lunes, 15 de febrero de 2010

Un presunto podcast #3 - Respondiendo nada

Su podcast de desconfianza ha regresado por mera terquedad.

En esta edición, como siempre, toco temas de poco interés general y me la paso hablando de mí mismo.

Dura veintitantos minutos, se tocan temas como el coleccionismo de desodorantes, revistas, machismo, comida mexicana, turismo, etc. Hay recomendación musical también.

Click en la kitscheada esa para descargarlo

O escúchenlo online:



Es todo, pueden sentarse

domingo, 14 de febrero de 2010

Post especial del día de San Valentín

Hay dos frases que están más relacionadas de lo que usualmente se cree. La primera es esa que reza que del odio al amor hay sólo un paso. La otra es, si no puedes con el enemigo, únetele. Y creo que eso es el amor: Ir por la vida enfrentando personas hasta encontrar una con la que tienes que ceder. Las manifestaciones que este sentimiento provoca son tan ridículas bajo la óptica de quienes nos rodean, que sólo las toleran para que cuando a ellos les toque se regrese la inmunidad, prueba de ello es que cuando somos niños (etapa en la que estamos menos corrompidos y por lo tanto con menos responsabilidades sociales) el ver a parejas besándose en la boca nos parece algo asqueroso, y lo decimos. Conforme vamos creciendo, nos damos cuenta de que, al amar, exhibirse en público es un sacrificio que, con la persona correcta, vale la pena.

Obviaré quejarme de lo comercial (como si en estos tiempos hubiera algo que no lo fuera) que es el 14 de Febrero, también evitaré amargarme profundamente sólo porque hay parejitas en el mundo que en estos momentos están abrazadas o regalándose osos de peluche de cincuenta pesos. Después de todo, mientras mi anatomía no se vea salpicada, debería darme igual lo que los demás hagan.

Pasen un bonito 14 de Febrero. Tengan pareja o no. Lo importante es aprovechar las ofertas del fin de semana.

sábado, 13 de febrero de 2010

Crónica de algo

Ahora que Fernando Savater anduvo de gira por el país para recibir doctorados honoris causa, tuve a bien hacerle compañía dentro del espacio reservado al público para que no se sintiera tan solo.

Acudí puntualmente a la cita, tan puntual que no vi a nadie que llegara tarde, además de que alcancé ser uno de los pocos que consiguieron un asiento dentro del pequeño auditorio donde de desarrollaría la ceremonia solemne.

Ya dentro maté el tiempo admirando el bello papel tapiz de las paredes. Sólo tuve que esperar quince minutos mientras todo empezaba. Conseguí buen lugar, aunque en un lugar tan pequeño como ese, hasta el peor ubicado puede percibir si el invitado se bañó.

***
(Breve recuerdo: me enamoré de una acomodadora de asientos. Traía un moño rojo en la cabeza que la hacía parecer un regalo de la naturaleza)

***

Entonces salió Fernando Savater acompañado de un grupo de hombres vestidos de traje, que yo pensaba que eran sus guardaespaldas, hasta que la señora a mi lado me informó que eran rectores de no sé qué secundaria. Luego de unos aplausos a los cuales contribuí sacrificando mis huellas dactilares, tomaron asiento en lo que parecían unas comodísimas sillas.

El protocolo nos recetó un par de discursos con semblanzas wikipedísticas del autor que carecían de la sencillez y cercanía que precisamente a él caracterizan; por fortuna todo lo que empieza tiene que acabar, y una vez que se acabaron su vaso de agua, abandonaron el estrado para dar paso a la entrega de una medalla que ya quisiera yo para colgarla en mi refri.

Una vez bien amarrada, la medalla cedió el protagonismo a Fernando Savater que improvisó o recitó de memoria un ameno y divertido discurso, que arrancó (por fin) los primeros síntomas de interés entre los asistentes quienes pagábamos ocurrencia e ideas con sonrisas.

La charla terminó, y todos evacuaron el lugar como si hubiera un incendio. Yo en cambio, sabiamente aguardé un par de minutos mientras la zona se despejaba, lo hice porque sabía que los hombres de barba blanca suelen dar regalos, así que tuve una ligera de esperanza de que Fernando Savater autografiara el par de libros que llevaba bajo mi brazo, lo cual efectivamente pasó sin ninguna dificultad (pocos se quedaron y él iba dispuesto a ejercitar la muñeca).

