sin soltar el pan, lo que provocó que no me dejaran en paz. Mis padres se habían quedado distraídos unos metros detrás. Recordaron mi existencia hasta que me vieron correr a lo lejos con unas fieras hambrientas a mi estela. Yo estaba francamente atemorizado.

sábado, 21 de mayo de 2011

La vida intermitente


Cambio de opinión todo el tiempo. Tardé año y medio en elegir una carrera y a los dos minutos de hacerlo, ya me estaba arrepintiendo. Entré a Ciencias de la Comunicación porque me gustaba escribir. Eso y porque odiaba cualquier otra actividad disponible. Luego me di cuenta que en la comunicación se ve mucho además de la escritura que ocupa un lugar importante, pero limitado. El tener radio, fotografía, mercadotecnia, la vertiente organizacional y decenas de materias de relleno, deja poco para aquello de la pluma y el papel. Se estudian muchos temas, se profundiza en pocos. Ahí la gran debilidad. "Debí meterme en Letras", he pensando miles de veces. Y ahora me pesa la edad. Tengo 22 años, e iniciar en otro lugar supondría tomar clases con párvulos de 17. Casi un sexenio de diferencia. Si ya de por sí me siento viejo con mis compañeros de 19 o 20, no quiero imaginar cómo sería rodearme de jóvenes que andan en otra onda lejana a la mía.

Una de las intenciones era dedicarme a la publicidad o al periodismo. De la primera no he visto nada, de la otra me he ido desencantando terriblemente. Voy a la mitad de la carrera. Las historias de los maestros en las que se hace énfasis en los malos sueldos me desaniman. Por si no fuera suficiente se trata de un medio corrupto en el que es difícil mantener la honorabilidad. Llevo una materia llamada "Periodismo de Investigación". Tres veces a la semana, a las 7 de la mañana. Para lo único que me ha servido es para abrir los ojos: No quiero dedicarme al periodismo. No quiero suplicarle a ningún funcionario por una entrevista. No quiero estar horas bajo el sol para obtener unas estúpidas declaraciones. No quiero asistir a eventos. No quiero platicar con colegas ni relacionarme con nadie. No quiero recibir 200 pesos para hablar bien de alguien. No quiero asistir a una conferencia donde ofrecen café con panecillos gratis. No quiero nada de eso. Sólo estar encerrado en mi habitación con la luz apagada. Quiero un trabajo donde la exigencia máxima sea quedarse tirado en la cama durante todo el día. En eso se ha convertido mi vida: en resistir hasta que se haga de noche. Entonces dormir. En este mundo ya es un gran mérito no aventarse desde un cuarto piso como para que encima tengas que salir a ganarte unos cuantos pesos diariamente.

Hace unos días para la materia que mencioné, encargaron realizar una nota sobre la seguridad dentro de la Universidad. Quise matarme. Eso implicaba que tenía que salir a obtener declaraciones, a buscar la noticia. Una miseria. Yo estaba triste, quería estar hecho bolita sin que nadie me molestara. Y ahora, con tal de no volver a cursar "Periodismo de Investigación" a las 7 de la mañana, bué, tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano. Para algunos es fácil. A ellos los admiro: los que despiertan con ánimos de comerse el mundo; los que tienes miles de ideas; los que saben cómo resolver problemas; los que improvisan y salen adelante; los que pueden escribir ocho cuartillas sin detenerse a pensar que lo hacen pésimamente. Al principio de la carrera podía hacerlo; ahora las circunstancias son diferentes y mis ánimos mucho menores.

Entonces ahí voy, al Departamento de Seguridad de la Uni e inmediatamente cambio de nuevo de opinión. Soy recibido amablemente por la atractiva secretaria. Soy saludado con sonrisas por el personal administrativo del lugar. No me ponen ninguna traba y el encargado principal me recibe como a un rey. Súbitamente me entran ganas de llorar. No lo hago. Es una sensación agradable, similar a la que tenía cuando entré a la escuela. Días en los que estaba motivado por adquirir conocimientos y el conocer nuevas personas. Pongo mi celular para grabar la conversación, y hablo con el amable hombre durante espacio de una hora. Hablamos de los tópicos que debía abordar en mi trabajo. Luego, la mayor parte del tiempo, nos desviamos a asuntos más importantes, como la vida, literatura y cine. Hablaba elocuentemente, daba sabios consejos, propios de alguien al que ya dominaban las canas. Luego de enterarnos de que compartíamos el gusto por la poesía, imprimió un poema de su autoría y me lo dedicó. Le dije que yo había perdido las ganas por dedicarme a escribir. Me dio un consejo que no revelaré. Lo aprecié mucho. Deseé que en mi escuelita hubiera un maestro como él. Aprendería bastante, quizás dejaría de quejarme, vería la educación de otra manera.

Hubo un detalle. A la mitad del encuentro empezó a sonar mi celular. Por respeto y por lo entretenido que estaba, no lo quise contestar. Pero siguió suene y suene, de modo que era mejor hacerlo para que por fin callara. Era un número desconocido.

-Bueno -dije.
-Buenos días, ¿Rafael Rodríguez?
-No, me parece que se equivocó de número.
-Oh, ya veo. Disculpe, ya que estamos hablando quisiera aprovechar la oportunidad para preguntarle si ya cuenta con los servicios de Banco Santander.
-No me interesa, gracias.
-Mire, ahorita tenemos una promoción de una tarjeta blablablablablablablablá...
-No estoy interesado
-Deje le comento los beneficios que tendrá si usted blablablablablablablablá...
-Estoy ocupado, ya le dije que no me interesa. Déjeme en paz por favor.
-¿Conoce a alguien que esté interesado en alguno de nuestros servicios?

Colgué. Seguí platicando con el amable señor de otras cosas. Me recomendó una película que trataba de un joven negro que aspiraba a dedicarse a la literatura. La bajaré en cuanto la encuentre. Me despedí de él después de un rato. Me dijo que cuando pasara cerca de ahí lo buscara para platicar. Soltó un par de consejos más. Nos dimos la mano y dijimos hasta luego. Antes de salir, la secretaria se despidió cordialmente. Abandoné el lugar con una gran sonrisa ¿Eso era el periodismo? ¿Conocer gente linda que te saque en unos segundos del marasmo en el que estabas hundido? ¡Recuperé la fe en la carrera, carajo! Puse algo de James en el ipod, el día era hermoso y el panorama soleado. Ya no quería dejar las ciencias de la comunicación, de cualquier forma sólo quedaban 2 años por delante a los que vería bajo una renovada óptica. La culpa había sido mía, la amargura impedía que notara la belleza que a diario nos rodea.

Por la noche me dispongo a realizar el trabajo. Transcribir parte de la entrevista, y escribir algunas reflexiones. Pan comido.

Conecto mi celular.

El archivo no está.

Lo busco en otras carpetas.

Tampoco.

Lo desconecto, lo vuelvo a conectar.

No sirve de nada.

Entro en pánico.

Lo desconecto y lo busco manualmente.

Sigue sin aparecer en pantalla.

Asumo que desapareció.

La llamada del empleado bancario -que justo tuvo que marcar el número equivocado en ese ratito- había arruinado, de alguna forma, la grabación. Desde aquí quiero agradecérselo al muy miserable.

Me deprimo. Apago la luz y paso las 7 horas siguientes en un estado lamentable. Intentando recordar las declaraciones del entrevistado. Estoy al borde del colapso. Logro teclear un trabajo que nomás es para "cumplir", para sacar un 6 y no reprobar. Lo que pudo ser un gran texto digno de un 10, se convierte en un fiasco. Uno de los tantos que conforman la vida. Justo cambio de opinión otra vez. La carrera es una puta mierda a la que no quiero dedicarme ¿Qué necesidad de tomar el riesgo de volver a pasar algo así? Pienso en abandonar los estudios. Irme a vivir bajo un puente con gente maloliente. O dedicarme a promocionar tarjetas bancarias por teléfono.

Ya no me da tiempo ni para dormir media hora. Son las 6:15 am, quedan 45 minutos para la última clase del semestre, en donde entregaré el trabajo final que tanto dolor me costó. Decido tomar una ducha. El agua sale helada. Para empeorar el panorama, mi madre olvidó prender el boiler. Pienso en ir sucio a la clase. Lo descarto. Agarro valor y me meto a la regadera. Duro diez minutos dentro, bañándome como si no hubiera mañana. Sin gritar, sin gemir. Hay otras sensaciones más duras que el tener agua a punto de congelarse sobre la piel. Salgo con mucho frío, temblando y tosiendo. Es lo bueno que tiene tocar fondo, que puedes hacer lo que sea.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La comida y el baño

Entro al baño de la escuela cuando no hay nadie. Lo primero que hago es asegurarme de ello. Dirijo mis pasos hasta el fondo. Si los excusados están libres, y si no veo a nadie en los mingitorios procedo a lavarme las manos. De otro modo puedo hacerlo a gusto. Tener a alguien a un lado mientras te miras al espejo es tan incómodo como escuchar que alguien orina mientras intentas lavarte las manos.

Me lavo las manos después de cada clase. Los pupitres llevan años. Centenas de alumnos han pasado por ellos, y sumado a que la señora encargada de la limpieza es una floja, no queda de otra más que tomar precauciones. También lo hago en casa, donde está relativamente limpio. Cada hora (10 minutos más, 10 minutos menos) voy y lavo mis manos con agua y jabón. Me encanta que huelan a limpio aunque no haya nadie para darse cuenta.

En la cafetería de la escuela casi nunca como. Me han dicho que sólo tomo jugos y sí. Con excepción de las galletas odio comer enfrente de otras personas. No vaya a ser que piensen que soy un animal cualquiera. Quisiera dar la impresión de que no necesito comer a diferencia de ellos. Que la comida es sólo para los mortales. ¿Lo habrán llegado a pensar?, ¿Creerán que nunca como y que me alimento únicamente por medio de aguas frescas y galletas con chispas de chocolate? Estaría encantado que fuera así.

No obstante, hay gente lista, a lo mejor ellos no se tragan el cuento e intuyen que desayuno cuando estoy en casa. Seguiré con el teatro por lo mientras.



lunes, 28 de marzo de 2011

Lo que hago en una clase aburrida

Tomo la libreta. Mientras el maestro dicta, escribo. No lo que dice, lo que pienso. Algún chiste, un cuento. Con la peor letra posible. Que piensen que tomo dictado cuando estoy en otro mundo. He llegado a dibujar aunque lo haga muy mal. Cualquier actividad es mejor que tomar notas que nunca leeré. Otras veces, en especial cuando nos llevan al auditorio a ver una película malísima, me pongo los audífonos y subo mucho el volumen. Veo imágenes y leo los subtítulos. Por dentro escucho a Cohen o Brian Wilson. Antes lo hacía quincenalmente, luego una vez a la semana. Ahora casi a diario. Las clases no me importan mucho. Hay una sola en la que participo, en la que no miro tanto el reloj. Por lo demás, podría estar en casa comiendo un sándwich aprendiendo casi lo mismo.

La apatía y la indiferencia reunidas en un estudiante. Ah, recuerdo la bella época en la que me encontraba entusiasmado. Cuando platicaba con quien se sentara a lado. Los maestros decían que era muy participativo. ¿Ahora?

Nada.