Puedo presumir que hasta lo hice reír con un comentario que estaba fuera de lugar:

-Hola, ¿me puede firmar este libro?
-Claro, ¿para quién va a ser?
-Para Luis Miguel*
-Toma, aquí tienes
-Gracias.

(Saqué el segundo libro que llevaba)

-También éste, por favor.
-Claro, ¿este para quién va ser?
-Para Luis Miguel
-¿También? Ok.
-Le hubiera pedido uno para Luis y otro para Miguel.

(Risas)

Adjunto una prueba de que Savater firma como si se llamara Samy:


*Nombre cambiado como homenaje a El Sol.

miércoles, 10 de febrero de 2010

No colecciones cosas feas que te hagan ver como un drogadicto

Sin importar cuánto cuidemos nuestra imagen pública llega un momento en el que algo sale mal. Hoy que fui a surtirme de novelas a una librería totalmente raquítica (en donde más que comprar lo que quieres, compras lo que hay) sufrí un ligero bochorno que temo termine con la reputación que había forjado en ese establecimiento en los últimos meses.

Luego de adquirir ejemplares de Boris Vian, Fernando Savater, Alberto Huerta y Eduardo Antonio Parra, hice lo más sensato que se me ocurrió: ir a la caja a pagar. Lamentablemente ya corrieron la muchacha que me había gustado por lo que desembolsar centavos se volvió todavía más doloroso de lo normal.

Aquí quiero abrir un paréntesis imaginario:

Hace unos meses llegó a mis manos una de esas bolsitas de pastillas sabor menta de la marca usher, sí, de las que dan en las taquerías para que la peste se esfume de la boca. En ese entonces me llamó la atención que a manera de galletas chinas modernizadas, el empaque de las pastillas tenía una frase que me gustó:

Más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.


Viéndola ahora creo que no es la gran cosa, pero por algún tipo de locura estacional decidí mantener intacto el mal aliento y mejor guardé las usher en la cartera para coleccionarla. Desde entonces ha estado ahí de intrusa compartiendo habitación con billetes de veinte pesos.

El paréntesis imaginario ha llegado a su fin. Proseguiré con el relato.

Una vez inspeccionados los códigos de barra, la nueva cajera (que no difería mucho en belleza con la anterior, dicho sea de paso) dijo la cifra que debía pagar sino quería ser acusado de robo. Rápidamente tomé mi cartera y el momento tétrico llegó cuando al sacar un billete la bolsita de pastillas mentoladas (que ahora estaban hechas talco por la presión) salieron volando hasta caer en el mostrador. La joven que me atendió imaginó lo peor, y volteó a verme como tratando de adivinar de qué parte de Colombia era yo.



Apenado, tomé las pastillas (de menta) y disimulando traté de restarle importancia.

Hasta recordé este video:

El ataque glacial

Escribo esto mientras agua helada se termina por secar luego de tomar una de las peores duchas de mi vida.

Por cuestiones de logística, este es el segundo día en el que me veo obligado a bañarme con agua fría. Ayer lo hice con resultados positivos, los últimos rastros de gas lograron que el agua estuviera fría pero no al borde de la congelación como ahora pasó. Quisiera poder ducharme con ropa para sentir menos frío, en cambio tuve que mentalizarme para creer que estaba en las Bahamas con la intención de que la tortura tuviera un impacto menor. No funcionó.

Hay quienes dicen que tomar un baño con agua fría trae beneficios a la salud, lo cual sin dudas es una barbaridad, no hay más que analizar mi caso y el posible impacto que esta desgracia podría provocar en mi desarrollo espiritual. Eso sin contar el desperdicio de agua que hice sin querer. Porque cuando el agua está tibia, y eres alguien respetable como yo, entras y vas a lo tuyo. En cinco o diez minutos cumples tus propósitos esenciales y hasta algo más. Por el contrario, cuando estás ante una cascada de aguas gélidas, lo que te queda de inteligencia te ordena mantenerte lejos de ahí; por eso terminas por quedarte con la mirada fija viendo las gotas pasar hasta que encuentras el suficiente atrevimiento para dar un paso adelante y mojarte, lapso en el que pasan alrededor de veinte minutos de agua que nunca volverá a ser la misma.