Hago tareas de manera mecánica. No me gusta hacerlas. No por el esfuerzo que suponen, por inútiles. Me siento mal cuando las hago y las entrego. Así como cuando permanezco en aula en vez de salir corriendo en busca de la dolce vita que anhelo.

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A las 7 de la mañana, la rutina de siempre. Escribir palíndromos, frases-versos. En lo que el maestro pasa lista y se va. Fingiendo que me gusta estudiar.




martes, 15 de marzo de 2011

Las naranjas son limpias


Intento comprar algo de tomar en la cafetería de la escuela. La escena es bochornosa porque me da pena pronunciar el nombre del jugo que quiero. Se llama "Pulpy". Lo recomiendo, tiene sabor refrescante e incluye pulpa de naranja. Lo malo es el nombre. Siento que si lo pronuncio me convertiré en niña. De modo que prefiero comunicarme con la señora que atiende a través de señas. Como no me entiende, le digo que me dé un jugo de los que están entre la leche con chocolate y los yogures de fresa. La vuelvo a confundir y tengo que darle más indicaciones.

-Ah, ¿un Pulpy?
-Sí, de ese.

Pago. Quiero salir rápido de ahí. Al darme la vuelta veo a un sujeto raro con el que llevo clase. Lo detesto. Estoy con él en un trabajo de equipo por no coordinarme con otras personas. Tiene la mano levantada, quier estrechar la mía. Increíble, estaba ahí esperando a que me dieran mi Pulpy para poder saludarme. Lo miro a los ojos, luego a su mano. No quiero tocarlo. No saludo a nadie de mano, menos a él, imposible saber qué estuvo haciendo en las últimas horas, si se lavó las manos después. Permanece estoico sin importar la frialdad con la que me comporto. El hola que le dediqué no era suficiente, el bastardo quería tener contacto físico. Al fin cedo, empezaba a causar cierta lástima. No es alguien que sea malo conmigo. Simplemente se había acercado a saludar. Tiene fama de ser un pervertido y le gusta el metal. Pero qué podía hacer. No me gusta discriminar a la gente. Me dice:

-¿Cómo estás?.
-Bien.
-Yo también.

Sin decir nada más salgo de lugar. Voy al baño que se encuentra del otro lado de la escuela porque el cercano carece de jabón y lavo mis manos una, dos, tres veces. Cuando regreso al exterior veo pasar a tres chicas riendo, me pregunto por qué no son ellas las que se me acercan. Pienso aproximarme, mas no lo hago porque temo ser ese chico extraño que te obliga a lavarte las manos.

lunes, 21 de febrero de 2011

Del saludar




El maestro que me dio un par de clases de francés no me saluda cuando me ve. Fueron dos clases de regularización ya que entré una semana después al curso. Una vez concluidas me pasaron con otro profesor.

Casi siempre lo veo en por los pasillos. Lo miro a los ojos esperando a que voltee para decirle bonjour, o mínimo un buenas tardes. Y no me mira, ¿será que los franceses no acostumbran saludar? No creo, hay otros maestros, que ni me han dado clases, que sí tienen la gentileza de interactuar brevemente. Él mismo lo hace con otros estudiantes mucho más afortunados.

He pensado que quizás le caiga mal, aunque cuando entré a su clase, no me lo pareció. Fue amable, me hizo preguntas para integrarme al grupo. Pienso en la posibilidad de que nadie le haya avisado que entré con él nomás temporalmente, y que, al verme en otro horario, pensara que desprecié sus métodos de enseñanza para enseguida solicitar un cambio de maestro. Por el contrario, con él aprendí con mayor facilidad que con el tengo ahora, que es un mexicano que vivió en Lyon gran parte de su vida. Disfruté las dos clases, el tipo me cayó simpático y todo, de ahí que me altere ligeramente que no me mire siquiera.

Tengo dificultades con eso los saludos. No sé distinguir cuándo debo saludar a alguien o cuando no. ¿Si veo a alguien de la escuela en la calle debo saludarlo? Yo pienso que sí, al menos con la mirada. Acercarme a darme la mano me parecería excesivo, mas no sé si la otra persona interpretara mi no-aproximación como una ofensa. Así que dudo y hay veces en las que prefiero pasar de largo como si no lo hubiera visto. ¿A la gente se le saluda a diario? Veo que mis compañeros de la escuela tienen por costumbre darse un beso en la mejilla temprano cuando se ven por primera vez en el día. He de decir que yo lo considero innecesario, ya que son personas a las que ves a diario. No me cabe en la cabeza que de un día para otro se renueve el cariño como para que tengas que dar los buenos días de manera tan afectuosa. Eso opino, claro, pero también me da la impresión de que me he hecho fama de arrogante, cuando en realidad estoy lleno de buenas intenciones. Que no salude físicamente no significa que odie a nadie; es más, procuro hacerlo verbalmente o con la mirada, a veces con resultados desastrosos. Hay quienes, como el francés, ni si quiera te voltean a ver. El otro día borré de Facebook a una chica que no tenía un solo gesto conmigo cuando la veía por ahí, ¿para qué tenerla agregada? No me interesa, por más que suba fotos en bikini haciendo cara de pato.

Hay otros casos en los que dudo si hay suficiente confianza como para decir "Hola, qué tal". Comparto clases con muchos monitos, y si bien cuando paso a un lado de ellos intento asentir con la cabeza a modo de cumplido, la mayor parte de ellos no responde de manera satisfactoria. Así que los elimino de la lista. He intentado ser amable con todos, y ahora que he ido descartando a sujetos con el paso de los semestres, he terminado por ser cordial únicamente con una docena de personas.

Los peores son los que no responden ni al buenos días, como me pasa con un maestro de la universidad. Lo intenté dos veces, y ante el silencio desistí. En cuanto pude lo agregué a mi lista de personajes vomitivos. Mis favoritos, ya que soy un ser tímido que se abstiene de acercarse a los demás por temor a ser impertinente: los espíritus puros que te saludan antes de que tú siquiera los veas. Quedan poquitos en el mundo, así que si conocen a alguno, no lo pierdan de vista. En especial si son de los que te lanzan un grito cuando entras a la cafetería para que te sientes con ellos. Búsquenlos y no los pierdan, que yo ya no los encuentro.

sábado, 19 de febrero de 2011

Los peores tipos de maestros

-Yo desde luego que no...


He tenido clases con decenas de maestros. Cambios de escuela y elecciones de horarios han hecho que, durante años, desfilaran ante mí una elevada cantidad de docentes de los más diversos tipos. He de señalar que la mala fortuna me ha acompañado. Son realmente pocos los maestros a los que recuerdo con afecto. De la mayoría he aprendido más bien poco, sin que lleguen a compensar el fastidio que supone levantarse temprano para ir a verlos. Gran parte de ellos me han caído bien; no me distingo por ser alguien que se relacione mal con el profesorado: prefiero mantener la diplomacia. Realmente me cuesta pensar en alguno al que haya odiado al nivel personal; a los que he criticado ha sido más por sus métodos de enseñanza que por su comportamiento a nivel humano, aunque debo decir que la mayoría de las veces una cosa va relacionada con la otra, de modo que un tipo nefasto casi siempre equivale un maestro nefasto.

Los patrones suelen repetirse. Creo, sin aventurarme demasiado, que todo el mundo ha tenido, por poner un ejemplo, a un profesor con aspiraciones cómicas que, entre una lección y otra, intenta provocar la risa su alumnado (sin conseguirlo) o a alguno con aires dictatoriales que mantiene atemorizados a los pobres pupilos. Los apellidos cambian, las generalidades se conservan. Auguro que en el siguiente listado de los peores tipos de profesores encontrarán casos a los que ustedes se han enfrentado a lo largo de sus carreras como estudiantes, de modo que no me queda de otra que mirarlos con lástima y compadecerlos.


  • Los que obligan a exponer.

Vaya crimen cuando un maestro delega la responsabilidad de enseñar a los alumnos. He tenido varios de estos. Un día llegan, taza de café en mano, y reparten temas para que los alumnos expongan. Así, sin ningún curso inductivo previo, uno tiene que idear una exposición de una hora sobre un tema del que no sabes ni papa. Varios traumas nacen cuando, por inexperiencia, se cometen tropiezos que, una vez acumulados, se convierten en ridículos. El profesor, desde un pupitre, muy quitado de la pena es testigo de cómo la vida social de un niño se va al carajo por la presión que supone enfrentarse de golpe a un público que se divide entre lo indiferente y lo cruel. El pretexto que suelen poner es que así investigas y aprendes más sobre el tema, algo completamente falso, dado que la investigación suele limitarse a una inspección entre los archivos de Wikipedia para ser copypasteados, hipervínculos azulados incluidos, en horribles diapositivas de PowerPoint que de lejos ni se alcanzan a ver. Apenas el semestre pasado tuve una materia así, en la que el maestro repartió temas y temas para que el curso completo fuera impartido por nosotros mismos. Una pena, ya que cuando él hacía algún apunte se notaba que sabía. Las exposiciones fueron un fiasco mayúsculo de las que no aprendí absolutamente nada.

  • Los que ponen películas.

Caso similar al anterior, están los que en vez de preparar una clase, van y rentan una película. Si en el salón hay una tele, la pone ahí mismo, si no, te lleva al auditorio o a algún salón donde, con un rebuscado pretexto, se justifican y se libran de hacer el trabajo por el que les pagan. "Es que en Monsters, Inc. vemos al humano enfrentando a sus miedos y a la competencia laboral que hay dentro de una empresa, nada mejor para ejemplificar lo que hemos estado viendo en nuestras sesiones de economía". Hay veces que se esfuerza en disimularlo poniendo un documental. Y ya, como es un documental, se sienten grandes catedráticos mientras estudiantes patéticos miran con falso interés los videos aburridísimos que ponen. Como material de apoyo está bien, el problema llega cuando se abusa del recurso convirtiendo lo que debería ser una clase en un videoclub con films pésimamente seleccionados.

  • Los que quieren estar en "onda".

Con el objetivo de ganarse a los alumnos, hay sujetos que se hacen cualquier cosa. Decir groserías, por ejemplo. Al decir una, sienten que rompen paradigmas ancestrales y que revolucionan el sentido de las relaciones alumno-maestro. A ellos les tengo una noticia: son ridículos. Los adultos que se quieren comportar como jóvenes son seres de la peor calaña, ya que, antes que nada, se les nota forzados, además de que fallan al imitar a la juventud de su época (la de los 80) en vez de a la actual. Los ves ahí diciendo aberraciones del calibre de "Está suave", "Qué hongo, ¿cómo estuvo el reventón?", "si chupan no manejen" mientras hacen movimientos armónicos. También les da por hablar de sexo y mencionar la palabra "condón" para demostrar que nada les escandaliza y que, por tanto, son cercanos a nosotros, o, peor, que no tienen pelos en la lengua. Brrr. Pensar que hay quienes se las compran y acuden con ellos cuando tienen algún problema para contar me entristece.