Hubo detalles interesantes que noté durante esta experiencia. Por ejemplo (al menos en mi caso), de manera instintiva, en lugar de recibir el agua de espaldas como es costumbre, cuando está fría te pones de frente a la regadera porque la espalda es lo más preciado que tenemos (no por nada es lo que damos a masajear a las geishas modernas) de modo que hay que protegerla lo más posible. También llama la atención cómo los brazos son menos sensibles a las temperaturas extremas que el resto del cuerpo que se encuentra mucho más acostumbrado a estar cubierto de ropa. Humedecer los brazos es relativamente sencillo, las complicaciones vienen cuando se trata del abdomen o de la recientemente mencionada espalda.

Pude haber omitido por un día la limpieza, pero es mejor que sepan que soy alguien bastante limpio, por lo que estos sacrificios valen la pena. De todos modos ya tengo trazado un plan para mañana, con el objetivo de no volver a pasar por esto de manera inmediata. Ahora sí, desde temprano los del gas tendrán un cliente que los aclamará, y si por alguna razón vienen cuando no estoy, llevaré a cabo el plan B el cual consiste en pedirle a la vecina que me regale una taza de gas.

lunes, 8 de febrero de 2010

Papelera de reciclaje

Algunas ideas basura que dejo aquí antes de borrarlas de mi disco duro mental. Un par sacadas de tares escolares.

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Crap



I

-¿Cuánto fue?
-57 pesos
-¿Y cuánto le diste?
-57 Pesos
-¿Y por qué no te dio cambio?
-¡Porque fueron 57 pesos!
-Ah.


II

La línea entre la ética y el profesionalismo es delgada e inestable, depende de cada quien saber en qué momento se debe parar en seco.


III

Más que tocar puertas, lo más importante es saber abrirlas.


IV


Una trayectoria se forma a través de pequeñas decepciones hasta toparse con lo que en un principio esperábamos.


V

San Chárbel es el Santa Claus de los niños que se portan mal.

viernes, 5 de febrero de 2010

Comida como repelente

Hoy platicando con algunas personas (no digo sus nombres porque, bueno, da igual) caí en cuenta de lo poco arriesgado que soy a la hora de comer. Hay infinidad de platillos a los que he rechazado porque prejuiciosamente sé que no me gustarán.

La comida proveniente del mar es a la que más rehuyo, es extraño porque aunque a la mayoría de mi familia gusta de ella, yo (y no es que me quisiera hacer el original) no la tolero. Tengo la teoría de que el vivir remojados hace a los peces y mariscos adquirir un sabor nauseabundo que se mantiene en el paladar aunque te laves los dientes. Con ciertas reservas llego a disfrutar del salmón y en tiempos de crisis nunca está de más recurrir a las latas de atún con algunos condimentos que disimulen sus sabor de origen. Aparte de eso; no, tendrían que practicarme una lobotomía para que accediera a meter en mi boca pulpo, ostiones, camarones (empanizados o no), trucha, langostinos, etc.

Por supuesto que no es lo único, les mostraré una pequeña e improvisada lista de alimentos o bebidas que siendo bastante normalitas (doy por hecho que intuyen que la carne de león me da asco) y populares no me gustan:

-Mermelada
-Fresa
-Huevos estrellados, cocidos.
-Leche sola (peor si está tibia)
-Habas
-Sopa de fideo
-Cebolla hervida
-Tacos de tripa, sesos, lengua, cabeza y similares.
-Ejotes
-Hot Dogs
-Fresas
-Chicles rositas
-Gomitas
-Cualquier parte del pollo que no sea la pechuga
-Malvaviscos
-Nachos
-Chayotes
-Jamón

Dejo mucha inmundicia fuera, la lista definitiva planeo publicarla en cuanto reciba una oferta importante de alguna empresa editorial, así que estén pendientes. Mientras tanto, ustedes pueden elaborar una también, para compartirla con los demás.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Frío con frío

Ayer que el frío decidió manifestarse lo suficiente como para que pudiéramos sacar vapor por la boca estuve recorriendo las calles disfrutando la ausencia de sol. La gente se viste con más elegancia cuando se exhiben menos, las tareas se realizan más eficientemente y se camina más rápido. Existen las ansias de regresar pronto a casa, donde la chimenea o el calentador nos cobijarán.