  • Los demasiado jóvenes/ los demasiado viejos

Unos por inexpertos y los otros por caducos. En general prefiero a los segundos ya que resulta imposible no sentir simpatía por los ancianos. Generalmente son monos. Es verdad que hay personas jóvenes con aptitudes para la enseñanza. Lo malo es que hay detalles que sólo se afinan con la experiencia. Le podrán echar ganas pero es inevitable mantener reservas por alguien que tan sólo te supera por seis años de edad. ¿Qué tanto puede saber un hombre que apenas se acaba de graduar? A veces mucho, a veces poco. La verdad es que hay profesiones en las que la madurez es necesaria para sentir confianza. Doctores, taxistas, cineastas... los preferimos entrados en canas por diversos motivos, aunque varios de ellos rocen en el prejuicio. Ahora bien, todo exceso es malo, y cuando se rumorea que el hombre que imparte clases es octogenario, se despiertan dudas respecto a qué tan actualizado se encuentra en cuestiones académicas. El mundo avanza a pasos agigantados y lo que hace décadas era válido ahora puede no serlo. No olvidemos que hace apenas unos ayeres la tierra era plana.

  • Los estrictos.

Si te pones de pie, hay tabla. Si tienes una pequeña charla con el de a lado, hay tabla. Si quieres ir al baño, hay tabla. Si estornudas, hay tabla. Si te ríes, hay tabla. Si te quejas, hay tabla.

La autoridad es necesaria, en especial en aulas pobladas por imbéciles. Hay, eso sí, que modularla para que ésta no interfiera con la mínima libertad que merecemos todos. En pocas palabras: reprender a quien de algún modo boicotee la clase, no a quien simplemente haga uso de la vida.


***

¿Se me olvidó alguno? ¡Seguramente! No tema en denunciarlos.

domingo, 13 de febrero de 2011

La señora y su hijo


Salgo del francés. Son las nueve de la noche. Estoy cansado y no logro pensar en otra cosa que no sea la tarea aburrida que tengo por delante. De pronto alguien me llama:

-Carlitos, ¿cómo estás?

Es una mujer que conoce a mi tía. Nos presentaron hace dos semanas. Las escena es bochornosa, mis compañeritos de clase, ante los que he mostrado un semblante duro, están cerca. Ahora todo se viene abajo gracias a que una señora me llama con un diminutivo. Tengo 22 años, hay personas que me llaman "señor", mas ella decide llamarme "Carlitos". Ante la falta de espejos ignoro si me puse rojo o no. Ella está efusiva y empieza a hablar como si no hubiera mañana.

-Te conocí cuando eras un bebé. Ahora, mírate, estás igualito a tu papá.

Dejando de lado lo comprometedora de la escena, no me molesta. La señora me cae bien. Se nota que lo hace con buenas intenciones. No busca reducirme ante quienes escuchan, cerca de ahí, algunos datos ridículos de mi infancia. Incluso me cae bien, asiento de vez en cuando y sonrío. No soy una mala persona después de todo. La acompaña su hijo, un tipo de unos 25 años que también intenta estudiar francés. Tiene aspecto extraño. Parece medio tonto y va en un nivel más avanzado que yo. La vida: gente que consideras inferior te supera en muchos aspectos. El consuelo está en que nadie te gana en cuanto a masticar chicles se refiere. Desde hace dos semanas me había dicho su nombre. No me tomé la molestia en memorizarlo. Pueden repetirme algo miles de veces pero si estoy indispuesto no lo aprenderé. ¿Cómo se llamaba?, ¿Me interesaba de algo? No sé y no. El caso es que pensó que deberíamos ser amigos. Hay gente que necesita amigos y hace todo por conseguirlo. Están desesperados. Yo necesito amigos pero no hago nada por conseguirlos. Me da flojera la onda de recibir llamadas a las dos de la mañana de un chico que te pide auxilio porque se quedó sin gasolina en medio de una avenida. Es lo que hacen los amigos. Duermo tranquilo sabiendo que no hay nadie con quien tenga la confianza requerida para ese tipo de ayudas. Bueno, el chico del que no sé el nombre es raro. No del raro-cool, ni del raro-quizásnolosea. Es raro del tipo repelente. Las pocas veces que lo he visto lo encuentro oliéndose los dedos. Es asqueroso. Junta todos los dedos de la mano de derecha (menos el meñique) en forma de rombo. Lo siguiente que sabes es que los tiene debajo de la nariz y empieza a olerlos. Me repatea. Pienso en por qué lo hace y sólo encuentro explicaciones repugnantes. ¿En dónde estuvieron sus dedos?, ¿Tiene las uñas con residuos de algo?, ¿Te estuviste tocando, muchacho? La primera vez que me dio la mano noté que estaba pegajosa. No es gratuito que imagine cosas feas. Y entonces lo evito porque me intenta saludar. Y les decía que soy un buen tipo, pero también soy un tipo higiénico. Rehuyo a la suciedad. En la escuela están los que se bañan en la mañana y los que se bañan en la noche. Yo soy de los que se bañan en la mañana. No puedo estar a gusto si no me siento reluciente y fresco. A otros les importa un carajo. Hubo una chica que me dijo que se bañaba cada tres días. Me reí. Juro que pensé que bromeaba. No era así. -En serio -me dijo. Dejé de hablarle, no volví a acercarme por donde pasaba. Un razón más por la que estoy solo. La suciedad masculina me da más o menos lo mismo, de todas formas no me interesa tocarlos. En la mujer es diferente, ¿cómo platicar con alguien que no se ha bañado en tres días? Vale, hay que cuidar el agua y todo eso, sí, pero todavía queda bastante en el mundo. Suficiente para que reserves cinco minutos de tu tiempo cada día para utilizarla. Entonces sí, ve a protestar contra el cambio climático o alguna onda ecológica. Otros están ansiosos por saludar de beso a otras personas. A mí todo lo contrario. No tengo nada en contra de las mejillas. Me caen bien, pero sé que las que saludan de beso han saludado de beso a otros 30 imbéciles en lo que va del día. Posar los labios, aunque sea rápidamente y sin pasión, en un pedazo de carne, en el que se han quedado rastros de alguna clase, choca contra mis estándares. Conque me rindo y acabo en mi cuarto escribiendo esto para nadie.