Bajo es perspectiva iba yo, cuando divisé a lo lejos un establecimiento de raspados. El lugar estaba completamente vacío, la empleada parecía aburrida pues recargaba su cabeza sobre el mostrador. Sentí un poco de pena. Bajo esas condiciones climatológicas, era probable que no hubiera vendido nada en todo lo que iba de día. Así son los clientes de volubles, apenas unos grados centígrados por debajo de lo normal y se olvidan de ti. Son egoistas, poco solidarios e hipócritas porque son de los primeros que, luego, con otros motivos manifiestan que debemos apoyar a nuestros hermanos necesitados. Pero ahí estaba la joven con su gorra olvidando lo que significa una venta sin que ningún hermano acudiera en su auxilio.

Tomé un poco de valor de mi bolsillo y acudí a remediar el asunto. Pedí un raspado de vainilla tamaño grande con un por favor al principio y un gracias al final.

Ya con el vaso en la mano regresé a caminar por las calles, siendo víctima de miradas que me acusaban de demencia por masticar hielo. Pero yo me sentía casi un héroe por hacer un acto bondadoso en el día.

martes, 2 de febrero de 2010

Superama me debe dos centavos

Como ya les había comentado, tengo muchas horas libres por la mañana; eso me ha permitido los últimos días ir al supermercado a comprar algo de desayunar sin tener que preocuparme por llegar tarde a clase. Con el paso del tiempo, uno se da cuenta de que el exceso de comida chatarra, por increíble que parezca acaba por hartar, para remediarlo he recurrido a las barras de ensaladas que hay en Superama. Llevo varios días abasteciendo mi estómago con combinaciones de lechuga, zanahoria, queso, pollo, etc.

Generalmente todo transcurre con normalidad, sin embargo, hoy ocurrió algo curioso. Luego de servirme, llevé a la pequeña charola a ser pesada, el contenido tenía lo suficiente para quitar el hambre, al final la cuenta de la báscula (se paga por kilo) indicó que debía pagar $19.98; traía un billete de veinte pesos y para darle uso me dirigí a la caja para entregárselo a la cajera para que me dejaran salir sin problemas. La señorita amable que me atendió me dijo que eran veinte pesos, lo cual provocó una total indignación de mi parte. La etiqueta pegada en la charola decía claramente $19.98 no $20.00. Realmente molesto llamé al gerente del lugar pidiendo que aclarara semejante atraco a mano armada del que estaba siendo víctima. Sorpresivamente el señor con corbata se puso del lado de la empleada, preguntó si era broma y al negar tal improperio terminó su ofensa llamándome exagerado.

La fila de carritos seguía creciendo a mis espaldas (tengo dos), los otros clientes se mostraron poco solidarios con una actitud negligente mientras yo estaba siendo estafado. Cuando un comité conformado por dos cajeras, un cerrillo desnutrido, el gerente y el encargado de seguridad me dijeron que no podían darme dos centavos terminé por frustrarme hasta las lágrimas y salí corriendo sin decir nada más. Pero eso no se quedará así, He optado por conservar el ticket para reclamar lo que me pertenece una vez que las monedas de dos centavos empiecen a circular en el mercado nacional.

Acabo de recordarlo

Un momento que marca la infancia de todo niño es cuando, un día mientras camina agarrado de la mano de su madre voltea al suelo y ve a un pájaro muerto. Muchas veces se trata del primer contacto con la muerte, ocurriendo de una manera sorpresiva, intensa y violenta. Apenas contando con algunas referencias vagas vistas en películas infantiles, el chico, de pronto se enfrenta al explícito cadáver hormigoso de un ave; ese animal en específico lo vuelve especial, ya que a diferencia de los pollos colgados que con anterioridad pudo haber visto, éste tiene plumas que se supone son símbolos de vida. Pero no, ahí está, tirado e inerte. Sin cantar. Miles de pensamientos se hacen presentes en apenas un segundo antes de que inútilmente se desvíe la vista pretendiendo no haber mirado nada. Una negación que resulta inútil, porque algo ha cambiado en nosotros.