martes, 25 de enero de 2011

Sont des mots qui vont très bien ensemble

En segundo de primaria llevé clases de francés. Un día, Miss Yola -la directora-, nos presentó a una mujer directa de Francia que, a partir de ese día, nos estaría enseñando a hablar un nuevo idioma. Ya teníamos nociones del inglés. Un maestro capaz fue suficiente para que, durante la primaria, aprendiera la mayoría de lo que sé ahora. Igual fue de gran ayuda la música y los videojuegos (gracias a Zelda, por ejemplo, aprendí el significado de la palabra sword). Haciendo un esfuerzo por recordar el nombre de la maestra, creo que se llamaba Annie, aunque no podría asegurarlo. Era muy amable y cariñosa. Nos trataba mucho mejor que Miss Yola, a quien le aprendí y sufrí mucho. La escuela era pequeña y con el tiempo fui dudando que estuviera incorporada a la SEP. Las instalaciones eran una casa. Los de tercero tomaban clases en la cocina. Guardaban los libros en la alacena. El material didáctico iba en el horno de la estufa. Nadie vivía ahí, pero no se hacía un esfuerzo en evidenciarlo. Éramos pocos alumnos. Llegué a tomar clases sólo con otros tres niños, de modo que nos juntaban. Aprendí de manera adelantada porque estando en primero escuchaba lo que enseñaban uno de cuarto y a dos de quinto. Y sí, llegó Annie y con la gentileza que los mexicanos suelen presumir mas no demostrar, nos enseñó a decir los días de la semana:

  • Lundi
  • Mardi
  • Mercredi
  • Jeudi
  • Vendredi
  • Samedi
  • Dimanche

Nos dijo que Lundi era la Luna; Mardi, Marte; Mercredi, Mercurio; Jeudi, Júpiter; Vendredi, Venus; Samedi, Saturno y, bromeando, que en Dimache, Dios había descansado. Así me los aprendí rápido. También llegué a saber los números, días de la semana, colores... cositas elementales que fui apuntando en una libreta. Cuando eres niño, por alguna razón, absorbes fácilmente el conocimiento. Iba bastante bien. La maestra nos contaba de vez en cuando cómo era Francia. Durante los cuatro meses que estuvo con nosotros se la pasó sonriendo, y nos llamaba "corazones". Excepto el último día, en el que llegó roja de la cara. Intentó enseñarnos algo hasta no pudo más y se echó a llorar. Nos contó que esa sería la última clase que tendríamos con ella y que nos iba a extrañar. Incluso nos dio su número telefónico y dirección por si algún día la queríamos visitar. Sobra decir que nunca lo hicimos, aunque no hubiera estado mal.



La directora se había enojado porque nos había enseñado la letra de La Marsellesa. Por eso la despidió. Algo ridículo porque no había ningún tipo de acritud, simplemente se trataba de aprender. Lo que pasa es que Miss Yola era estricta y nacionalista. Mientras en otras escuelas adornaban los salones, a notros no nos dejaba celebrar Halloween por ser una gringada, para que se den una idea. Tampoco nos dejaba tomar frutsis ni ningún líquido que no fuera agua traída de casa, leche o Jumex, dizque porque esas bebidas hacían daño al estómago. Si alguien llevaba un Pau-Pau lo tiraba a la basura y se quedaba con sed. De igual forma, no dejaba ir al baño, por lo que más de una vez un alumno se orinó o se cagó en los pantalones. Los padres reclamaron y, de a poco, se fue tornando un poco flexible. Aun así no le perdoné que nos quitará el francés, en especial por la persona que lo impartía. Pasaron los años y fui olvidando lo poco que sabía del idioma. Hasta que hace una semana decidí remediarlo, en un intento desesperado de recuperar el tiempo perdido. Tomé la decisión de inscribirme en clases de francés. Estos primeros días los he disfrutado enormemente. Las dos horas que dura cada clase se me pasan volando (a diferencia de las de la carrera que van como orugas). Mis compañeros son simpáticos. Los maestros son cálidos y parezco caerle bien a la secretaria. En la educación pública que me ha tocado vivir ahora en la Universidad, tiene un personal que, con contadas excepciones, parece creer que te está haciendo un favor y se sienten tan seguros en sus puestos que no hacen nada por mejorar, por más mediocres que sean; en cambio aquí los empleados se esfuerzan a diario por dar una trato cordial que te impulse a regresar cada día. Nada mal, si me preguntan.

Ahora queda aprender algo además de croissant.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Desafortunado correo electrónico

Me llega este mensaje ayer, cerca de la media noche, es de la (amable) maestra de informática del lugar en donde estudio:
(...) no tengo tu calificación del examen de acreditación que estuvo programado durante la semana pasada, y no puedo levantar tu calificación en actas hasta no cumplir con el requisito. Para poder cubrirlo es necesario que acudas al centro de cómputo del miércoles 8 al viernes 10 de 8:00 a 13:00 horas y te busques en el grupo que se llama "rezagados".

Mierda. Dos cosas a considerar:

-Hasta donde sabía yo había hecho ese examen, y no sólo eso: lo había pasado con una calificación respetable.

-Confiando en que ya habían terminado todas mis preocupaciones escolares, estaba en otro estado la república, cómodamente disfrutando de las vacaciones.

Algún error el sistema hizo que tuviera que recorrer casi 300 kilómetros de regreso a casa sin deberla ni temerla. Encima ahora soy un "rezagado", una forma poco eufemística para referirse a un ser desdichado como yo.

Al menos había otra razón que coincidía con la vuelta relámpago.

John y el gatito siamés les aconsejan alejarse de los estudios.

lunes, 11 de octubre de 2010

Maestra Juanita


Recuerdo el año que viví en Monterrey con mucho cariño. En ese entonces era demasiado joven para darme cuenta, ahora doce años después puedo decir que esos 365 días fueron de lo mejor de mi vida. Simpatizo con la ciudad, me duele un poco ver que ahora se encuentre tan mal cuando hace no mucho era para mí cercano a un paraíso. En casa hasta el último mes no tuvimos estufa, no era necesario. Nos la pasábamos en restaurantes, o en puestos de comida callejera. Cada domingo era costumbre ir a un buffet, al de los Generales o al de algún hotel como el Holiday Inn. Subí como veinte kilos. No me percaté, como tampoco caché que había agregado palabras como "vato", "huerco" y "morro" a mi vocabulario. Tengo decenas de anécdotas. Vivía en un departamento, tenía muchos amiguitos: los de la colonia y los de la escuela. Iba en tercero de primaria. Al principio fue complicado porque cuando entré ya todos se conocían. Eran amigos del alma que estaban juntos desde maternal. La gente ahí era sociable, divididos en tribus que no se separaban hasta la universidad. Entonces llegué yo, como el único ente extraño a los alrededores. Me habían dicho que no hablara como chilango ni que mencionara nada del DF porque eso me haría ganar enemigos. No sé, nunca hubo necesidad. Todo transcurrió normal. Fui recibido cálidamente en una escuela pintada de guinda que más bien parecía rosa. Es desagradable que por querer tener una apariencia distintiva los colegios acaben recurriendo a despropósitos semejantes. No, todo iba bien. En la colonia era mejor, quizás hable algún día de ello. Por el momento me limitaré a contar de la maestra Juanita, la negrita en al arroz de esa excelente temporada.

Yo veía que los de primero, segundo, cuarto, quinto y sexto tenían maestros jóvenes y de aspecto simpaticón. Los envidiaba porque Juanita era todo lo contrario, era alguien a la vieja usanza, llevaba ropa vieja y pasaba de los sesenta años. Yo le caía mal. Una vez le entregué mi tarea escrita con letra cursiva y ella no creyó que estuviera hecha por mí. Decía que la letra era demasiada bonita y que yo escribía feo. Me pidió que pasara al pizarrón para hacer una prueba comparativa, -a ver, escribe una M -me dijo. Lo hice, y me salió horrible. Obviamente no es lo mismo escribir en un bello cuaderno con un lápiz bien afilado que hacerlo con un gis moribundo. No necesitó más, ninguna explicación la convenció. Fue la primera vez que me quedé sin recreo.

Era un buen estudiante. De esos que sacaban 8.1 de promedio. Así había sido en los dos primeros años de primaria. En Monterrey todo cambió. La maestra se ensañaba tanto conmigo que llegó el momento en el que dejé de esforzarme. Recuerdo haber pensado "si me va a regañar que al menos lo haga con motivos", fue así que empecé a dejar de poner atención, de estudiar y prepararme para los exámenes. Creo que fue ahí cuando inició la tendencia de mal estudiante que continuaría hasta la preparatoria.

A la mitad del curso hicimos un examen bimestral. Días después la profesora nos dejó ver los exámenes calificados para ver en qué nos habíamos equivocado. Había un seis bien remarcado con rojo en el mío. No le dí importancia, lo guardé en mi mochila. A la mañana siguiente Juanita me estaba esperando en la entrada a la escuela. Me pareció muy extraño. Olvidé decir que tenía un ojo desviado, bizco como se suele decir. A veces costaba darse cuenta que te estaba mirando, Luego de dudarlo unos segundo me interceptó. -Vamos a la dirección -dijo. Ahí estaba la directora de la escuela. Se veía enojada, los ojos de Juanita eran una belleza a lado de los suyos que parecían de pistola.

-¿Dónde está el examen?
-En mi mochila.
-¿Y qué hace ahí?
-La maestra nos los dio.
-No es cierto, directora. Se los presté un ratito para que los vieran nada más.
-Sí se los dio entonces-
-Bueno...sí, pero todos lo devolvieron excepto él.
-No sabía que lo teníamos que regresar.
-Se los dije clarito, joven. No me haga quedar mal por favor.
-Acaban de violar el reglamento interno de la escuela.
-...
-...
-Usted váyase a clase en lo que hablo con la maestra.

Todo un drama sólo porque me había llevado une examen dizque oficial a mi casa. Imagino que hubo un fuerte regaño de por medio porque al otro día Juanita me anunció que estaría dos meses sin recreo. Dos meses, sí. A diario veía cómo todos salían corriendo con el sonido de la campana. Menos yo que me tenía quedar en el salón frío y su focos ahorradores de energía. Cuando no llevaba lunch me daba cinco minutos para ir a comprar algo a la tiendita. Luego regresaba a hacerle compañía. Ahí estábamos los dos, sin decir nada. Ella con su chayotes al vapor y yo con mis sincronizadas frías. De lejos se escuchaban gritos de diversión, celebraciones de gol, risas , caídas. Miles de instantes irrepetibles transcurrían conmigo sentado en un pupitre.

La malvada no se rindió, ¿no tenía otra cosa que hacer? No, no se llevaba bien con los maestros. Una vez le pedí a mi ángel de la guardia hacerla cambiar de parecer. Algo me decía que luego de una o dos semanas se hartaría y levantaría el castigo. No sucedió. Probablemente no quería estar sola y yo era su justificación. No tenía a nadie en el mundo, así que sólo le quedaba joderme a mí. Fantástico.

Creo que los dos meses se extendieron, perdí la noción del tiempo, el caso es que perdí muchos recreos hasta que un día dijo las palabras mágicas:

-Ay, Carlos, ya vete. Diviértete.

Animado, salí corriendo con una sonrisa de oreja a oreja que se vio fracturada con el sonido de la campana. El tiempo de descanso había terminado justo cuando llevaba catorce segundos afuera. Miré hacia atrás y por primera vez la vi sonreír.

***

Debo decir que esto no fue lo suficientemente fuerte para arruinarme la vida. Semanas después de terminar el curso dejé Monterrey junto con mi familia para no regresar. Me pregunto si esta señora seguirá dando clases, y si tendrá ahora otras víctimas. Ya les contaré de algunos otros de mis maestros en otra ocasión.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Una buena salsa




Casi no uso la biblioteca de la escuela. Nada en contra de los libros, los quiero. Huelen bien. Tanto los viejos como los nuevos.

No voy porque considero que la lectura es una experiencia personal y como que eso de tener entre las manos un libro que ya tocaron otras trescientas personas le quita un poco de encanto al asunto. No es TU libro, es el libro de todos. Por esa costumbre he gastado dinero que podría ahorrar o utilizar en otros asuntos. Aunque no sé bien en qué. No sé en qué gastar el dinero. tengo alimento y techo gratuito. La universidad en la que estoy es pública y la cuota anual ya está cubierta desde hace tiempo. No me gusta salir. ni a museos ni al cine, ni a la esquina. No gasto en nada. Lo que menos haría sería soltar un peso para ropa. Conozco a gente que se compra una camisa a la semana. Un pantalón al mes. Yo no, me da un poco igual. Si por mí fuera usaría lo mismo todos los días. Pero no, debo admitir que me pesan las convenciones sociales por lo que procuro variar el atuendo cada dos o tres días. También he dejado de comprar discos y películas, ahora todo lo bajo por internet. Lo único que hago con el poco o mucho dinero que tengo es gastar en libros. Hace poco se acumularon demasiados. Hubo una tarde en el que compré cerca de diecisiete libros. Conozco gente que no ha leído esa cantidad en toda su vida. Me dejé llevar, estaba en una calle de librerías de usado y bueno, agarré algunos que ni siquiera eran urgentes. Los llevé a casa y se volvieron un peso importante. No me gusta acumular, así que decidí no volver a comprar hasta que terminara de leer esos. Ahora quedan cuatro, podrían ser menos si no hubiera sido porque traicioné el principio. Compré otros cuatro libros en el inter. Unos bonitos de Anagrama.

Llevo una semana sin leer. Acabé saturado. ya me dolía la cabeza. Necesito desintoxicarme. There's more to life than books, you know. De pronto empecé a confundir historias y a olvidar rápidamente lo que páginas atrás había sido un deleite. De vez en cuando viene bien descansar. Ver algunos partidos de la NFL, ver películas tontas. Leer una revista. Eso. Te relajas y luego regresas con más fuerza. De nada sirve estar exprimiendo el cuerpo sólo por cumplir. La lectura debe ser un gusto, no una obligación.

Entré a la biblioteca porque no tenía nada que hacer. La diez personas a las que les caigo bien estaban en clases. Estaba solo. Rodeado de decenas de personas. Me senté en un sillón. Ahora no había un celular para regresar a su dueño, lo cual agradecí. Nunca seré un héroe y a lo máximo que aspiro en esta vida es a un gracias. Cerca de mí estaba una chica un tanto extraña. Tenía el cabello hasta la espalda. Esponjado. Leía un libro. Yo había agarrado uno sólo para disimular. La verdad es que no tenía ganas de nada. No recuerdo cual era. Agarré el más gordo de los que había con la intención de pasar por alguien decente. Creo que no lo logré porque nadie me dio los buenos días.

Estaba aburrido así que inicié la plática con la esperanza de tener suerte por primera vez en el año.

-Oye, ¿qué estás leyendo?

No me hizo caso. Vi que tenía puestos los audífonos.Agradecí que el lugar estuviera semi vacío. Nadie se dio cuenta del ridículo.

Me rendí. No era mi día, no era mi semana. No era mi mes, ni siquiera mi año. Probablemente no fuera mi década ni mi vida. Cuando reencarne en una oruga todo irá mejor. Ahora pago el karma que debo, luego vendrá la gloria y terminaré siendo una bella mariposa que, con suerte, podrá ser disecada.

Estaba al borde del sueño cuando de pronto escuché una voz.

-Disculpa, ¿me puedes decir la hora?

Era la chica que minutos atrás me había ignorado por escuchar a Enrique Bunbury o algo similar.

-Las once y media.
-Gracias- me dijo.

Aproveché la oportunidad para repetir mi pregunta. Ahora sí me contestó. Hablaba medio raro. Parecía una niña de doce años.

-Eh, se llama "El búfalo de la noche".

No podía perder la oportunidad. No conocía esa novela, sólo sabía que la habían hecho película. Noté que tenía el separador en las primeras páginas. No iba muy avanzada. Quería platicar con alguien, dios. No podía negarlo, estaba terriblemente solo y no tenía otra intención que entablar una conversación sana sobre cualquier cosa. Fingí ser fan de Guillermo Arriaga.

-Lo leí el año pasado. Bastante bueno, cuando vi la película terminé decepcionado. No le hace justicia. Cada personaje está cargado de una fuerza enternecedora. Lloré con el final.
-¿En serio? Apenas lo voy empezando.
-Por eso mismo no te cuento ningún detalle, no te quiero arruinar la experiencia.
-No importa. Mira, un maestro nos dejó un trabajo al respecto y lo tengo que entregar para mañana.
-Qué hombre tan miserable.
-Ayúdame, nada más dime más o menos de qué trata.

Le inventé una historia. Le dije que trataba de unos cazadores que un día encontraban un búfalo de dos cabezas al que intentaban disparar todas las noches sin éxito. Me creyó e hizo su trabajo al respecto. Espero no volverla a ver. Porque me reclamará y yo sólo quería a alguien con quien platicar.